lunes, 18 de abril de 2011

EL VIENTRE SILENCIOSO

Estas Caminatas han sido un modo de registrar un intento de hacer arte caminando. El paseo terminaba en un texto o una foto. De los muchos que hice, escribí sobre unos cuarenta. A veces en alguno de esos paseos, hice una intervención directa en el paisaje. En esos casos traje conmingo la fotografía.

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EL VIENTRE SILENCIOSO

Es notable que haya registrado meticulosamente treinta y siete caminatas y solo haya anotado lo que vi o lo que pensé. Lo que oí, o no contó, o no modificó para nada mi creencia en que, en estos lugares por donde camino, hay silencio; un silencio que doy por hecho. Reparar en él luego de cada sonido me confirma que estaba presente desde antes.

Ese silencio, desmentido apenas por los escasos sonidos que rodean mi paso, es el apoyo del fundamento mítico en el que vivimos inmersos. Evoca el antes y el después: la nada de la que venimos y el reposo primordial al que regresaremos cuando ya todo termine.

Pensé en él, (¡otra vez el pensamiento! rumor del que no puedo desprenderme) en la ante última caminata. En ella, y mientras recorría los conchales buscando a que animales podrían corresponder los huesos que hallaba, reparé en el infrecuente griterío de cientos de gaviotas. Me sonaban destempladas, pero aún así era posible reunirlas en un canto. Primero gritaba una y luego otra y otra sumando su graznido, cada vez, con un intervalo menor, hasta culminar en una cascada similar a una risotada colectiva. Oigo esa secuencia desde que era niño. Entonces se trataba de la Ría del Gallegos y las gaviotas sumaban su febril actividad a las que animaban el puerto, cuando se cargaban o descargaban los barcos que hacían todo el transporte. Eran tiempos en que el mar no era solo el lado inaccesible del paisaje. Los muelles hervían de gentes, fardos, tambores y cajones, mientras las chatas distribuían todo eso por el pueblo. Era una fiesta. Luego la calma hasta el próximo barco. En el entretiempo las gaviotas pasaban su vuelo horizontal a ras del agua, duplicando su empeño en el espejo. Era la paz. Pero siempre me pregunté adonde irían con tanta determinación.

El sonido no evoca solo el espacio, también el tiempo, y esta ceremonia de las risotadas ocurre, ahora que lo pienso, antes del verano. Ahí es cuando las gaviotas se reúnen en bandadas y se separan en parejas. Imagino que celebran algo: las voces excitadas, los vuelos caprichosos que súbitamente se organizan en la tarde y marchan todas juntas por horas hacia no se donde. Las miro pasar a las seis y son las ocho y siguen pasando. El mismo vuelo, el mismo ritmo, pausado, simultáneo. Luego, giros en redondo y graznidos, para seguir en esa dirección que todas acatan.

Si uno proyecta ahí una intención, y lo hace (lo hago ahora que lo escribo), esta de lleno en el dominio del mito. Se cree entonces en una voluntad que sabe adonde ir. Un dios de las gaviotas, por ejemplo, que ordena ir o venir. O mejor: un Dios gaviota.

No hace mucho descubrí que el mito del que procuraba desprenderme, impregnaba cada palabra que buscaba. Solía irritarme la postura de otros escribientes, mas ligados a la historia, que alardeaban de ceñirse a los hechos. Algunos honestos, porque hay de todo. Incluso los que no vacilan en especular con los sentimientos que despiertan los mitos: mezcla de tremor y admiración que nos embarga cuando nos topamos con los signos del origen. Ni que decir del final, ante el que todos nos inclinamos con gravedad (Aunque en nuestra ciudad es más frecuente una nostalgia desleída, que hace del origen una parejita de héroes vecinales) Pero en fin, son mediaciones. Formas de acotar el absurdo y prefiero las gaviotas.

He recogido unos huesos de los que sé con certeza su procedencia. Un perito podría incluso decir la carnicería en la que fueron cortados, siguiendo las huellas singulares de la sierra (una ironía profana). Pero bueno, he tomado esos huesos y hecho con ellos un precario instrumento. Uno que amplifica la voz, única parte del cuerpo que es posible sumar al cuerpo de esta tierra que camino (y seguir vivo, claro) Con ellos volveré al sitio y entonaré una canción gaviota. Llevaré los huesos, en los que habré tallado la canción y soplaré en ellos. Luego los abandonaré sin miramientos.

TEXTO DE LA CANCIÓN:

ABREALLÁLA VOZ

QUEHUECASPIRA

TU ALIENTO

Si alguien encontrara los huesos, deberá abocarlos a los labios y entonar forzando el aire que se expele en las vocales abiertas. La melodía queda a elección del oficiante sin más instrucciones que alternar algunas notas de modo rudimentario. Repetir cuantas veces se quiera.

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