sábado, 19 de diciembre de 2009

NOTICIAS

He recibido dos cartas más de quién ha decidido extender, por su cuenta, la funciòn artista que subtiende a una obra firmada por mi. En esta ocasiòn se trata de dos conjuntos de fotografías (cuatro en un caso y dos en el otro) de los cuales adjunto un par. Hay algunos cambios desde las primeras fotos que enviara mi doble. Esta vez los aspectos estéticos están muy cuidados, no se trata de un registro de lo hecho solamente, aquí hay varias fotos con clara intenciòn estética, y además, quien las hizo, sabía este oficio con holgura. El enfoque, la composiciòn, el contraste de masas de color, las diagonales, todo muestra a alguien que sabe mucho. Y me pareciò que era oportuno hacer algunas consideraciones, como para evitar que todo este asunto se banalice en una especie de broma, que nos llevaría de nuevo a tinelli (la minuscula es intencional).



En el primer conjunto, las cuatro fotos muestran una especie de paseo fotográfico, en el cual se visita el monumento al centenario de Comodoro. Las leyendas que acompañan dicen eso: "fuí de visita por el parque" "la estoy pasando bomba" "hasta pronto, o mejor no". Estas leyendas remedan las que acompañan las fotos que envían quienes estan de viaje y quieren compartir sus impresiones. Pero tambien, quien disfruta cierta libertad sobre el fondo de preocupaciòn de quien espera. Se me dirá que es un exceso de especulaciòn y que solo se trata de divertirse un rato. Claro que no, el exceso de especulaciòn es propio de este asunto que viene, desde el comienzo, envuelto en un clima de intriga y misterio; muy conveniente a los fines del arte, y por eso lo acepté, no sin inquietudes y fastidios, debo decirlo. Por eso, creo que, si fui puesto en la encrucijada de tener que separar la funciòn artista que encarno, del sentimiento de propiedad de la obra, propia de mi condiciòn burguesa, obligandome a reconocer, que mi alarde de abandonar las obras no estaba tan decidido como parecía; entonces, el que se tomó esta libertad debe llevar el asunto hasta donde dé. Lo peor sería que apareciera un día diciendo, "fue una joda para tinelli"

El arte como pregunta, tal cual lo entiendo, al primero que interroga es al artista. Y quien ha decidido asumir una direcciòn que cuestiona prespuestos básicos de la labror de artista, tiene que estar a la altura de lo hecho. Quien se asume como artista tiene una doble condiciòn: de hacedor y de primer receptor, y ve reflejados en la obra sus propios fantasmas. Toda la habilidad consiste en asumirlos y generalizarlos lo mas que se pueda, hasta que ya no se distingan de los de cualquiera. Este ha sido el privilegio del artista en occidente - este y el de reclamar la propiedad de esta acciòn - incluso cobrar por ella. Aunque la historia de la funciòn del autor, esté fechada, con limites históricos no tan extensos y que no van más allá del ascenso de la burguesía moderna con su principio sagrado: la apropiaciòn de las representaciones del yo y sus objetos. Desde 1.400 hasta la década del 90, en la cual, las apropiaciones masivas del neoliberalismo, y la extensiòn del hipertexto, hicieron que la funciòn del autor se relativizara. Es frecuente observar la apariciòn de una misma obra en lugares diferentes del mundo, y cualquiera que escriba un poco puede encontrar sus párrafos firmados por otros. Esto de buena fe, pero hay que contar el masivo recurso a cortar y pegar entre los vicios universitarios.

Pero si puedo reclamar que, asi como yo me expuse a las inquietudes de la función artista, hasta el punto que se hace posible la acciòn de la que nos ocupamos, no se puede menos que pedir que el artista doble haga lo propio, y soporte el cuestionamiento que surge de su acción. Lo que hizo no es una broma divertida, y si bien los riesgos de la funciòn del artista no son tantos, ni siquiera corro el riesgo de que me arrojen tomates (o piedras), el personal del CEPTUR si ha estado en riesgo. Después de todo, la obra estaba a su cuidado. Y lo que me parece mas importante, el arte no es reversible, esta es una propiedad que queda en evidencia en esta acciòn, ¿se imaginan que Duchamp, hubiera retirado el Urinario diciendo: - ¡¿que susto eh?!

El Urinario quedó arrumbado en un costado del salón del los independientes sin que nadie supiera que hacer con él, ni fue aceptado, ni pudo ser rechazado. Este es el papel del arte.

Por eso quiero referir el final de este texto a la segunda foto, y vuelvo a repetir las difrencias en los aspectos estéticos. En ella la leyenda dice: "piedra que descansó del artista". No es muy dificil
deducir que, nuestro artista extendido, esta identificado a la piedra; tal vez en las artes visuales esta alternativa no sea muy común, pero en el teatro, por ejemplo, es frecuente que el artista deba hacer un esfuerzo por diferenciarse de su personaje, el que suele infiltrarsele en su subjetividad. Creo que por ello, le adjudica a la piedra la condiciòn de descansar del artista. Pero me temo que la funciòn del artista no descansa, y una vez asumida hay que seguirla, de otro modo, las sutiles transformaciones simbólicas que introduce se perderían (en este caso, la puesta a prueba de la coherencia de una obra).
Le pido a este doble que no afloje, y evite banalizar su operación. Soporte la incertidumbre que es el corazón de una obra, y se deje guiar por ella. El resultado solo puede verificarse a posteriori. Si se trata de un fotógrafo, tiene una desventaja, en la fotografía, el instante de ver y el de decidir, estan muy juntos, casi superpuestos. No así para un pintor que tiene tiempo de corregir, irse a dar una vuelta o destruir la tela. A su favor, el fotógrafo puede disparar cuantas veces quiera.
Se puede agregar que, si bien el arte está hecho de pequeños acontecimientos, fragmentos de la vida cotidiana que, a no ser por el artista no se convertirían en simbolos de lo común, la labor propiamente dicha del artista, es tomar decisiones, sobre estas tonterías, y hacerlo de tal modo que esos fragmentos adquieran la dignidad de lo sagrado.
Veremos como sigue.

lunes, 14 de diciembre de 2009

ME PASO UN CASO





Así es, me pasó un caso, y como no se que hacer, escribo; escribir me da un respiro, un orden que pone acá, en esta hoja de papel, unos hechos. En realidad se convierten en hechos al escribirlos, si no, no son más que unas anécdotas borrosas. Sigo convencido, después de tanto tiempo, que el arte está hecho de esos trastos, pequeños fenómenos, fragmentos de acontecimientos nimios, que pasan desapercibidos para cualquiera que esté inmerso en esta cultura vocinglera y sorda. Supongo que en otro tiempo - el de los carros de caballos por ejemplo - un acorde musical podía sonar diferente, o un matiz entre el verde y el pardo, de un cuadrito de Cezanne de cincuenta por setenta centímetros, tendría otro alcance. Pero, cuando el ojo es traccionado por una gigantografía del tamaño del frente de un edificio, y en esa desmesura no hay otra cosa que una imagen vulgar, no hay muchas oportunidades, al menos en ese terreno; si tengo una pequeña esperanza en el rumor, el susurro, incluso el chisme y otras formas que aún conservan, creo, un poco del poder de despertar interés (aunque, convengamos, el chisme tiene vocación de expandirse) Y también la escritura. Al menos podemos esperanzar que se lea. Por eso escribo, porque me pasó un caso.


No se si puedo darlos por enterados, pero hice unas cosas: obras de arte en realidad; piedras para ser más precisos, piedras escritas y talladas. Hace tiempo que trabajo en esto y no le encuentro la vuelta, ¿a que?, a que hacer con lo hecho. Hay un prejuicio, extendido, que indica que lo hecho en nombre del arte es valioso. O de otra manera: las cosas hechas en nombre del arte se dirigen al valor y lo transforman, incluso lo crean. Entonces cada vez que hago algo, un pequeño dibujo, una frase, no me parece un papel pintado, ni una anotación. No, parece que a su alrededor se generara una especie de aura que lo convierte en valioso. He probado tirar bocetos, romper dibujos o repintar cuadros, siempre me da un respingo. Estos son objetos que se guardan, no se tiran, son ¿especiales? nunca los vi especiales, al contrario, a veces me irritan por su falta de valor, y aún así tirarlos me da una especie de pavura, ¿Cómo algo tan valioso va a quedar por ahí, tirado?


En cambio las piedras que trabajo, ya estaban tiradas, yo las recogí y las traje, luego las tallé y después las tiré otra vez. Pero es un truco, porque las piedras escritas tienen todo un valor entre nosotros, un valor que las convierte en mensajes de culturas pretéritas, por ejemplo. Y no es difícil de entender que en ellas veamos esas culturas pasadas, sin poder evitar proyectar la nuestra en ellas, y a nosotros claro, que si nuestra cultura es importante es porque nos acoge a nosotros, ¿o no?


Y yo hago chistes porque me pasó un caso. Porque no se que hacer con el caso que me paso. Y el caso es que, en mi condición de artista, es decir: yo digo que soy artista y hago cosas de artista, me guardaba para mí una especie de impunidad. En el campo del arte yo hago lo que se me vienen ganas. Es más, se trataba de forzar un poco lo que de las ganas venía, para ir más allá y provocar el efecto del arte. Porque el arte es un efecto que surge de algunas cosas que hacemos. Un efecto en nosotros, en nuestra sensibilidad. Está bien, si, meter los dedos en el enchufe provoca un efecto y no es arte, al menos aún no vi que nadie lo hicieran en su nombre. Pero meter los dedos en el enchufe no es un pequeño fenómeno; puede ser cotidiano, pero no es pequeño. En su horizonte está el riesgo de ser dañados y eso es lo que lo agranda (¡nos daña a nosotros!) Y además no esperamos nada distinto de una descarga eléctrica, nada distinto de una estimulación n poco brusca. En cambio del arte no sabemos lo que esperamos, pero dejamos abierta una entrada diferente.


Aún así diría que en el arte no hay grandes riesgos. Al menos en el arte visual, aunque pensaba recién en los malabares de vanguardia. O en las performances dadá, con persecución incluida. Sin embargo creo que a quien le atraiga el riesgo en el cuerpo, lo buscará más bien en el campo del deporte y la aventura.


Claro que, decir nosotros es un decir, cuando yo busco ese efecto en el arte, estoy en ese nosotros, me junto con ese nosotros, anoche por ejemplo, en comunión con un músico extraordinario: en comunión con cientos de sensibilidades que, vaya uno a saber como vibrarían, pero en el montón de manos, de miradas, todas concentradas en las muecas gozosas de ese músico, había pocas dudas del nosotros.


En cambio en el caso que les cuento, el nosotros irrumpió de pronto, impensado. Imaginen al músico de la mueca oyéndose a si mismo. dividido entre artista y cuerpo. Diría un cuerpo a cuerpo, si no fuera una de las ficciones del arte, ya que, en el arte, el cuerpo del otro está mediatizado, por el arte precisamente. Quizás la música no sea un buen ejemplo, porque ahí, el sonido, que es sustancia moldeada en arte, entra en el cuerpo del otro. Se puede fantasear ahí con una comunión directa, entre los cuerpos del artista que segrega esos sonidos, y del oído común que los recibe. Más aún si el molde que da forma a la sustancia, lleva encima los signos de la historia de los cuerpos de los antepasados.


El cuerpo que ponemos en juego en el arte, está más cerca de la intimidad, del recogimiento, de ese interior más familiar que la casa, en donde guardamos nuestro tesoro más precioso. Es un cuerpo raro, no esta hecho de carne. Al menos no de la carne que se juega en un topetazo con un rival de noventa kilos. Esta es otra carne, más sensible, hecha de dolores y de vacíos. Más de vacíos que de dolores, porque creo que el dolor le da presencia, pero no se si más que eso. Pienso en las artes gritonas, sufridoras, que con un ojo sufren y con el otro calculan el impacto. No me gustan. Ya me cuesta oír a los Silvios con su empeño en el sufrir de América.
Ese rincón (otra manera de imaginarlo) siente. Y allí llegan solo ciertos fenómenos, pequeños casos en los que resuena ese pequeño tímpano guardado en nuestro pecho, (para quien lo guarda ahí, no descarto que otros lo guarden en el vientre, por ejemplo) Y como a mi me pasó un caso. uno que me dejó sin saber que hacer, justamente porque pasó ese límite que el arte protege, y por eso escribo.


Como artista tenía un truco, mi órgano sensible se dirigía a esos otros órganos, o al menos a su fantasía, ya que no se tanto de ellos, no me va tan bien como para alardear de conocer ese territorio. Era más bien una apuesta, que a veces funcionaba y otras no me enteraba. Una apuesta por alcanzar ese paño húmedo del pecho de otro, y…no se, no se que quería hacer ahí. Más bien creo que con alcanzarlo me alcanzaba. (Oh, piruetas de la lengua) En otra época, hace tiempo (M. decía el otro día que, entonces, me divertía) las obras tenían una forma de chiste, de sorpresa, a veces de broma pesada, pero igual eran ganas de llegar, de ser oído. Pero no con el oído de siempre, el común, EL VULGAR, incluso. No, de ser oído con ese tímpano pequeño, que recoge los fenómenos sutiles, las pequeñas vibraciones que el arte protege.
Les contaba que tallaba piedras, con mensajes, y las dejaba por ahí, donde un caminante pasara inadvertido. La piedra le saldría al cruce con su enigma, y el caminante, perplejo, evocaría el arte ¿Qué tal? (lo curioso es que hiciera esto en nombre de la resistencia a la imbecilidad) Aunque no podría sostenerlo en cualquier ámbito, era mi esperanza. Y más allá, que hay que desconfiar de los humildes, mas allá de la huella perdida que funda el relato, era en el rumor, el comentario de lo hecho, donde ponía mi esperanza:

- ¿viste lo que hizo?, la dejo ahí, ¿y si la encuentra cualquiera?

Ese dialogo resonaba en mi rincón y con deleite. ¿Cómo no? Imaginen, protegido en las siete llaves del arte, paseándome sin temor por ahí, por donde circulan los demás, y a resguardo de exabruptos y chistes gruesos.

- ¿Pero que delicado, che? ¿tanto lío por los otros? ¿No oíste decir que el buey solo bien se lame?

Parece que no, aunque no lo pareciera, porque claro, mi truco de artista, la forma incluso de la piedra, su dureza: su cerror hermético, su grano frío de piel, y más: su aislamiento, bueno, todo eso no parecía desear caricias, o aperturas. Yo no lo hubiera admitido tan fácil, hubiera cargado todo a la cuenta del arte y sus ficciones.


Pero me paso un caso. Y esas piedras que presumía de abandonar, con el escándalo que brota de irritar lo sagrado, esas piedras que exhibía como mías con deleite, suscitaron un acto: alguien, alguien que no conozco, y sin embargo intuyo tan cercano, intimo, se llevó una piedra de donde estaban expuestas. En nombre del arte supongo; y escribió un anónimo, por el cual me enteré del abandono invertido. Al leerlo, al ver las fotos que tomó, se invirtió la escena, y en el rincón protegido entró lo incierto: el extranjero que llevamos dentro.


Y escribo para dar valor, igual que en el arte, a esos fenómenos pequeños, inciertos, intrascendentes de tan nimios. Me pregunté quien podría ser, busqué la letra, no supe si enojarme, si sentirme descubierto o estafado incluso. La pregunta me inundó ¿quien me creía? o mejor: ¿Por qué me creía a salvo de la misma operación que yo le hiciera a otros?


Por ese acto fui, de nuevo, convertido en cualquiera. Pero ojo, que haya sido convertido en cualquiera, no dice nada de la frecuencia con que esto ocurre. Cuando voy por ahí y veo una muestra de arte, salvo que me tope con una obra de verdad, no me pasa demasiado. El grueso de lo visto es ganga, ¿saben que es ganga? es la piedra en la que viene mezclado lo valioso, el oro por ejemplo. Entonces creo que el encuentro con el arte es infrecuente. Y cuando ocurre, nos convertimos en algo diferente de un espectador de rutina.




Lo excepcional de este caso es que, al modo de un rayo de luz, que se encontrara en su camino con un espejo, y volviera por donde vino a herir el ojo del que mira, la obra que hice se invirtió hiriéndome a mí con su eficacia. Así ocurrió. Y quien lo hizo, además, tomó las fotos que yo mismo hubiera tomado. Sin tantas precauciones estéticas, es cierto, pero aún lo común de sus fotos, acentuó más el efecto. La piedra en cuestión tiene un grabado sencillo, es la palabra O Y O, pero escandida de tal modo que también parece una alternativa: o yo, y un signo de interrogación que materializa la pregunta: o yo?


Quien hizo el acto, tomó cuatro fotos que acompaño de unas leyendas. En ellas pone voz a la piedra, y le atribuye una reacción a mi propósito de abandonarla. “Ya te oí” me dice, y me trata por mi nombre, luego de lo cual me anuncia que, después de pensarlo, ha decidido hacerme a mí lo que yo le hubiera hecho a ella. Casi al modo de un anticipo de ruptura amorosa, en la que, la amante, ante el dolor de ser abandonada, se anticipa. Primera novedad que me golpeó: no había considerado que la piedra desnuda y fría que trato como un objeto, atrae la sensibilidad de quien se acerque. ¿Y que quiere decir que atrae, sino que, el que se acerca borra la distancia entre su tímpano sensible y el objeto que le ofrezco? O sea que, en ese punto que yo ignoraba, hay una voz, una voz otra que prolongó el movimiento por mi iniciado. Y claro, como el artista y la obra se distancian, me puso frente a ella para que reciba mi mensaje invertido. Así me convertí en cualquiera, el privilegio de un cualquiera.


Esa ignorancia es la que al comienzo de este testimonio definía como “cierta impunidad”, pero no es desaprensión, ni descuido, no, todo el arte llamado “de vanguardia” se apoya en ella, en el esfuerzo que se le pide a quien se acerca. No se le ofrecen las mieles de la identidad, o de los sentimientos, no, en su lugar se le ofrece otra cosa, un objeto cualquiera, un borrón de pintura, unos sonidos chirriantes o unos movimientos “expresivos”, en cualquier caso, el que se acerca se ve sorprendido en su buena fe, si es que existiera tal cosa en el arte. La polémica entre la propuesta de Mallarmé y la de Apollinaire, tiene entre nosotros ecos cada vez más actuales.


Pero, en el caso que me ocupa, hay mucho más. Por lo pronto un franqueamiento directo. Quien lo hizo debió apropiarse de la piedra y sacarla del lugar donde estaba protegida. ¿Y que se protegía?, su propiedad. Nada menos. En esta cultura, vocinglera y sorda, la propiedad es el Dios por excelencia. Y la obra de arte es la excepción que hace que el tener, tenga valor. De otro modo tener tendría cualquiera, otro cualquiera. Un cualquiera cualquiera, por decirlo de algún modo. Un cualquiera sin ningún valor. Esa operación por la cual, un cualquiera adquiere valor, la hace el arte, también el amor hay que decirlo.

- Que suerte tengo de tenerte, dice el amante.
- Que miedo tengo de perderte, dice el amado.

Pero entonces, para ir cerrando el caso, mi doble artista, quien me doblo la apuesta, realizando la ficción que sostenía la obra. Quien tuvo el (valor) de apropiarse de ese objeto, investido de un valor que no es cualquiera, superior al de una joya, pero también cercano al desecho más infame, esa artista, mujer sin duda - que hace falta un plus para hacer lo que hizo - un plus que un hombre, formado en formas milenarias, entre las cuales apropiarse de un valor tiene reglas (formas) que no se fuerzan en vano, formas que una mujer desprecia, ya que su distancia con la propiedad es siempre relativa; esa artista, que ha sabido tocar mi femenino tímpano, como solo una mujer podría hacerlo, esa artista que no se si aún tiene la piedra o ya la ha abandonado, hizo caer los velos que sostenían el mío, el acto mío: el de la distancia con la obra; el de la propiedad de la misma; el del valor de lo hecho; pero sobre todo uno, uno que sostiene la garantía de todas las ficciones de nuestra cultura, que hace que cada cual, a su turno, se sienta cuerdo, y que la línea que demarca la frontera entre el disparate y lo sensato se conserve; esa ficción es la del autor: doble del propietario de objetos, de valores, de obras, de yo, o yo… ¡¿ oyó!?


Ojala la abandone bien, y no me lo diga nunca.


Foto 1: DARWIN, piedra tallada y abandonada. Fotografia toma directa, 70 x 100 cm. 2009
Foto 2: PADRE POLVO, piedra tallda y abandonada. Fotografía toma directa, 70 x 100 cm. 2009
Foto 3: ¿O Y O?, piedra tallada y...Fotografia color, toma directa (a cargo del artista extendido)13 x 15 cm. 2009 (