lunes, 18 de abril de 2011

LA INÚTIL

Estos textos fueron publicados en el libro PASOS ENCONTRADOS, en la editorial TELA DE RAYÓN, 2012

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LA INÚTIL

Fui a un lugar que queda de camino a Cañadón Perdido. Un área muy explotada en otros tiempos. Descubrí que ya había estado ahí, por lo que decidí probar una huella que se abría en un lateral del camino. Me llamó la atención un sitio sin vegetación, cubierto por un pavimento viejo de petróleo derramado. En su centro se erguía un poste metálico con unas barras horizontales que alguna vez hicieron de escalera. Claro que hoy, de subir, no se llegaría a ningún lado. Me gustan esas ruinas que conservan tenazmente un fragmento de una función que ya no le pide nadie. Ese poste metálico con su escalerilla a los lados se veía completamente fuera de lugar.

El poste me inspiró y, luego de merodear por sus alrededores, comencé a caminar por una huella que trepaba hacia lo alto de un cerro. Prometía llegar lejos, y además, tenía el atractivo de no haber sido transitada recientemente. Los pastos habían vuelto a crecer dentro de los zanjones hechos por la lluvia. Y no eran plantas de estación: eran duraznillos y zampas, que, sumados a las raíces que cruzaban la huella, indicaban que no había pasado nadie en mucho tiempo. A lo lejos una terraza prometía una vista interesante. Entretanto meditaba en el poste. Lo primero que intenté fue decidir cual fue la función original, pensé que quizás hubiera tenido una luz en su extremo. Pero era corto y a juzgar por la grosera cantidad de petróleo derramado y el desden por el daño hecho, tal vez ese poste hubiera servido para treparse y salvarse de una muerte horrible. El lugar era viejo y había marcas de construcciones de chapa, fragmentos de madera de las usadas a principio del siglo pasado. Huesos de capón y botellas de vidrio grueso se pulían al viento. La mala vida permanecía intacta entre los arbustos.

Sin embargo el lugar, como tantas otras ruinas, recuperó para mi un carácter que no tuvo en su tiempo, un carácter que no dudaría en llamar sagrado. Tal vez sea exagerado, pero ese sitio tenía varias condiciones que lo tornaban propicio: el abandono de la utilidad, el desprecio por el daño y ese tiempo particular que se extiende en una degradación lenta que preside todo lo que allí se encuentra. Allí se evoca, en un futuro, el momento original en el que todo vuelva a quedar como antes. Podemos proyectar una especie de fastidio de la naturaleza que deja ver su tiempo inmemorial, incluso llamarle paciencia. Ante ella, los acotados días del hombre revelan su absurdo.

Tal vez sea ese efecto lo que procuro poner en evidencia al recorrer este paisaje: ese vacío aterrador que se abre cuando las cosas dejan de estar veladas por la utilidad y el bien. Allí asienta el carácter sagrado que retorna en este sitio.

La terraza que veía a lo lejos agregó lo que faltaba. Estaba ubicada en una de las laderas de largo cañadón que desembocaba en el mar. Desde esa altura la perspectiva era magnífica. A lo lejos se veían más ruinas de pozos muy antiguos. Los restos de los basamentos de las torres, los muertos de madera dura. Las espigas que aún conservan su fuerza aunque sin nada ya que sujetar, guardan algo de la desmesura que caracteriza a la industria humana. Si sumamos el asiento de esa industria en los lugares más inverosímiles, se entiende que este sitio adquiera un carácter mítico.

En el camino encontré un objeto que acentuaba aún mas aquellos caracteres. Se trataba de una pieza de metal, trazada a compás y recortada a soplete en una chapa gruesa. Su forma resultaba del juego de dos círculos: uno mayor que hacía de perímetro, y otro menor en su interior. Ambos coincidían en un punto de borde, que, al separarse por efecto de un corte recto, daba una forma similar a una hoz o a una medialuna trunca pero amenazante. En el extremo opuesto a la punta, su autor soldó una pieza que hacía de mango, similar al de una sartén, con un orificio que hubiera servido para colgar esa pieza, o atornillarla a un conjunto mayor. No podría decirse cual habría sido la función que se le dio. Pero al perderla, se habilitaron en ella todos los otros sentidos que la utilidad cubría. Entonces podía evocarse la alabarda, el Islam, los aceros caprichosos del combate.

Como en otras ocasiones me propuse instituir aquel carácter sagrado del que hablaba. Traje conmigo el objeto. Lo retuve en el taller a la espera de la frase que estamparía en su cuerpo. Evoque la sed, la furia de un dios que hubiera que aplacar. Aunque aquel sitio y su evidencia, mostrara que no hay allí mas furia que la que guió a aquellos hombres.

Finalmente estampé el siguiente caligrama:

S

T R E M E N D A S E D

D

E

S

E

N

D

I

O

S

Volví el tiempo suficiente para retornar ese objeto al sitio y abandonar el lugar a su tormento.

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