sábado, 9 de julio de 2016

BICENTENARIO

BICENTENARIO
Texto leído en el panel organizado por la UNPSJB y la Secretaría de Cultura de Cultura del Municipio el miércoles 6 de julio de 2016
S/T. dibujo, tinta, 20 x 30 cm. 2016


Agradezco la invitación, entiendo que es un privilegio ser invitado a tomar la palabra. Pero, y justamente porque tomarla es consentir a ser tomado por ella, es que no lo hago, en esta ocasión, sin cierta inquietud. Los ideales que nos convocan permanecen entre nosotros en un estado tal que, al volverlos a la palabra, se deja ver la distancia entre lo que nombraban y lo que nombran. Es a revisar esa distancia a lo que me siento convocado.
Podría ahorrarme la inquietud apelando a la intemporalidad del ideal. Esa cualidad que permite hablar de ellos suspendiendo las condiciones de su aplicación. Es lo que llamamos utopía. Cualidad que nos deja tranquilos porque en la dimensión del ideal no hay consecuencias.
S/T. dibujo, tinta, 20 x 30 cm. 2016
El tono un poco serio de este comienzo tal vez nos ayude a evitar las palabras vanas y encontrar las justas, porque de esto estoy seguro, la lucha hoy se concentra en ello. Libertad, igualdad e independencia, o fraternidad como lo aprendí en la escuela, son antes que ideales, palabras, que reviven cuando volvemos a usarlas. Y reviven porque llevan en sí una discordancia que se activa en cuando se las pronuncia. Discordancia entre la dimensión ideal que las conserva y las condiciones concretas de su aplicación. Por eso su uso es político. Y la astucia de ese uso gira alrededor de cuan establecidas se las pretenda. No estaría exagerando si dijera que la discusión de fondo que nos agita, se da alrededor del uso de estas palabras cuando funcionan como pantalla de los intereses más consolidados que fuerzan un uso vacío y conmemorativo.
 Y el uso de estas palabras es político porque nombran las condiciones de la relación al poder. Un poder entendido como afán de dominio de la voluntad del otro, pero ejercido en el marco de la vida en común regida por la ley.  Desde esa perspectiva la libertad nombra el límite de la manera más general posible: ningún dominio de la voluntad es compatible con su vigencia. Esa idealidad es constitutiva de lo humano, tal como lo demuestran los testimonios de los sobrevivientes de los campos de exterminio. Sabemos por ellos que allí donde la voluntad de dominio reduce al ser humano a su cuerpo, es también donde se hace acuciante la necesidad del testimonio. Sin embargo no hace falta llegar a ese extremo para saber que, cuando su vigencia se torna dudosa, es más necesaria la disponibilidad de la palabra. Especialmente de la que dice  que no.
Ahora bien, sabemos que la libertad es una condición paradójica, que se ejerce más en la renuncia que en la liberación. Pero aún en la elección más forzada el horizonte debe estar libre de imposiciones. Lo humano no es otra cosa que ese punto, indelegable, donde elegimos lo que queremos pero también las consecuencias que se desprenden de ello. Nadie puede tomar ese lugar por nosotros. Ningún saber lo resuelve en tanto se trata de lo que se llama un acto. Las ocasiones que nos confrontan con esa coyuntura no son muchas y atañen a la certidumbre de la muerte; lo Otro del sexo; la filiación y de un modo más general la responsabilidad por el daño, incluido el que consentimos y el que nos causamos a nosotros mismos. Insisto, lo humano no es otra cosa que esta dimensión a la que se le llama, con razón, ética.
S/T. dibujo, tinta, 20 x 30 cm. 2016
La igualdad es un poco más concreta ya que su aplicación se refiere al reparto de los bienes y de los perjuicios. Su paradoja central es que, en tanto la realidad desmiente la igualdad, esta sólo puede procurarla la ley, pero la ley ya es la institución política de la palabra. Y en consecuencia dócil a quién tenga mayor capacidad de influirla. Por ello la igualdad es la dimensión política misma, en tanto su aplicación sólo puede hacerse impugnando el reparto vigente.
Sigue luego la fraternidad, a mi parecer, el más impotente de los tres, ya que su regencia no puede imponerse de ninguna manera, ni por ley, ni por moral. Sólo se puede esperar a que su ejercicio sirva de dique al afán de apoderarse de la voluntad del otro. Afán difícil de limitar y más cuando se funda en la acumulación demente de los bienes. Este es el núcleo incandescente de las comunidades. Últimamente, y a favor de los cambios que trajo la imposición del mundo como sistema, hablamos de solidaridad y confiamos en la ley como límite al odio y la ambición. Pero es un límite precario que requiere continuamente de campañas de sensibilización, como se les dice. Desde hace un tiempo es la ley misma la que se convierte en el comienzo de la acción política para conseguir su aplicación. El problema es que la ley no puede ser sino universal lo que introduce otra paradoja, puesto que cuanto más universal es el uso de la palabra menos lugar queda para lo subjetivo.
S/T. dibujo, tinta, 20 x 30 cm. 2016
Y finalmente la independencia, que es lo que conmemoramos y que se distingue de los otros ideales, que mantienen  la escala subjetiva mientras que, la independencia, remite al plano de la hegemonía entre naciones. Y allí aparecen más paradojas, ya que estos ideales, por más universales que se los presuponga, pertenecen al núcleo de lo que se llama mundo libre. Y que no es otra cosa que el sistema político internacional hecho de coacciones que aseguran el imperio irrestricto del mercado y de los modos de la democracia que le convienen a ese ejercicio. Y aquí sí que hay que prestar atención a las palabras.
Los estrategas del poder saben que la manera más eficaz de dominar la voluntad del otro es obteniendo su consentimiento. Le llaman “poder blando” y consiste básicamente en despertar el anhelo de amoldarse a la voluntad del que domina. En su expresión más simple es querer ser como él. Ser incluido entre los suyos. Y el método también es simple, consiste en ofrecer imágenes con las cuales identificarse a él. Entonces imitar esas imágenes será apreciado como signo de valor y de poder. Por el contrario, lo propio, considerado inferior, será rechazado.
S/T. dibujo, tinta, 20 x 30 cm. 2016
Hemos visto una expansión sin precedentes del mercado. Expansión que va mucho más allá de las formas que asume la economía. Lo que se ha expandido es un modo de concebir la vida en común. Y la imposición de esos modos se apoya ahora en el uso de las palabras globales que se imponen rápidamente, entre otras cosas porque su uso parece cumplir esa promesa de ser por fin modernos. Racionalización, redimensionamiento, desvinculación y revinculación suenan como la musiquita del progreso hasta que nos alcanzan sus efectos. Y  allí contamos con  resiliencia, que parece afirmar que,  sobreponerse a los daños, es más una propiedad individual que colectiva.
Hay otra palabra en la que me quiero detener, porque es la más seductora de todas, me refiero a la transparencia. ¿Quién podría dudar de la virtud de la transparencia? Y es que parece nombrar la virtud de un proceso en el cual, las decisiones que nos afectan, se hubieran despersonalizado hasta tal punto que todas sus partes se tornan visibles. Es el sueño del gobierno de las burocracias. Sin dramaturgia, y sin profundidades de sentido que requieran de interpretación, las cosas se volverían obvias. Pero este sueño de la transparencia, requiere para cumplirse de la conversión completa de todos los intercambios a formatos capaces de ser protocolizados. Y el protocolo no es más que una variante técnica del formato mercancía, que procura la constancia de la forma para asegurar la calidad y el precio. Con este sencillo recurso casi cualquier cosa puede convertirse en un protocolo. Salvo las anotadas más arriba como propias de la dimensión ética. ¿Se imaginan una norma ISO para la crianza de los hijos? ¿Asegurada por ley? ¿O una norma ISO de calidad de la relación amorosa? Estoy seguro de que ya se le ha ocurrido a alguien.
Pero de esto no se regresa, ahora hay que bailar con palabras, como innovación, autonomía, auto - gestión y participación, que tienen, todas, el halo dulce de lo moderno.
La universidad ha quedado enredada en este proceso que prosigue sin pausa. Hay una presión en todos sus estamentos por entrar en el sistema  a conformarse a los modos internacionales, imprescindibles, entre otras cosas, para la recepción de fondos, aunque todos sepamos que se trata de un caballo de Troya. Las burocracias han encontrado  el arma más poderosa para conquistar la voluntad del otro: el consentimiento a la evaluación. Una vez dado se sale del proceso convertido en otra cosa.

Me gusta pensar, como consuelo, que la cultura ya ha cambiado ya muchas veces y volverá a hacerlo. Y entonces me gustaría encontrarme con quienes están ensayando esa lengua diversa, rara, balbuceante que nos permita despertar, por fin,  del sueño uniforme de lo universal. 

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