domingo, 10 de noviembre de 2013

EL ORDEN DEL DISCURSO






Recientemente, en el XII CONGRESO NACIONAL DE LITERATURA ARGENTINA (5 al 7 de octubre de 2013 en Comodoro Rivadavia), ocurrió un hecho que dio que hablar. Martín Kohan presentó su conferencia titulada: “Memorias de guerra. Las cosas que Videla dijo”** y despertó rechazos y polémicas, tanto como para que un grupo de personas se propusiera desagraviarlo. Como no fui a la conferencia no participé del desagravio, pero no fue solo eso lo que me detuvo, también me encontré dividido entre mis simpatías por quienes apoyaban a Kohan y quienes no, y aunque de estos no sabia mucho, si sabía que afinidades compartíamos. Esto ya sólo hubiera bastado para interesarme puesto que parecía uno de esos casos en el que quedan en evidencia las distinciones que traza el gusto en política.
Pero además hubo otra cosa que me detuvo, y fue la mención de la palabra guerra en el título de la conferencia. Y si bien no me parecía serio fundar una negativa por una palabra en un título, su uso despertó mis reparos. Esperé entonces a leer la presentación de Martín Kohan para decidir qué hacer. El texto que sigue es el resultado***.




Utilizo el mismo nombre que la célebre clase de Faucault, para abordar la polémica conferencia de Marín Kohan. La misma se basa en un reportaje que Videla concedió a un periodista, Ceferino Reato, y que fuera publicada en su libro Disposición Final. Que sea significativo que Videla hable, se debió a que hasta ese momento se había mantenido en silencio. Porque hablar o hacer silencio pueden ser dos modos de actuar con consecuencias políticas. Kohan se pregunta por las razones que pudieron hacer que Videla callara, pero creo que la más importante no está incluida: Videla calló porque tenía claro el orden político donde su palabra tendría consecuencias. En ese orden su palabra era esperada como declaración judicial, es decir en una estricta relación a la verdad jurídica. Al negarse a darla, no sólo impedía conocer esa verdad, sino que buscaba impugnar el orden mismo donde se jugaba su sentido. Su silencio no era sólo reticencia, protección a otros involucrados o mala fe, etc. Su silencio procuraba convertirse en un acto político, uno que sostuviera la posición que él mismo quiso darse en el curso de los hechos que lo tuvieron como protagonista. Es decir, una posición exterior al orden que lo juzgaba. Y lo más importante: reintegrarse a ese orden a partir de un acto de enunciación que le estaba vedado.
El orden político es  un campo difuso donde se discuten las distinciones y los modos de nombrar los asuntos comunes. Y se extiende mucho más allá del dispositivo jurídico que lo estabiliza institucionalmente, se extiende hasta las diversas comunidades donde se disputan las distinciones que deciden la influencia.
Pero como los actos políticos son temporales, el intento de Videla de hacer de su silencio uno de ellos, dejó de tener el efecto que buscaba, primero porque algunas causas ya progresaban mas allá de él, y segundo, porque el paso del tiempo lo exponía a llevarse a la tumba lo que el mismo quería decir. Eligió entonces otro orden para su discurso, pero que tiene marcadas consecuencias sobre la palabra: el mercado. El mercado tiene sus propias reglas para legitimar o impugnar una palabra. Básicamente, en su ámbito, cualquier palabra puede ser dada a oír, siempre que esté justificada en razones…de mercado. Esta condición, en nuestra cultura, habilita ir más allá de cualquier otro orden. A un punto tal que el sostenimiento de esas condiciones se homologa, sin más, a la libertad misma. Hoy por hoy es una de las mayores polémicas la que enfrenta al orden político y al orden del mercado.
A Videla ningún otro dispositivo podía ofrecerle las condiciones para que su palabra fuera oída como él quería. Ni un acto académico cuyo alcance es reducido, ni un mitin de sus seguidores donde fuera leída una carta suya. Ninguna de esas formas podía asegurar el alcance y el efecto de su palabra. Pero ante el periodista soltó lo quería que fuera su versión de la historia. A sabiendas de que – esta vez – no habría versiones de la historia sin que antes quedara establecida la verdad jurídica. El orden político/jurídico se recreó precisamente en ese punto: afirmando su imperio de juzgar, como crímenes, los actos cometidos durante la suspensión de facto de ese orden.
Por eso creo que no fue afortunado recibir la palabra de Videla en otro orden que no fuera el jurídico. Tomarla del mercado, donde el valor está dado por la satisfacción que promete, y llevarla a la discusión académica donde el valor lo da la relación a la verdad, fue, entiendo, un desacierto. El campo político tomado como ámbito de enunciación no deja un lugar exterior desde donde abordar esa palabra libre de condicionamientos. Este orden se basa precisamente en la posición de cada cual respecto de la circulación de la palabra. Y ello alcanza también a la libertad académica.
¿Pero constituye un delito? No, de ninguna manera, quizás no sea difícil sentirse ofendido moralmente. Es entendible, pero no hay que olvidar que la moral peca de inocencia al dar por consolidado ese orden, creo más bien, que su sostén sigue siendo frágil y exige estar atentos a los modos de nombrar las cosas. La dimensión política no se cierra ni se consolida por la moral, es su virtud y su defecto.
¿No era de suponer que Videla iba a repetir lo que dijo ya antes? ¿Que hubo una guerra, causa del estado de excepción, y que ello lo autorizó a ponerse por fuera del orden jurídico? La batalla (metafórica, única batalla posible en  el orden político) La batalla, decía, fue dejar de usar la palabra guerra. Kohan se lo pregunta: Si a esas organizaciones colectivas dispuestas para la lucha armada el Estado les opone, como era de esperar por otra parte, su propio aparato de violencia armada, ¿qué otra cosa, sino una guerra, es posible designar en ese choque?” La respuesta es que a ese choque lo llamamos - se llama - terrorismo de estado, porque el estado no puede de ninguna manera medirse de igual a igual con un particular sin destituirse. No importa que esos particulares se hayan querido llamar a si mismos combatientes, o que hubieran tenido el poder de fuego suficiente como para atentar contra el estado. Desde el punto de vista del estado su acción no puede ser otra que política, su estatuto es político y como tal deben ser tratados. Enfrentarlo es un asunto político, incluido como resolver el uso de la fuerza si así se decidiera hacerlo. Los ciudadanos contamos con eso para no ser tratados como militares cuando hay una protesta, aunque fuera la más radicalizada. El rechazo que causó la llamada ley antiterrorista, es que reintegra ese estatuto por otras vías.
El estado, por su estructura misma, subsume la violencia en lo simbólico, porque en su constitución obliga a ceder todas las violencias particulares. Su propia instauración es ese acto de cesión de la violencia particular del que es perpetuamente responsable. El régimen sin ley de la dictadura, y lo que vino después, lo confirmó.
Kohan toma la palabra de Videla por el sesgo de los relatos de guerra. Se ubica como alguien que va a estudiar los modos de decir y los discursos que los producen. Toma, de la palabra de Videla, lo que confirma su tesis de que el suyo es un relato de guerra, una guerra que estuvo obligado a librar. Y desde ahí se hace necesario identificar el antagonista simétrico y radical que da origen a la guerra.
Dicen Kohan: "se marca que ese entendimiento constaba por igual en el otro bando: la guerra era guerra también para el ERP y para los Montoneros. El combate los opone de la forma más visceral posible, pero la común condición de combatientes al mismo tiempo los vincula"
Esto es cierto solamente si se rebaja el asunto al nivel de los imaginarios de los combatientes, donde se reconocen como equivalentes, pero su simetría imaginaria es la prueba misma de la destitución del sistema simbólico. El estado no es un sujeto. Ni fue el sujeto mesiánico salvador a la patria, categoría que con gusto se autoasignaba la dictadura, ni lo es un gobierno cualquiera, cuando, confundido con el estado, se queja de no se reconocido en sus aciertos. El estatuto del estado es la suma de la violencia simbólica, y su responsabilidad está en impedir de la mejor manera el proceso inverso: la reversión de la violencia simbólica en acción directa. Esa es la ficción de la ley, ficción imprescindible para cualquier vida en común.
Esta ficción es la que permite mantener interpelado al estado sobre su responsabilidad. Es la que permite acusarlo cuando mantiene en su seno sectores que propician una violencia de intereses particulares.
Por ese camino es posible interpelar al Estado para que retenga el uso directo de la fuerza y la conserve como fuerza simbólica. Aunque ello lo haga blanco de todos los reclamos. Lo único que puede hacer el estado es volcar esa fuerza en la retórica política (incluida la retórica de los actos de protesta) o procurar institucionalizarla como ley. Todo ello lo entrega a una paradoja política: a la vez que retiene la fuerza, se impide su uso, habilitando su implementación política. Los  pasajes a la acción directa están restringidos y tienen su marco legal: huelgas, tomas, trabajos a reglamento, cortes de ruta, piquetes, asambleas permanentes, etc. todas formas de impugnación de un segmento del orden legal - de un segmento - que permite mantener el conjunto. Cuando esos segmentos se suman y cuestionan el conjunto de la representación política, entonces se debe cambiar de escala. Pero ni aun ahí se suspende la ficción de un orden global que contenga al conjunto de todos los intereses particulares.
Creo que la falta en el texto de Kohan está en tomar por el sesgo del sentido común de la palabra guerra, como si se tratara de un sentido ya establecido por la lengua general. Pero esta "guerra" con sus reglas ha sido nombrada terrorismo de estado y se mantiene abierta la tensión entre ambos términos. De ahí que la pretensión de una independencia intelectual, para intervenir en este campo, corre el riesgo de olvidar que se interviene en el campo político en tensión. La independencia intelectual puede ser el caballo de Troya para reintroducir la teoría de los dos demonios. que bulle en todo el texto de Kohan.
La pregunta sobre la memoria que habría que oponer a la de Videla no alcanza para evitar el problema: al pretender un lugar exterior al discurso desde donde analizarlo, se ponen en pie de igualdad al discurso de Videla con el orden del discurso al que debía someterse. Orden que está hecho del mismo modo: relatos organizados por maquinas discursivas, formas de nombrar, formas de encadenar los argumentos. Formas de anclar esas palabras a los cuerpos y sus experiencias.
Tal vez allí se entienda el adjetivo de guerra sucia, Lo sucio es que la sustracción simbólica borra las fronteras entre lo permitido y lo prohibido, lo imposible y  lo deseable. Es decir, el tratamiento de lo real por lo simbólico. Real traumático de la política que activa las extendidas defensas contra él: la fuga a los ideales, con su verbo conjugado en futuro condicional, o el rebajamiento de lo político al intercambio descarnado de bienes y servicios. Versiones a izquierda y derecha de la llamada despolitización.
Hay mucho más en la conferencia de Kohan en lo que sería provechoso extenderse: la cadena de mando hecha de omisiones y silencios, o esa figura que Kohan nombra como “el hermeneuta de lo implícito”. Pero el orden del discurso también implica cuando abandonar un texto. Y este ya cumplió su propósito: entender porque no participé del desagravio

* Del 5 al 7 de octubre de 2013 en Comodoro Rivadavia.
*** El tiempo también juega su papel en el orden del discurso, y este artículo llevó tiempo hacerlo. A un mes del incidente el asunto ya dejó de ser visible, y quizás su publicación sea a destiempo, probemos.

1 comentario:

  1. Yo tampoco participé del desagravio y después de leer las palabras de Kohan, me convencí aún mas de que Raúl Artola tenía razón. Tu texto es buenísimo. Muchas gracias.

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