sábado, 30 de diciembre de 2017

DEJA VU

DEJA VU 

Ajuste, inflación, caída del consumo y desempleo. Protestas y represión. Y luego más ajuste, más represión y así…Todo eso envuelto en un inocultable clima de deja vu. Mientras tanto, y como si nada, ellos auguran estabilidad y crecimiento. Yo no lo creo, pero una mitad de los habitantes de este país lo cree a pie juntillas. Ya pasó otras veces y al ciudadano común sólo le llegaron las consecuencias del ajuste. Los liberales hicieron esto muchas veces y siempre terminó igual: ajuste: desempleo, inflación y caída del consumo; protestas y represión Y otras tantas veces volvieron a presumir de serios. Ellos y su masa de votantes que siguen convencidos de que son la verdad y el cambio. Déjenme decirles que ellos (1) son los incorregibles.
No terminé de elaborar la derrota del dos mil quince. Ni la súbita deflación de lo que parecía un movimiento importante que no pudo resolver su sucesión. Pero la maquina política sigue adelante. Y estos tipos lo están haciendo de nuevo. Por eso que quiero hacer una pausa para pensar un poco. No me sirven las consignas militantes que apelan a una fe que no dispongo. Ni puedo refugiarme en el cinismo desencantado o “apolítico”. Me enoja el calificativo de “chorros” con el que nos tapan la boca, nada menos que éstos tipos que corrompen todo desde mucho antes de la aparición del Kirchnerismo. Pero, más allá de contestar mentalmente al “chorros” con “garcas”, tampoco encuentro otra respuesta. No me sirve de mucho decir que desde siempre la política se financió con los favores del Estado; empezando por el actual presidente cuya fortuna le debe casi todo al método. La máxima cínica,  “roban pero hacen”, es inaceptable. Y no es menos cínica la respuesta que lo deriva a la justicia para su resolución. El aparato judicial está podrido hasta el hueso, por miedo o por plata, y no creo que nos permita encontrar una repuesta.
La conversación política se polarizó durante la década K cuando comenzaron a trazarse las dos posiciones que hoy se caracterizan como “La Grieta”. Antes, esa conversación estaba dominada por la abulia apolítica de la clase media, identificada a los gustos del capital. Abulia apoyada en una creencia central en ese campo: que las reglas del sistema son económicas e inexorables y mejor que nadie se meta con eso. Después de todo, los perjudicados son otros.
En el otro extremo se encontraba el pesimismo iluminado de la izquierda, afectado por la experiencia de la violencia. Pasmados ante la encrucijada de la acción directa o la protesta sin política. Ninguno de esos dos extremos permitía el avance del proceso político. Avanzaba sí, en sus pretensiones, lo que genéricamente llamamos “la derecha”, y aun así debía imponer su ambición mediante golpes de estado.
Y también avanzaba, aunque de manera intermitente, lo que voy a llamar el Peronismo consolidado, al que creo necesario distinguir del Kirchnerismo. Ese peronismo tradicional se instaló como un intermediario altamente eficaz  entre el capital y el trabajo. Su aparato político – gremial fue el agente de la mayor parte de las transformaciones sociales producidas en el país. En ellas pueden reivindicarse una larga lista de conquistas populares. Pero también una larga lista de defecciones, cuyo acmé se alcanzó en tiempos del Dr. Menem.
Ese fenomenal aparato de influencia hundió sus raíces en todas las áreas estructuradas alrededor del conflicto entre capital y trabajo (salud, legislación laboral, régimen previsional y recreación) convirtiéndose en el camino ineludible para cualquier experiencia política. Pero los adherentes a este movimiento conservan una reserva respecto de su filiación, porque ese movimiento tocó los resortes del reparto de bienes y perjuicios sobre el que asienta el sistema de creencias que funda lo político. Y eso no se hace sin consecuencias. Más allá de los hechos de corrupción que seguramente hubieron (las cajas de los sindicatos por ejemplo) el mote de chorros proviene de haber tocado ese fondo.
El ensayo Kirchnerista partió de su corazón, aunque su diferenciación posterior descolocó la estructura política de ese aparato. Y diría más, aunque con todas las reservas, ya que no tengo la formación histórica o política que me habilite a decirlo, pero creería que la distancia que tomó el Kirchnerismo de ese aparato, fue lo que habilitó a la derecha neoliberal – a su turno - a soltarse de él. Pero todos perdieron pié. Y salvo Cambiemos, que ahora avanza liderando la agenda al mejor estilo Kirchnerista, los demás están viendo donde volver a pararse.
El Kirchnerismo introdujo la novedad de probar un cambio en el régimen de reparto desde el estado mismo. Y avanzó; aunque con ello cometió una falta imperdonable para todas las creencias políticas. Para la izquierda porque el estado es considerado como la consolidación de las fuerzas hegemónicas y toda su política es presionarlo mientras difieren sus promesas para cuando el pueblo tome las calles y obtenga por fin “lo que es suyo.” A derecha, porque el estado era – y es - el obstáculo a la regencia absoluta del mercado. Pero la acción del Kirchnerismo también perturbó la mediación que ejercía el peronismo tradicional. El ensayo Kirchnerista acertó en las expectativas de un amplio sector que encontró en él una superación de las opciones clásicas. De ahí que la izquierda, el peronismo tradicional, y la derecha liberal, compartan el odio al Kirchnerismo. Esto ya es un obstáculo mayor a cualquier prosecución de la conversación política. Al Kirchenrismo se le niega la condición de un participante en dicha conversación y muchos querrían verlo demonizado y anulado completamente.
Por otra parte, la conversación política* está hoy tomada por los medios de comunicación, quienes, además de superar en capacidad de influencia a cualquiera de los otros aparatos, disponen ahora del negocio de vender indignación. Al menú de crímenes y famosos miserables agregaron la discusión destemplada o el debate “educado” que enseña modales democráticos. Debo decir que me tienen repodrido y más en tiempos de campaña. Pero como insisto, no me conmueve la arenga, ni me cabe el descreimiento, me pregunto: ¿es posible reanudar la conversación política? ¿O ya quedó atascada y ahora hay que esperar a que alguien encuentre el camino?
Me siento más inclinado a creer que la conversación está, por ahora, clausurada. Ha entrado en un callejón sin salida a cuyas razones habría prestarle más atención. En ese callejón todas las opciones políticas se reducen a dos bandos empeñados en encontrar la chicana, o la noticia más eficaz, para herir moralmente al otro. Y ese empeño por tocar el ser del otro para aniquilarlo se llama odio. Ningún progreso de la conversación puede esperarse en ese punto. Y creo que llegamos hasta ahí no sólo por el devenir de las distinciones políticas. Estas, es cierto, se trazan en esa sustancia que, por ahora, voy a llamar moral, porque no encuentro otro nombre más eficaz. Pero la oposición en el odio está más ligada al modo en que nuestras creencias son modeladas por el universo comunicacional. Este complejo aparato nos “informa” del mundo y es en relación con él que creemos lo que pasa. No es sólo una creencia en el sentido religioso del término, que requiere siempre un suplemento de fe. Aquí le otorgamos credibilidad a una noticia y en función de ella tenemos la íntima convicción de que ocurre. Y más aún, eso es  lo que queremos que ocurra porque así convalidamos nuestra íntima convicción. No queremos saber otra cosa que lo que queremos saber. Hoy a eso le llaman pos verdad. Encontré una definición que me gustó y la cito (1): “Según nos informan los medios de comunicación, nos hallamos inmersos en la era de la pos verdad, neologismo oficializado por  el ‘Diccionario Oxford’. Viene a significar que la opinión pública tiende a moldearse en base a las  creencias preconcebidas de cada individuo, es decir, a sus ideales, a la evocación de sus sentimientos y a la exaltación de sus emociones,  en detrimento de los hechos objetivos e inequívocos.”
Y aquí introduzco una hipótesis muy arriesgada, no sólo porque carezco de formación para hacerlo y ello me expone al rechazo de propios y ajenos, sino porque no es más que un ensayo que busca aplicar un concepto importado de otro campo**. La hipótesis es que el límite al progreso está dado, no por lo que queremos saber porque refuerza nuestras convicciones, sino por el rechazo radical de aquello de lo que no queremos saber nada. Y esto es válido no sólo para el Kirchnerismo, sino para todos los que participan de la conversación política. Este “no querer saber nada” me parece tan importante que me pregunto si no es el verdadero motor de la política. Ahora bien, esa negación radical habilita a los otros a suponer lo que se esconde en ella. Y aunque no es más que una suposición funda las creencias que alimentan toda la conversación política. Por ejemplo: yo creo saber lo que la clase media rechaza y oculta bajo su indignación destemplada (siempre son inocentes). Y creo que trata de la complacencia íntima e inconfesable con el ajuste y la represión (incluidas las muertes). Y supongo de qué no quiere saber nada la izquierda y es de su oscuro rechazo al poder (por eso no tienen corruptos) que esconden acentuando la denuncia y la movilización. Cambiemos no esconde nada porque es la acción misma a cielo abierto. Pero de lo que no quiere saber nada es que haya límites a su acción, políticos o legales. Rechazan que la ley sea un límite a su poder, puesto que la república fue fundada por ellos para perpetuar sus intereses. Y más profundamente aún, que su sistema requiere un excluido, y ello va más allá de la explotación de su fuerza de trabajo. Nostalgia de la esclavitud, goce de la sumisión ajena, llámenlo como quieran.
El peronismo tradicional también es una fuerza franca. Me refiero a que su ambición suele estar a cielo abierto. Saben que a al nivel de los intereses las diferencias se borran y tallan sólo las conveniencias. Pero de lo que no quieren saber nada es de que, en política, no se trata sólo de intereses descarnados que igualan a pobres y ricos. Lo que se juega es una forma del valor que no se funda en el dinero o la fuerza y cuya discusión implicaría ir más allá de los despachos reservados donde se deciden las cosas (el lugar del lujo en el peronismo podría ser una buena puerta de entrada a este tema).
Pero me pregunto: ¿de que no quisimos saber nada, nosotros, los Kirchneristas? Y ya deben estar haciendo fila para contestarme. Porque eso, de lo que no queremos saber nada, es lo que nos vuelve del otro de la política, ¡pero como insulto! De ahí que cuando la conversación entra en este callejón sin salida sólo se oyen injurias de un lado y del otro.
Y creo que de lo que no quisimos saber nada, es que el cierre que clausura el fondo de la política no se toca sin consecuencias. Y ese fondo clausurado no es otra cosa que el valor que rige el reparto de bienes y perjuicios. Ese valor que Cambiemos muestra de manera obscena, y más desde que está envalentonado con el apoyo de esa mitad del país identificada a los gustos y modales de los beneficiarios “tradicionales” del reparto. La “fiesta”, como le llaman, y a quién le toca pagarla. Las identificaciones más profundas de la ciudadanía asientan en el lugar que cada quién se asigna en esa fiesta. Desde los que miran de afuera, pero opinan, porque así parece que saben de qué se trata, y hasta podrían ser parte de la fiesta; hasta los que se excluyen porque la fiesta no es para ellos. Los primeros son numerosos, y además rigen el destino de la política, ya que su consumo de modales y gestos lo obtienen en los medios de comunicación, que les venden el parecido con los verdaderos poseedores de ese fondo. Y de paso los medios fabrican el sentimiento de realidad conforme a los intereses del capital.
Los segundos están confinados en sus lugares, no sólo porque las barreras económicas les impiden una mejor posición en el reparto, sino porque las barreras estéticas (en el sentido fuerte de la palabra) tejen un muro de modales y gestos que indica lo que es para ellos y lo que no deben tocar nunca. Y si lo hicieran no harían más que subrayar su lugar. (Una cartera de Louis Vuittón “no debe” usarla cualquiera)
Y podríamos llamar obscenos, a quienes detentan los emblemas de ese valor. Pero ellos, al menos en Latinoamérica, sin los otros dos no sabrían ni de que gozan.
Ese fondo es esencialmente corrupto porque allí la ley queda en suspenso. Para los que llegaron hasta ahí y fueron reconocidos, o para quienes recibieron la posición por herencia, la ley tiene cierto carácter secundario, porque esa forma de acceso a los bienes es anterior a ella. El asunto merece un estudio más serio,  pero creo que ese estado respecto de los bienes y perjuicios es lo que los juristas llaman posesión y que es una relación al bien anterior a la ley. Esta, a su turno, no hace más que consolidarla y dotarla de una justificación institucional.
Ese fondo está cerrado y abrirlo no es asunto de veleidades políticas. Hace falta otra cosa que consignas libertarias o discursos encendidos. Ese fondo no es un asunto jurídico, a pesar de que la ley se funda sobre él. De allí que pretender tocarlo encienda los más enconados resentimientos. Nosotros no quisimos saber nada de eso. Creímos que bastaba con un liderazgo fuerte que avanzara y que el resto de la sociedad reconocería el gesto y se sumaría espontáneamente. Creímos que, tenencia y posesión, eran sinónimos, pero con ello revelamos que sólo éramos parte de los mirones de la fiesta y que nunca entendimos ese fondo oscuro. El Kirchnerismo es esencialmente un movimiento de una parte la clase media argentina, que sienten cierta incomodidad con sus privilegios y quisieran un destino más igualitario para ese fondo. Por otra parte, ese no querer saber nada también vale para nuestros corruptos, que confundieron posesión con apropiación, y entraron como si nada. Ahora pagamos las consecuencias.
La dictadura no fue otra cosa que la materialización obscena de ese fondo coagulado. Los militares también creyeron que, como se creían anteriores a la patria, detentaban la posesión. Craso error. Ellos tampoco poseían. Pero consiguieron instalar el miedo que retorna en nuestros días y que hace que cualquier aprendiz de patroncito nos haga callar la boca con el mote de chorros.
Sea lo que haya sido el Kirchnerismo tiene pendiente elaborar las premisas de su posición para orientarse en lo que sigue. Y lo que es más importante aún: distinguir el impulso que lo motoriza de su conducción. Hasta el dos mil quince ese impulso estuvo indisolublemente ligado al carisma de sus figuras centrales: Néstor y Cristina, a quienes llamo por sus nombres de pila como muestra del afecto que aún me despiertan. Luego del dos mil quince, esa mezcla de impulso y conducción ya no fue posible reanudarla sin más. En parte porque se asentaba en una idealización que el rencoroso ataque mediático y judicial impidió reponer. Pero también porque el movimiento se encontró con sus límites y eso no se resuelve disolviéndolos en el liderazgo carismático de Cristina ni de ningún otro.
Ahora bien, elaborar los límites al progreso del Kirchnerismo es la tarea central hacia el interior de ese movimiento en pos de definir su campo y su forma. Ello no va a obtenerse reivindicando los logros. Ya lo intentamos. Y pese a recitar largas listas de objetivos cumplidos nunca se obtuvo ningún reconocimiento. Al contrario, enervó todavía más el odio que busca borrar del mapa al Kirchnerismo y retornar al estado previo. Pero no va a ocurrir – volvamos o no - la distinción trazada no tiene retorno. Ahora esto es muy distinto de encontrar su progreso y su forma.
Pero todavía hay que encontrar que hacer. No sólo para ponerle un límite a estos tipos (y al ansia de represión de sus votantes) sino para disputarle la conversación a los medios. Encontrar un hacer que reponga la conversación efectiva (sin ninguna apelación a la unidad de los argentinos por favor)  porque si la conversación queda abolida se hará más presente el fondo oscuro y violento de la política.

José Luis Tuñón


* La conversación es un campo amplio que abarca desde el magazine de la televisión hasta la cola del banco o, y lo más grave, la cena entre amigos o el domingo familiar. Y en esa conversación, que no es banal, se juega el destino de los enunciados en cuyo marco se tomarán las decisiones políticas. Aún con un gobierno que se desestime las opiniones ciudadanas todas las decisiones que se tomen se harán más o menos dentro del marco de esos enunciados. Nunca como en este gobierno vimos cómo se prueban enunciados para violentar su resultado.

** Se trata de la conceptualización Lacaniana sobre el goce. Es sobre el fondo oscuro de un goce inaccesible que el humano habla tratando de darle forma a eso que se le escapa y de lo que no querría saber nada.
(1) “Los peronistas no son ni malos ni buenos, son incorregibles” es una frase atribuida a J.L.Borges.





(2) https://visioncritica.com/2017/06/14/poslenguaje-manipulacion-dialectica/

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