domingo, 17 de noviembre de 2013

SEGUNDA RESPUESTA DE MARTÍN KOHAN



Estimado José Luis: le agradezco la posibilidad de este intercambio, que valoro y respeto independientemente de los otros ámbitos en los que puedo encontrar o he encontrado de hecho otros interlocutores para debatir estas cuestiones. Por eso esta respuesta, que no expresa otra cosa que el interés que su texto ha despertado en mí.
No minimizo el poder que el mercado tiene, pero tampoco lo creo omnipotente y definitivo. Creo en la posibilidad de repolitizar aquello que eventualmente el mercado despolitiza (lo creo incluso una necesidad). El tipo de análisis que me propongo precisa materiales narrativos concretos y a eso recurro, sin dejar de enfatizar y cuestionar (de hecho así lo planteo en mi texto) la vacancia de la palabra pendiente en el ámbito judicial. Me valgo y me apropio por eso de aquello que considero puede ser útil para una lectura política, aunque la intención de su enunciación y la intención de su publicación puedan haber sido muy otras. De ese hablamos, en última instancia, cuando hablamos de lucha de discursos.
La duplicación que usted señala en mi texto aparece allí justamente para ser cuestionada (los adjetivos que usted mismo cita: "habitual", "previsible" y "cómoda" no indican sino ese cuestionamiento). No hablo de adversarios simétricos ni hablo en términos de bipolaridades. Y no lo hago porque me propongo justamente cuestionar cualquier teoría de los dos demonios.
Lo que usted señala es inobjetable: hubo terrorismo de Estado y hubo una represión brutal, cuyos efectos tal como usted dice podemos palpar todavía. Mi texto no ignora eso, no soy tan estúpido. Pero tampoco tengo nada que decir al respecto que no haya ya sido dicho con abundancia y con justeza, y mucho menos a los interlocutores que suponía iba a tener en el Congreso de Literatura en Comodoro Rivadavia.
Mi lectura apuntaba a otra cosa, que no invalida lo que usted señala. Esa otra cosa tampoco es original (no hago sino retomar los trabajos de Juan Carlos Marín, Inés Izaguirre, Pablo Bonavena, Flabián Nievas), pero pensé (y de hecho sucedió, lo demuestra este intercambio) que podía estimular un debate de interés.
La memoria del terrorismo de Estado, indispensable e insustituible, no impide interrogar otra memoria: la memoria de la lucha armada. Caso contrario, la historia concreta de esa lucha se estaría diluyendo en cierto olvido. Me pregunto por qué supone usted que traer eso a colación implicaría restablecer una teoría de los dos demonios si, como digo, no hay en mi texto ni una sola palabra que exprese una condena a esa lucha revolucionaria (es más, si usted se fija, hay palabras que expresan lo contrario de una condena).
Me pregunto si usted no presupone esa doble condena en mi texto, donde en verdad no está, porque lo concreto es que usted la presupone no ya en mi texto, sino en general. Es decir que presupone que una memoria reivindicativa sólo puede y debe concentrarse en la feroz represión del terrorismo de Estado, pasando por alto una memoria de la lucha armada; porque traerla a colación no puede sino motivar una condena -y con esa condena, los dos demonios.
Pero esa condena corre en todo caso por su cuenta, José Luis, no me la endilgue a mí, porque yo no la he hecho. En todo caso la teoría de los dos demonios acecha su lectura, y no la mía.
En lo que a mí respecta, aprecio este intercambio y acepto el darlo por cerrado si es esa su voluntad. Agradezco el respeto de este diálogo y el concederme la posibilidad de que este texto que aquí le envío aparezca en su blog. Sólo me resta lamentar que no haya estado usted presente en aquella bochornosa tarde del Congreso, podríamos haber entablado este diálogo allí y las cosas habrían ido mejor.
Le mando un abrazo,
Martín





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