sábado, 14 de mayo de 2011

Proyecto: Juegos y juguetes 8ª edición: “TRIBUTO A MARÍA ELENA WALSH”


“RONDA DE REDONDILLAS”

NOTAS E INSTRUCCIONES PARA JUGAR


Antes de jugar voy a hacer unos comentarios, porque si no empezamos a las apuradas y después nos perdemos. A ver: ¿Cómo sabemos que las palabras nombran lo que nombran y no se equivocan nunca? Salvo algún pasmado, si le piden a alguien que les alcance un lápiz, suele alcanzarles un lápiz ¿no es así? Si por un casual les alcanzara una pizza, seguro habría carcajada (y luego comer pizza por supuesto). Las palabras tienen una seguridad pasmosa. Uno dice: plato, y otro estira la mano. Otro estira la mano y uno acerca la cara, y más, si con la caricia también se estira una sonrisa.

Hay una seguridad en lo que decimos en la que no solemos pensar. Mas bien nos quejamos, de que tal o cual no nos entiende y que, para que lo haga, hay que hablar y hablar, cuando no enojarse y no hablarle por un rato largo.

Me gusta pensar que las palabras quieren cuidarnos. Que son como pequeños seres que vuelan alrededor nuestro, en nuestro aire en realidad, muy atentas a lo que queremos decir. Ellas se nos adelantan y se enganchan, como un tren, unas con otras. Saben muy bien como hacerlo. Aunque es cierto, a veces se equivocan y viene una pizza en vez de lápiz. Pero uno tiene el recurso de pensar: - “¡como me quiere!, tanto, que me pide que deje de escribir y vaya a almorzar pizza”.

Las palabras se las arreglan tan bien, que, cuando funcionan, tenemos la sensación de que todo esta en su sitio, incluso que alguien nos quiere. Bah…hay que ser realistas, esto no ocurre todo el tiempo… mas bien cada tanto. Pero seguramente cada uno de ustedes debe recordar un momento en el que, ni siquiera hizo falta hablar, una mirada dijo todo lo que había que decir. ¡Qué felicidad! Pero no es magia, es que esas palabras, en el colmo de su sabiduría, saben cuándo frenarse, como un tren, y dejar que su influjo siga, en silencio, para que tengamos la impresión de que no hacían falta. ¡Qué sabiduría! Saber cuando hablar y cuando hacer silencio.











¿Y por qué tanto palabrerío? Porque las palabras tienen que ser dichas para funcionar. Aún las que están escritas. Si no se quedan ahí, pasmadas en el papel o en la memoria, y no le dicen nada a nadie. Por eso hay que decirlas, aunque las digamos en silencio, en nuestro interior, como cuando leemos para nosotros mismos.

Ya lo dije antes, no solemos pensar en estas cosas. Para la mayoría de nosotros las palabras son como herramientas que sirven para dar instrucciones: haga esto…o haga aquello. Y cuando el tipo lo hace decimos ¡Qué bárbaro che, cómo nos comunicamos! Pero no nos damos cuenta de que todo el trabajo lo hacen esas palabras, atentas, que dan vueltas y vueltas alrededor de nosotros. Como unos aviones de acrobacias, haciendo malabares increíbles para poner en nuestros labios, justo el término, justo antes de meter la pata.

Los que saben de eso son los poetas. Ellos sí saben como es la cosa. Ven, como los clarividentes, o los magos, esas nubes de palabras que nos siguen en bandada, se despejan en un día soleado, o se amontonan, espesas, en un día de tormenta.

Ellos saben además que no tiene remedio, y que, lo que lo hay que hacer, es decirlas. Así se mueven, a veces con la mano, como quien espanta un bicho o aviva el fuego. Otras veces las dicen de un modo nuevo. Inventan cosas que las enganchan de maneras distintas, como para que no se aburran o se pongan rutinarias. A eso le llaman cuentos, poemas, canciones, refranes, recuerdos…Ellos saben.

Y las palabras entonces, cuando las llaman a una de esas cosas, van contentas. Se apuran como los chicos cuando reparten golosinas y cada una ocupa el lugar que se le dispuso.

Y esto es así desde hace mucho, tanto que ya ni nos acordamos. Debe ser desde que hace que hablamos. Miren si habrá memoria guardada.

Y esas formas de enganchar las palabras son tantas y tan viejas que algunas ya se han hecho carne. Les llamamos tradiciones y están guardadas en el cuerpo. ¿No les parece maravilloso que nuestro cuerpo, además de tener ojos, manos y caricias, tenga formas de enganchar las palabras unas con otras? Averigüen, hay muchas.

Pero yo voy a traerles una que se llama: redondilla. Una forma de enganchar las palabras muy vieja que se guarda en el fondo de todos nosotros. En la redondilla las palabras se enganchan en versos no muy largos, de ocho o nueve sílabas, nada más. Y se agrupan de a cuatro versos, uno arriba del otro. El aspecto es muy cuadrado, incluso en la forma que tienen esos versos cuando los vemos en el papel. Es más, como su aspecto es muy cuadrado lo asocié enseguida con los cuadrados que me mandaron para armar el juego: cuadrados…redondillas, cuadradillos…¿me siguen?












Lo que distingue a las redondillas es su musiquita. Hagan memoria, seguramente habrán oído un versito que comienza así:

“Ayer pasé por tu casa

me tiraste con una puerta

la próxima vez que la tires

fijate que esté abierta”

Es probable que se pueda discutir si se trata exactamente de redondillas, porque los que estudian estas cosas, a veces se ponen estrictos, y si el primer verso no rima con el tercero y el segundo con el cuarto, a lo mejor no se llaman redondillas y se llaman coplas. Pero no me importa, yo voy a usar ese nombre porque me queda bien con los cuadrados (cuadradillos…redondillas, ¿recuerdan?)

María Elena Walsh era una amante de estas formas. Tanto de las que ella creó, como de las que recopiló y guardó para que todos las recordáramos. Y creo que su anhelo era el de fundir su obra con ellas, convertirse en parte de esa gran memoria que se guarda en los rincones del cuerpo de cada uno de nosotros.

Al juego le llamé Ronda de Redondillas, tratando de aprovechar el espíritu juguetón que tienen, porque ellas tienen un verdadero entusiasmo en juntarse, y cuando se juntan de un modo u otro quieren decir algo. Fíjense en este ejemplo que armé con varios versos de coplas populares recopiladas por María Elena:

Cuando paso por tu casa

siempre te encuentro lavando

que bonita es mi quebrada /

cuando me mojas, besando.

Y este otro que hizo Adriana probando la Ronda de Redondillas:

El diablo se cayó al agua

Allí está tu nombre escrito

En el medio de la mar

Como si fuera un charquito

En estos cuadrados de madera con los que vamos a jugar, estampé unos versos. Cuatro por cara, para que puedan verse de un lado y otro del cajón. Algunos son de María Elena y otros de coplas populares, algunas recopiladas por ella misma.

Propongo algo simple: una ronda, o “cuadranda” habría que decir, en la que alguien lee uno de los versos del cajón que le toca y otro lee el siguiente. Si encajan y se llevan bien, se sigue adelante, y si no, se prueba con otro, hasta que les guste como queda.

Como son tres cajones, va a faltarles un verso. Ahí les dejo elegir: o dan una vuelta más a uno de los cajones, hasta encontrar el remate que mejor le convenga a la redondilla, o lo inventan Uds. mismos. No es difícil. Hay que dejar hacer a las palabras, ellas van a encargarse. Su espíritu juguetón las lleva a pegar los sonidos que hay en cada una. Y si las dejan hacer a ellas seguramente saldrá algo. Si lo que sale les gusta y quieren dejarlo por escrito, puse unos papelitos de colores para que los anoten. El próximo que venga podrá leerlos y usarlos para armar nuevos versos. También puse una piedra. Sí, una piedra, a la que le tallé el nombre Walsh. Las piedras son como cualquiera de nosotros. Todas iguales, todas distintas y desparramadas. Por eso me gustan.

Al cabo de un tiempo habrá tantos papelitos que la piedra no podrá contenerlos, entonces empezarán a volar hacia esa memoria colectiva donde seguramente se encontrarán con Maria Elena. Y ella, enterada, se meterá en el juego. Uds. se darán cuenta. Algún verso tendrá una musiquita diferente, un gulubú, por ejemplo. Esa es ella seguramente.