jueves, 7 de enero de 2016

EL INOCENTE

EL INOCENTE



 No me gusta escribir sobre tipos o figuras caracterológicas. Es un recurso fácil y por lo general revela más los prejuicios del autor que el provecho que de ello pudiera obtenerse. Sucede que al recortar las características de una persona, también se suele dibujar, al mismo tiempo, la figura opuesta y complementaria. Por otra parte ya lo hizo Roberto Arlt con sus Aguafuertes, con las cuales este texto tiene más de una deuda. Pero en su tiempo aquello fue un acierto. Y lo fue porque los tipos que retrató Arlt eran los signos de una clase que emergía,  para la cual, el prejuicio era su motor y su defensa. Pero esa clase ya se ha consumado y sus prejuicios y sus obsesiones siguen intactas. Entre ellas las de la identidad. Especialmente la identidad del vecino, cuya rebaja le sirve de soporte a su vacilante orgullo.  De ahí que no quiera contribuir a esa saga del desprecio que empieza cuando alguien pronuncia la frase “…lo que pasa es que nosotros somos…” y concluye con un predicado que lo explica todo. El asunto es el lugar desde donde se pronuncia esa frase, y más tratándose de un argentino. Porque desde ese lugar, lo que se describe se convierte en ajeno y devaluado.  Y en el mismo acto, el que pronuncia la frase, se diferencia de él. Los argentinos somos así, pero yo no. Es una disociación curiosa que, paradójicamente, ya forma parte del estereotipo argentino.

Pero esta vez me voy a permitir un desliz para referirme a unos hechos que tuvieron como eje a un personaje, que creo característico, y que conocí en un hospedaje en el que estuve unos días. Es frecuente que en estos lugares uno conozca personas diferentes y que, en el afán de novedades, sumado al escaso tiempo compartido, mostremos nuestro costado más obvio y nos convirtamos un poco en personajes.
Se trataba de un hospedaje en un lugar muy pequeño y agreste, donde la civilización ha llegado de manera irregular, de tal modo que coexisten formas de la vida contemporánea, como el turismo o Internet, con la producción doméstica de los alimentos y, en general, una vida rústica y sencilla. Vamos allí para aliviar esa nostalgia de un contacto directo con la naturaleza, tan característico (¡otra vez!) del desencanto de occidente.
Entre esas personas había una que llamaba la atención. Su trabajo lo obligaba a atender a quienes pernoctábamos en el lugar, cosa que él hacía subrayando, cada vez, su papel en el asunto. Como si se tratara de un delicado favor personal. La mayoría aceptaba el acento como un cumplido y se lo festejaba con muestras de agradecimiento. No dejaba pasar ocasión de subrayar un esfuerzo que, en realidad, no se veía. No hubiera pasado de una característica de alguien que hace valer su mérito. No nos sorprende si eso lo hace el carnicero o el verdulero cuando nos dice “tengo algo para usted que le va a encantar”. Pero aquí, digamos, que esa actitud era continua y sutil. Pero además se acompañaba de un relato en primera persona sobre innumerables viajes y sus peripecias (aquí ya pueden ver los efectos de describir un tipo, no hay modo de hacerlo sin convertirse a su vez en el tipo complementario). Como aquel era un lugar de viajeros, el relato se convertía en el tema de conversación preferido. Desayunos, consultas en la recepción, partidas y llegadas eran los momentos en que encontrábamos a nuestro hombre departiendo amablemente con un viajero sobre las virtudes o contrariedades de tal o cual ciudad. Y de un momento para otro, estaba él contando lo que había vivido en esa ocasión. Pero no había nada que no pudiéramos explicar en un gusto compartido por los viajes, en un lugar de viajeros.
Lo que me inclinó a escribir sobre este personaje, a quién llamaré, por ahora, El Inocente, es que el tema de las conversaciones mostraba cierta insistencia de algunos temas típicos, que uno podría atribuir a la condición estereotipada de la conversación, pero que parecían ir más allá. Digamos que se trataba de un rodeo por el ser ser así o ser asá. Y la narración se ocupaba ¡también! de tipos caracterológicos. “Lo que pasa es que los nicaragüenses son…” “Y los europeos …tal cosa” Y aquello, sumado a lo continuidad de la conversación, y a que el lugar nos mantenía cerca, nos dejaba inmersos en una especie de teatro conversado. Y a mí me atraen particularmente las situaciones sociales que se aproximan al arte y más si sus protagonistas parecen inadvertidos de ello. Inmediatamente busco el guión. ¡Y  lo encuentro!
Pero antes, digamos que este hombre, que ocupaba un lugar central en esa especie de narración colectiva sobre viajes y tipos humanos, encarnaba lo que los lingüistas llaman, un lugar de enunciación. Es decir, un lugar que determina las cosas que se dicen desde él. No es difícil de entender, si alguien ocupa el lugar del árbitro en un partido, lo que diga será oído como proviniendo de su función. En este caso nuestro hombre podía hablar de casi todos los lugares (hay que mantener una excepción para que la regla funcione) y de casi todas las personas que se encuentran en ellos. Quedaba así ubicado en  lo que en teoría literaria se llama “el narrador omnisciente”. Ahora bien, alguien que se despersonaliza de este modo, también se convierte en el vehículo de los estereotipos más comunes y extendidos. Esos que adquieren el valor de los mitos adheridos a los personajes que los encarnan.
Cierta mañana nuestro hombre se encontró con otro personaje habitual en estos lugares. Se trataba de una joven europea, desencantada con la civilización y que buscaba lo auténtico. Por supuesto, se sintió muy interesada por el relato de aquel que parecía conocer, tan bien, lugares y personas.
- ¿Cómo se hace para viajar tanto? Le preguntó.
- Es como soplar y empezar. Después la necesidad te obliga a resolver lo que sea. La necesidad es la madre de la vida.
Juro que es literal y que las frases, en donde podrán reconocer lo que se eludió: que la necesidad tiene cara de hereje y que la pereza es la madre de todos los vicios, esas frases, decía, son literales. Y muestran hasta qué punto su retórica excede a la intención de nuestro personaje.
- Dios aprieta pero no ahorca, una vez que estas jugado ya no hay retorno, seguís y seguís. Trabajé de muchas cosas, eso sí, nunca vendí drogas, nunca me metí con nadie. En Nicaragua, por ejemplo, me robaban todos los días lo que había conseguido. Y yo les decía: “¡Che!, yo soy argentino” Y entonces me invitaban con una cerveza. Y así donde fuera. Una vez en Madrid me dijeron: “no vayas para allá, ni para allá, ni para allá” Y yo fui para allá, para allá y para allá. Y en todos lados dije “¡Soy argentino!” Y nunca me pasó nada.
- Pero ustedes, los argentinos deben tener un origen. Preguntó la muchacha que dudaba un poco de tanta flexibilidad.
- ¡Callate, que nosotros somos así por ustedes!
- ¡¿Cómo?!  Preguntó la muchacha.
- Sí, si nosotros fuimos la cárcel de Europa. Los que allá eran criminales, ladrones los mandaban para acá. Todos a Buenos Aires y así nacimos nosotros, como la peor escoria.
- Pero, ¿aquí no había indios?
- No quedó ninguno, los mataron a todos. (Hay que tener en cuenta que el hospedaje en cuestión se encontraba en una región donde la mayoría de sus habitantes son de origen mapuche, incluidos los que trabajaban en él)
- Había oído eso, pero no lo podía creer. ¿Y cómo se llamaban?
- Patagones, y eran chiquitos pero con patas muy grandes, tanto que echaban sombra sobre los españoles. De ahí el nombre de Patagonia. (Esta profusión de mitos encadenados unos con otros, y referidos al origen y al ser, como corresponde a la retórica de los mitos, es la que me decidió a escribir esta historia)
La muchacha debe haberse conmovido por ese relato donde se cuentan las mayores tragedias como si  fueran las maravillas crueles del nuevo mundo. Maravillas contadas como desde afuera, desde un lugar intangible, al que nada lo alcanza. Un lugar imposible, que tal vez fuera la razón que lo obligaba a viajar y viajar para salirse de todas las historias que pudieran dejarle una marca. O tal vez para salirse del acuciante sentimiento de ser la escoria de Europa.
- ¿Y qué vamos a hacer? Preguntó conmovida la muchacha. El Inocente contestó con la experiencia que le dio el trato con tantos ciudadanos del mundo.
- Evitar que sigan contaminando el océano. Y ahí hay que decidir si es mejor limpiar lo que ensucian o trabajar para que tomen conciencia.
- Anoche soñé. Dijo la muchacha. Anoche soñé que instalaba unos basureros en todo el océano. Son como tachos que flotan y recogen la basura que anda por el océano. Los vi en Internet.
- ¡Eso! ¡Tenés que meterle con eso! Yo me sumo a tu ONG. Juntamos fondos y ponemos tachos en todo el mundo.
Juro, por Roberto Arlt, que lo que cuento es verídico.