miércoles, 23 de septiembre de 2015

UN HOMBRE RELATIVAMENTE SOLO



 UN HOMBRE RELATIVAMENTE SOLO

Un hombre caminaba por la vereda cercana al Volcán. Acostumbrado a la soledad casi no esperaba compañía. Los golpes de las viejas ventanas contra sus marcos eran la evidencia de que todos se habían ido. Esa soledad de los que no estaban era toda su compañía y el signo de su intención. ¿Cuál?: ¡Irse! respondería él sin vacilar. Pero él no se preguntaba porque  no lo había hecho.
El sol le daba de frente y recortaba nítidamente los vanos de las puertas y las ventanas desfondadas. Los techos derrumbados y los árboles inocentes creciendo en el interior de las casas vacías. Aquí y allá se veían las huellas del empuje de la lava coagulada para siempre en la última forma que su materia le arrancó al calor. Su color gris oscuro se oxidaba al rojo indistinguible del liquen que le crecía encima.
Ese día el hombre daba un paseo por la que fuera la casa de su padre. Iba allí porque era natural ocuparse de la casa cuando su padre no estuviera. Y si bien el destrozo del fuego también era natural, la ausencia de su padre le parecía más aceptable que aquella.
Un brillo cerca de la esquina llamó su atención. Apuró el paso y se detuvo delante de un martillo viejo. Quizás un derrumbe lo movió de su lugar. Tal vez un estante alto apenas sujeto por un clavo. El golpe contra el piso melló el óxido de su superficie y le arrancó el brillo que vio de lejos.
Lo levantó por la cabeza y miró el mango. Conservaba aún partes pulidas por el sudor y la mano del aquel que lo usó.
Pero no hay para él más preguntas que la frescura del metal en su mano. Ni el uso, ni la historia, menos el accidente. Se imaginan que luego del volcán los accidentes cambiaron de escala.
Así tomado por la cabeza de hierro, golpeó con el extremo del mango la pared descascarada que soltó dos o tres trozos de mampostería. Una mosca zumbó un poco. Siguió caminando y golpeando cada tanto la pared. Una tapa de metal sonó hueca y se detuvo. Golpeó otra vez y oyó el eco al final de la calle. El calor de su mano fue calentando la cabeza del martillo. Lamentó con el cuerpo haber perdido la frescura en su mano.
Entró en la última casa abandonada de la calle. En la esquina de lo que fue la sala se mantenía en pie el vano del hogar. Y, sobre él, un fragmento de mármol blanco que supo hacer de repisa. Allí no daba el sol. Puso la mano sobre el frío del mármol y sonrió. Apoyó la cabeza del martillo y con la punta del dedo empujó el mango hasta dejarlo paralelo al borde. Se retiró un poco y miró lo hecho. Luego salió y siguió caminando.


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