miércoles, 20 de abril de 2011

LA ABANDONADA

Estos textos fueron publicados en el libro PASOS ENCONTRADOS, en la editorial TELA DE RAYÓN, 2012
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Le llaman Caleta Olivares pero podría llamarse Costa del Desquicio. Por todos lados hay diseminados restos del tiempo en que se extrajo petróleo en las playas. Aquí se la recuerda como una época heroica y las fotos de las pasarelas adentrándose en el mar adornan los despachos de los escribanos.

Hijos y nietos de aquellos trabajadores cuentan las proezas realizadas cuando niños, y el gusto con el que las recuerdan, parece guardar el poder que compartieron. Así fuese la módica aventura de adentrarse en un lugar al que, de no ser por aquellos puentes de caño y madera, no hubiesen llegado.

El escenario es magnífico, altas barrancas pulidas por el mar, playas inaccesibles de no mediar el riesgo y un horizonte que, de tan lejos, se pega a la imaginación impidiendo que los ojos no miren ya sino hacia adentro.

Es fácil imaginar la sensación de potencia que embarga esos recuerdos, aunque es dudoso que sean otra cosa que mitos individuales a la espera de alguien que los travista en verdades. Quizás entonces se olviden los dolores y el viento; los accidentes y las partidas. Pero no se crea que es piedad lo que esperan del historiador, después de cien años es embuste.

La caminata trascurrió en línea recta por el borde de la barranca. Cada tanto aparecían unos basamentos de concreto de los que sobresalían espigas oxidadas. Aun conservan las marcas de lo que sujetaban. Es conmovedor comprobar cómo, su robustez, se torna ridícula por el socabamiento del mar. En uno, que por su ubicación y por su forma evocaba un altar, puse unas piedras con una frase: DE SU DIOS SOLO SABEMOS QUE ABANDONA.

Pensaba en la sorpresa de los pescadores, y en los creyentes del Umbanda que utilizan las mismas playas para sus prácticas: el afán de unidad terminara por fundirnos a todos en un solo mito.

lunes, 18 de abril de 2011

LA INÚTIL

Estos textos fueron publicados en el libro PASOS ENCONTRADOS, en la editorial TELA DE RAYÓN, 2012

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LA INÚTIL

Fui a un lugar que queda de camino a Cañadón Perdido. Un área muy explotada en otros tiempos. Descubrí que ya había estado ahí, por lo que decidí probar una huella que se abría en un lateral del camino. Me llamó la atención un sitio sin vegetación, cubierto por un pavimento viejo de petróleo derramado. En su centro se erguía un poste metálico con unas barras horizontales que alguna vez hicieron de escalera. Claro que hoy, de subir, no se llegaría a ningún lado. Me gustan esas ruinas que conservan tenazmente un fragmento de una función que ya no le pide nadie. Ese poste metálico con su escalerilla a los lados se veía completamente fuera de lugar.

El poste me inspiró y, luego de merodear por sus alrededores, comencé a caminar por una huella que trepaba hacia lo alto de un cerro. Prometía llegar lejos, y además, tenía el atractivo de no haber sido transitada recientemente. Los pastos habían vuelto a crecer dentro de los zanjones hechos por la lluvia. Y no eran plantas de estación: eran duraznillos y zampas, que, sumados a las raíces que cruzaban la huella, indicaban que no había pasado nadie en mucho tiempo. A lo lejos una terraza prometía una vista interesante. Entretanto meditaba en el poste. Lo primero que intenté fue decidir cual fue la función original, pensé que quizás hubiera tenido una luz en su extremo. Pero era corto y a juzgar por la grosera cantidad de petróleo derramado y el desden por el daño hecho, tal vez ese poste hubiera servido para treparse y salvarse de una muerte horrible. El lugar era viejo y había marcas de construcciones de chapa, fragmentos de madera de las usadas a principio del siglo pasado. Huesos de capón y botellas de vidrio grueso se pulían al viento. La mala vida permanecía intacta entre los arbustos.

Sin embargo el lugar, como tantas otras ruinas, recuperó para mi un carácter que no tuvo en su tiempo, un carácter que no dudaría en llamar sagrado. Tal vez sea exagerado, pero ese sitio tenía varias condiciones que lo tornaban propicio: el abandono de la utilidad, el desprecio por el daño y ese tiempo particular que se extiende en una degradación lenta que preside todo lo que allí se encuentra. Allí se evoca, en un futuro, el momento original en el que todo vuelva a quedar como antes. Podemos proyectar una especie de fastidio de la naturaleza que deja ver su tiempo inmemorial, incluso llamarle paciencia. Ante ella, los acotados días del hombre revelan su absurdo.

Tal vez sea ese efecto lo que procuro poner en evidencia al recorrer este paisaje: ese vacío aterrador que se abre cuando las cosas dejan de estar veladas por la utilidad y el bien. Allí asienta el carácter sagrado que retorna en este sitio.

La terraza que veía a lo lejos agregó lo que faltaba. Estaba ubicada en una de las laderas de largo cañadón que desembocaba en el mar. Desde esa altura la perspectiva era magnífica. A lo lejos se veían más ruinas de pozos muy antiguos. Los restos de los basamentos de las torres, los muertos de madera dura. Las espigas que aún conservan su fuerza aunque sin nada ya que sujetar, guardan algo de la desmesura que caracteriza a la industria humana. Si sumamos el asiento de esa industria en los lugares más inverosímiles, se entiende que este sitio adquiera un carácter mítico.

En el camino encontré un objeto que acentuaba aún mas aquellos caracteres. Se trataba de una pieza de metal, trazada a compás y recortada a soplete en una chapa gruesa. Su forma resultaba del juego de dos círculos: uno mayor que hacía de perímetro, y otro menor en su interior. Ambos coincidían en un punto de borde, que, al separarse por efecto de un corte recto, daba una forma similar a una hoz o a una medialuna trunca pero amenazante. En el extremo opuesto a la punta, su autor soldó una pieza que hacía de mango, similar al de una sartén, con un orificio que hubiera servido para colgar esa pieza, o atornillarla a un conjunto mayor. No podría decirse cual habría sido la función que se le dio. Pero al perderla, se habilitaron en ella todos los otros sentidos que la utilidad cubría. Entonces podía evocarse la alabarda, el Islam, los aceros caprichosos del combate.

Como en otras ocasiones me propuse instituir aquel carácter sagrado del que hablaba. Traje conmigo el objeto. Lo retuve en el taller a la espera de la frase que estamparía en su cuerpo. Evoque la sed, la furia de un dios que hubiera que aplacar. Aunque aquel sitio y su evidencia, mostrara que no hay allí mas furia que la que guió a aquellos hombres.

Finalmente estampé el siguiente caligrama:

S

T R E M E N D A S E D

D

E

S

E

N

D

I

O

S

Volví el tiempo suficiente para retornar ese objeto al sitio y abandonar el lugar a su tormento.

EL VIENTRE SILENCIOSO

Estas Caminatas han sido un modo de registrar un intento de hacer arte caminando. El paseo terminaba en un texto o una foto. De los muchos que hice, escribí sobre unos cuarenta. A veces en alguno de esos paseos, hice una intervención directa en el paisaje. En esos casos traje conmingo la fotografía.

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EL VIENTRE SILENCIOSO

Es notable que haya registrado meticulosamente treinta y siete caminatas y solo haya anotado lo que vi o lo que pensé. Lo que oí, o no contó, o no modificó para nada mi creencia en que, en estos lugares por donde camino, hay silencio; un silencio que doy por hecho. Reparar en él luego de cada sonido me confirma que estaba presente desde antes.

Ese silencio, desmentido apenas por los escasos sonidos que rodean mi paso, es el apoyo del fundamento mítico en el que vivimos inmersos. Evoca el antes y el después: la nada de la que venimos y el reposo primordial al que regresaremos cuando ya todo termine.

Pensé en él, (¡otra vez el pensamiento! rumor del que no puedo desprenderme) en la ante última caminata. En ella, y mientras recorría los conchales buscando a que animales podrían corresponder los huesos que hallaba, reparé en el infrecuente griterío de cientos de gaviotas. Me sonaban destempladas, pero aún así era posible reunirlas en un canto. Primero gritaba una y luego otra y otra sumando su graznido, cada vez, con un intervalo menor, hasta culminar en una cascada similar a una risotada colectiva. Oigo esa secuencia desde que era niño. Entonces se trataba de la Ría del Gallegos y las gaviotas sumaban su febril actividad a las que animaban el puerto, cuando se cargaban o descargaban los barcos que hacían todo el transporte. Eran tiempos en que el mar no era solo el lado inaccesible del paisaje. Los muelles hervían de gentes, fardos, tambores y cajones, mientras las chatas distribuían todo eso por el pueblo. Era una fiesta. Luego la calma hasta el próximo barco. En el entretiempo las gaviotas pasaban su vuelo horizontal a ras del agua, duplicando su empeño en el espejo. Era la paz. Pero siempre me pregunté adonde irían con tanta determinación.

El sonido no evoca solo el espacio, también el tiempo, y esta ceremonia de las risotadas ocurre, ahora que lo pienso, antes del verano. Ahí es cuando las gaviotas se reúnen en bandadas y se separan en parejas. Imagino que celebran algo: las voces excitadas, los vuelos caprichosos que súbitamente se organizan en la tarde y marchan todas juntas por horas hacia no se donde. Las miro pasar a las seis y son las ocho y siguen pasando. El mismo vuelo, el mismo ritmo, pausado, simultáneo. Luego, giros en redondo y graznidos, para seguir en esa dirección que todas acatan.

Si uno proyecta ahí una intención, y lo hace (lo hago ahora que lo escribo), esta de lleno en el dominio del mito. Se cree entonces en una voluntad que sabe adonde ir. Un dios de las gaviotas, por ejemplo, que ordena ir o venir. O mejor: un Dios gaviota.

No hace mucho descubrí que el mito del que procuraba desprenderme, impregnaba cada palabra que buscaba. Solía irritarme la postura de otros escribientes, mas ligados a la historia, que alardeaban de ceñirse a los hechos. Algunos honestos, porque hay de todo. Incluso los que no vacilan en especular con los sentimientos que despiertan los mitos: mezcla de tremor y admiración que nos embarga cuando nos topamos con los signos del origen. Ni que decir del final, ante el que todos nos inclinamos con gravedad (Aunque en nuestra ciudad es más frecuente una nostalgia desleída, que hace del origen una parejita de héroes vecinales) Pero en fin, son mediaciones. Formas de acotar el absurdo y prefiero las gaviotas.

He recogido unos huesos de los que sé con certeza su procedencia. Un perito podría incluso decir la carnicería en la que fueron cortados, siguiendo las huellas singulares de la sierra (una ironía profana). Pero bueno, he tomado esos huesos y hecho con ellos un precario instrumento. Uno que amplifica la voz, única parte del cuerpo que es posible sumar al cuerpo de esta tierra que camino (y seguir vivo, claro) Con ellos volveré al sitio y entonaré una canción gaviota. Llevaré los huesos, en los que habré tallado la canción y soplaré en ellos. Luego los abandonaré sin miramientos.

TEXTO DE LA CANCIÓN:

ABREALLÁLA VOZ

QUEHUECASPIRA

TU ALIENTO

Si alguien encontrara los huesos, deberá abocarlos a los labios y entonar forzando el aire que se expele en las vocales abiertas. La melodía queda a elección del oficiante sin más instrucciones que alternar algunas notas de modo rudimentario. Repetir cuantas veces se quiera.