lunes, 31 de agosto de 2015

REALISMOS

Hay ocasiones en las que es posible asistir a la revelación del papel que cumple la ficción en nuestras vidas. Es un momento privilegiado, que suele causar en nosotros una mezcla de estupor y curiosidad. Estamos tan acostumbrados a creernos dueños de nuestras acciones que, cuando se nos revela la trama que secretamente nos guía, parece que accediéramos a una dimensión extraña, paralela a la tonta realidad cargada de obviedades. Pero ambas, realidad y revelación, son dos caras de la misma moneda, no hay una sin la otra.
Este relato es casi una narración testimonial, en tanto la historia que voy a relatar me sucedió efectivamente hace unos días, nada más. Y tal vez escribirla me ayude a conjurar el efecto que dejó en mi ánimo. La obviedad viene de la mano de un taxi. Uno que tomamos, mi mujer y yo, en un viaje reciente. Es común pensar en los taxistas como personajes característicos de la ciudad. Ellos cultivan una especie de realismo desencantado pero siempre actual. Tal vez sea su relación con los incontables pasajeros que transportan, lo que los anoticia, casi al instante, de la verdadera esencia de la realidad. Y sin embargo, suele ocurrir que esa revelación que esperamos de ellos, no sea más que otra obviedad de las muchas que confirman el peso de los días.
Pero vayamos al relato. No habíamos recorrido más que unas calles cuando el taxista, un hombre de unos cincuenta años, con una notoria obesidad que contrastaba con el reducido habitáculo del coche; pelo de un color dudoso, pero cuidadosamente peinado con jopo y una raya al costado, comenzó a contarnos un hecho que le había sucedido hace poco. Y nos introdujo al relato con una frase ambigua:
- “A algunos, antes de bajarlos de un avión, habría que hacerles un examen psiquiátrico”
Puesto que la razón por la que estábamos en el taxi era habernos bajado de un avión, la frase nos incluía. El también se dio cuenta del alcance de la frase y antes de que pudiéramos reaccionar nos introdujo al sucedido que quería contar.
           
¡”No sabés!

La frase, pronunciada en singular, parecía dirigida a mí, pero no podíamos saberlo, y además, estaba dicha en un tono de confianza que tenía consecuencias: si la aceptaba, mi mujer quedaba excluida y si no, generaba un desaire a quién le habíamos confiado el viaje por las calles de Buenos Aires. De todos modos y antes de que yo dijera nada el continuó con su relato.

- “¡En veinticinco años que tengo de tachero (nombre popular de los taxistas en Buenos Aires) no me había sucedido nada igual. ¡No sabés!”

La frase volvía a ubicarme como un oyente a quién nada de lo que ha vivido hasta entonces le alcanzaría para contener el asombro que promete su relato. Podría decirse que este hombre tenía asumido ese papel de viviente experimentado, y un poco oscuro, que suele atribuírsele a los taxistas.

- “En al aeropuerto subió un “flaco” (nombre coloquial que designa a una persona joven, pero anónima) y me pidió que lo llevara al Abasto (antiguo mercado concentrador devenido un popular centro de compras, un “shopping center”). Pero el tránsito estaba muy cargado y nos embocamos (argot: embotellamiento) en Coronel Díaz.  Ahí están arreglando las calles y está todo cortado. En un momento el “flaco” mira el reloj del coche y me empieza a

gritar: - ¡Chorro, chorro! ¡Me estás robando!, ¡Este viaje no sale más de cincuenta pesos! ¡Yo no te voy a pagar eso que dice ahí!
Yo le dije: - ¿Qué culpa tengo yo del tránsito? ¿Cómo que no me vas a pagar? Eso no se puede hacer. ¿Qué decís? Pero nada, el “flaco” seguía: - ¡Te voy a cagar a patadas, chorro de mierda! (argot: “cagar a patadas” expresión que designa el acto de golpear a una persona. “Chorro de mierda”,  nombre despectivo dado a los ladrones).

- Yo me controlé, porque me dieron ganas de ponerle una trompada. Pero me dije: - calmate, perdés vos, este tipo se baja y te patea el auto y eso sale mucho más que los cuarenta pesos que no quiere pagarte. Y se ve que recapacité porque me controlé y no le pegué… en el auto…”

No recuerdo ahora todas las palabrotas que dijo, pero lo que contaba estaba plagado de expresiones coloquiales del argot porteño y daba por sentado que yo conocía su uso. Uso que conocía, efectivamente; pero una cosa es que a medida que la confianza lo permite, vaya uno relajando las formas, y otra, muy distinta, es que, sin decir agua va, se reciba un chorro de palabrotas que nos obliga a compartir ese regocijo extraño que transpiraba el cuento del taxista.
                       
- “¡¿Y la mina que iba con él?! (argot: mujer en general, pero más específicamente su uso se reserva para ciertas ocasiones, por ejemplo, si lleva los hijos consigo puede que no se use). ¡Bah!, sería la mujer…, que se yo; pero era una boluda (argot: palabra polisémica, a veces de uso despreciativo y otras de admiración. En este caso su uso alude una condición diferente, pero relacionada, a la de tonta) ¡En vez de calmarlo le prendía más leña al fuego!”.

Me llamó la atención la pequeña variación de la frase. Solemos decir: echó…más leña al fuego. Pero se ve que esa pequeña demora gramatical - ya que una vez echados los leños hay que esperar a que se enciendan - le resultaba fastidiosa y entonces, a los fines de la oscura urgencia de su relato, la mujer ya los echaba prendidos. Podría decirse que es un detalle menor que no merece tanto análisis. Es cierto. Tal vez sea una especie de defensa, un dique ante aquel relato que nos vino de improviso y la dudosa intención de su narrador. Pero volvamos a nuestro citadino narrador y sus intenciones.

- “¡No sabés como se puso! Golpeaba el asiento y seguía gritando que no me iba a pagar más de cincuenta pesos. - ¡Pero no, “flaco”, no podés hacer algo así! Le decía yo. Tengo las cosas en orden. Tengo el reloj bien, porque si fuera alguien que lo tiene “perreado” lo deja ir (argot: forma de adulterar el artefacto que registra el recorrido y calcula el precio). Mirá que se va a poner a discutir. Pero yo no. Yo tengo todo al día. Y a mí no me vas a ganar”

Esa última expresión da la pauta del tono del relato, porque el “a mí no me vas a ganar” se refiere a su interlocutor en el relato, pero como a la vez es también la última frase del actual, no puedo saber si se dirige “al flaco” o a mí, y tampoco me permite saber cómo reaccionar. Por las dudas, ni mi mujer ni yo respondimos a aquel hombre, hasta ese momento, claro. Y él siguió.

- “Le dije: - vamos a buscar un policía. Vamos a una comisaría, que me revisen el reloj y me hagan un peritaje. Yo con eso te hago un juicio y te lo gano. Pero “el flaco” se puso peor, me agarró el freno de mano y yo le dije: - no, no, eso no, acá está todo bien, calmate. Pero lo que quería era pegarle, pero no podía pegarle ahí. Yo le tiro una mano así, (y hace el gesto de un mandoble de revés que detuvo justo antes de golpear con el asiento delantero) y lo lastimo, Pero por ahí también lastimo a la minita (ver observación anterior para “mina”, es similar pero con una carga más despectiva) Yo soy un tipo tranquilo hasta que me encuentran…”

Entonces adelantó una respuesta a la intriga que parecía surgir de esta última frase, porque se ve que este hombre no toleraba él mismo el suspenso que quería darle a su relato, suspenso que, una vez aplicado, se convierte en una regla que él mismo debe cumplir.

“Y no me quedé con las ganas, no, no, lo cagué bien a patadas (ver nota más arriba) para que aprenda. ¡Ese!, ese no toma más un taxi”.

Mi mujer, tratando de volver las cosas a algún cauce, le dijo que ya empezaban a darle miedo las cosas que contaba. Abrigaba la esperanza de que, ese comentario, le devolviera al taxista los efectos de su relato y lo sacara del clima de sugestión en el que estaba envuelto. Pero no, al contrario, parece haberlo tomado como una muestra de incredulidad.

- “¡Pero no, no vaya a creer, a mi no me pasó nunca. El tipo se puso como loco. Me tocó el freno de mano”

Al parecer esta pieza del auto era un nervio muy sensible de esa forma extendida de su cuerpo que, a esta altura, había adquirido el auto.
           
-“¡Acá el que rompe paga!”

Dijo, enunciando una ley que regiría en el reducido territorio de la cabina. Luego de agotar todas las variantes del relato, en el que retomó varias veces el descontrol de “el flaco”, su extravío, y su incapacidad para escuchar razones, emitió una especie de diagnóstico:
           

- “Para mí que estaba drogado”.

Pero se ve que no lo conformó, o pensó que así le otorgaba alguna forma de indulgencia porque inmediatamente lo cambió por otro:
                       
-“Era cagón el flaco (argot: miedoso, cobarde), porque me pidió que lo llevara a una parrilla donde seguro que lo conocían, se ve que iba seguido, y era un cliente bueno, capaz que hasta era amigo del parrillero y esperaba que lo defienda. Cuando llegamos ahí se puso más bravo y empezó a sacudir el asiento y me repetía que no me iba a pagar un carajo, que yo era un chorro. – Pero si soy un chorro, como decís, vamos a buscar una comisaría. Nos bajamos y les explicás. Busquemos un policía. Pero no, no había ninguno. Parece que se habían esfumado. Mirá que yo ando mucho por la calle y no hay  lugar donde no veas un cana caminando, pero acá, ¡magia viejo, ni uno, era una zona liberada!
Yo seguía con ganas de pegarle, pero ahí no podía, salía perdiendo. Por ahí le pegaba a la minita y entonces seguro que sí aparecía la cana (argot: policía urbana) Al final el tipo me estira los cincuenta y me dice que los agarre porque no me va a pagar más, pero yo le insistía que fuéramos a una comisaría. Yo no quería ir por la mía y llevarlos de prepo (argot: a la fuerza) mirá si la minita se tira, o el flaco saca un fierro o algo y me la pone (argot: fierro, nombre de un arma de puño). Al final le agarré los cincuenta y el flaco se bajó, pero puteandome (argot: insultándome). Yo me quedé ahí, mirándolo un rato largo y el flaco se quedó quieto, no iba a ningún lado. Por eso digo que era cagón. Sabía que lo iba a ir a buscar en cuanto se fuera de al lado del parrillero. Se quedó ahí con la valija y la minita. Pero yo no me quedé con las ganas. No, salí despacito y me metí en contramano. Ojalá hubiera aparecido un patrullero para decirle porqué estaba en contramano. Los otros coches me puteaban (ver nota más arriba) pero que iba a hacer, yo no me podía quedar con las ganas. Escondí el coche atrás de un camión estacionado y esperé un ratito. Volví a salir en contramano y entonces lo vi al flaco que se iba con la valija y la minita. Vi donde paraba y que la minita buscaba la llave. Estacioné el auto y cuando la minita ya había entrado, le puse tres trompadas y el flaco cayó al piso.

Ahí se interrumpió el relato y por un instante flotó un silencio; el primero desde que habíamos subido al auto. Notablemente consternados por el destino del “flaco” del que no dijo ni una palabra. ¿Se levanto después de los golpes? ¿Él lo vio o se fue antes? ¿Nos llevaba un asesino?
 No sé que esperaba él en ese punto; no creo que un aplauso, aunque el esfuerzo narrativo lo dejó en suspenso. Y de haber compartido nosotros alguna de sus creencias muy probablemente lo hubiéramos felicitado con un: ¡muy bien, así se hace! Como fuera, en ese punto la situación volvía a su cauce, que nunca fue otro que el de una conversación ocasional con el chofer de un taxi. Pero claro, una conversación implica que los participantes puedan decir lo suyo, cosa que no ocurrió en este caso. Por el contrario, el marco de la conversación fue cambiado con el sólo recurso dramático de introducir una frase ambigua. Después de eso quedamos en el lugar de un espectador teatral, al que sólo le queda seguir las alternativas del relato, identificarse con los personajes en juego y experimentar con ellos sus emociones. Claro que en este caso eso era difícil: o nos abandonábamos a la efusión gozosa del taxista y su concepción reivindicativa o pensábamos que “el flaco” seguramente tenía razón y los taxistas son todos sospechosos de aprovecharse, por lo menos. Si así era, este hombre usaba un recurso muy sofisticado para distraernos.
Sin embargo el silencio no duró mucho, ni nos cedió el turno. Volvió a enumerar los perjuicios que le hubiera ocasionado golpear a ese hombre en su propio auto. La enumeración era prolija (consecuencias penales, daños en el coche, presentaciones ante algún juzgado con las consecuentes pérdidas de tiempo, dejar el auto sin trabajar para cumplir con las pericias etc.) Entonces advertí que entre todas las consecuencias, faltaba una, y me dejé llevar por las emociones de aquel relato violento. Advertí que este hombre, con su edad y su evidente mal disimulada mala intención le pregunté:

- ¿Y no se le ocurrió que podría darle un infarto, o un accidente vascular? Y me respondió: - ¿A mí, no, a mí, no me va a dar nada, yo soy muy responsable, voy al cardiólogo y tengo todo en regla, cuido la presión y acá - porque acá uno se encuentra con cada pasajero y hay que vivirlo - yo acá no me hago problemas.

No hubo final, o mejor, el final fue el haber llegado a destino, perplejos, incrédulos, pero aliviados. El último comentario si bien nos dejó una inquietud, nos dio la noticia de que “el flaco” seguía vivo.

- Les conté a mis compañeros  de la parada del aeropuerto. Y ellos me dijeron: - ¡Escrachalo! ¡Marcalo en la cola y ese no sube más a un taxi! ¡Derecho de admisión, viejo!  (escrache: procedimiento de escarnio público de algún personaje. Se lo usa cuando se cree que no hay más justicia que la mano propia).

           








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