viernes, 18 de septiembre de 2015

REALISMOS

 

Hoy escuché una noticia que me llamó tanto la atención que pensé que podría servir como un tema para escribir algo. Algo que responda a lo que últimamente me pregunto: ¿Se puede escribir un párrafo que no haya sido escrito? Esta noticia me llamaba la atención, justamente, por la forma literaria en que era presentada por la locutora de Radio Nacional de Comodoro Rivadavia, a las diez de la mañana, del catorce de julio del año dos mil quince.
La noticia decía que el hermano del intendente de una localidad del Chubut. Y aquí  dudo, porque hay una diferencia entre una noticia y un texto literario. Si hago participar en él a personas que tienen su nombre y su vida privada, los convierto en personajes sin preguntarles nada. La noticia, en cambio, puede nombrarlos; primero porque una noticia es pública, tanto como el cargo de intendente, que además está regido por la obligación de la publicidad de los actos oficiales. Pero un texto literario no es un acto oficial. En cambio la noticia es la forma misma de aquella obligación y su consecuencia no es otra que la llamada realidad, construida enteramente por ellas como los ladrillos construyen una pared.
La noticia decía que el hermano del intendente de una localidad del Chubut murió arrastrado por su caballo mientras se dirigía a un campo vecino. Luego se extendía en detalles; y tanto que la locutora trastabilló cuando  leía. Porque supongo que la leía y al hacerlo se encontró con un texto más largo de lo que el formato noticia prescribe. Supongo que no había sido ella quién la redactó. Suposiciones que confirmé más tarde cuando me encontré con la noticia escrita el mismo día en uno de los dos diarios locales. También supongo que el redactor de la noticia se debe haber dejado influir por lo literario del asunto y se extendió más de la cuenta.


Decía entonces que el hermano del intendente de una localidad del norte del Chubut había muerto arrastrado por su caballo ¡durante diez kilómetros! Me llamó la atención que fuera su caballo. Contrariaba el lugar común del animal fiel que sabe cómo llegar a casa, incluso llevar a su dueño en las peores condiciones. En el breve tiempo que duró el párrafo, recordé mi experiencia en un campo en donde me prestaron un caballo para dar una vuelta. Era un caballo viejo que había hecho el mismo recorrido durante años. Pese a mi empeño no pude desviarlo ni un milímetro del trazado que tenía escrito en los músculos. En vano lo apuraba dándole pequeños golpes en su abdomen. Nada. Simplemente se quedaba quieto con la vista fija en el horizonte. Pero en cuanto le soltaba la rienda el caballo seguía fielmente su recorrido. Tal vez la fidelidad fuera mayor al mapa que llevaba escrito que al jinete que lo montaba. Me asombró el modo en que respetaba una traza minuciosa. Sabía dónde doblar, dónde encarar un alambrado por un montículo o bajar del camino para evitar un guardaganado. ¿Qué haría ese caballo si enloqueciera? ¿Correría desaforado sin saltearse ningún atajo, ningún montículo, reproduciendo enloquecido la rígida memoria que lo conducía?
La idea de la locura del caballo ya estaba en la noticia, que mencionaba una “enloquecida carrera” de diez kilómetros. Durante ese lapso arrastró a su jinete: el señor Cómo. Aunque al apellido lo leí en la edición que mencionaba el diario, voy a  cambiarlo para respetar ese borde  que permite que lo que fue publico retorne a sus fueros. El apellido del señor Cómo no hace más que agregar más elementos a la sospecha de que noticia y realidad están siendo fundidas en una sola sustancia. El aspecto literario de esta noticia no es sino un efecto secundario de esa unión. No sé si se me hice entender: estoy diciendo que  lo que entendíamos por realidad (y de la que  nos informaban los diarios o las radios) está siendo convertida paulatinamente en noticia. Y no es lo mismo una noticia que una realidad, ¿o sí? Diría que, de ahora en más, los locutores serán los encargados de relatar las alternativas del mundo que nos toca.  Y entonces se podrá hablar con justicia de realismo.


¿Y el Sr. Cómo? Al parecer iba en alpargatas, este detalle llamó la atención del redactor de la noticia, pero lo consignó sin mayor precisión. El otro detalle es que no llevaba puestos los estribos regulares (sé que es obvio recordar la frase “perdió los estribos”, pero no quiero que se pierda ningún detalle de este hecho)  Fue hallado con la soga que los reemplazaba rodeándole  uno de los pies, mientras que la otra pierna estaba suelta (habrán oído la expresión “durmió a pierna suelta”. Ven que no exagero.) Fue en esas condiciones que el caballo lo arrastró diez kilómetros mientras la cabeza golpeaba contra el suelo (la noticia agregaba aquí unos adjetivos que no voy a repetir. Aunque sostenga  que toda la realidad está siendo convertida en noticia, aún están en vigencia algunas recomendaciones sobre el uso de adjetivos) ¿Qué fue lo que pasó? La noticia supone un percance, más bien una descompensación, que hizo que perdiera el sostén en su montura y cayera del caballo, pero con una de las piernas atrapada en el improvisado estribo. De lo que no dice nada la noticia es del enloquecimiento del caballo. ¿Qué lo azuzó de esa manera y hasta tal punto que lo lanzó a la carrera que le costara la vida a su dueño? Allí se asoma algo más gravoso todavía. Y es que ese hecho habilita a pensar que, a ese nivel, es decir: ese en el que las vidas de las personas responderían, de ahora en más, a un guión oscuro del que tendríamos, como evidencia, una noticia propalada en una radio o un diario de pueblo. A ese nivel, decía, quedarían suspendidos los cuidados propios del hombre. Lo que llamábamos hasta no hace mucho, instinto de conservación. Tal vez toda la alharaca sobre la seguridad no sea más que la contracara de esa conversión.
No quiero ser pesimista, pero, el último detalle que menciona la noticia, y que, cualquiera de ustedes puede verificar con sólo consultar la edición del catorce de julio del dos mil quince, de uno de los dos diarios locales, es que el señor Cómo se dirigía a una estancia vecina. ¿Saben cómo se llamaba esa estancia…? El Sacrificio, así se llamaba y todavía se sigue llamando.
Hasta ahora nos conformábamos pensando que la vida imitaba al arte, pero tal vez haya que considerar que, de ahora en más, toda la literatura será de denuncia. 

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