sábado, 18 de agosto de 2012


EL VALOR DEL ARTE


En una ocasión anterior ya había tomado como eje la cuestión del valor del arte*. Fue a propósito de la queja, frecuente entre los artistas, de que no se los valora. Me pregunté entonces, cual era el valor en juego y traté de pensarlo como un efecto de la contradicción entre lo universal del arte y las “necesidades” locales. Entre un arte universal que marchó hacia una progresiva desmaterialización y las necesidades locales, más pendientes de un arte de la presencia, por llamarle de algún modo. Esa contradicción era acentuada por las discordancias temporales, derivadas de que, la expansión capitalista, no se da de modo homogéneo, ni en todos lados, ni en todos los planos.
Es posible todavía mantener esa perspectiva, ya que por muy universales que sean las premisas del arte, su aplicación es siempre local. Esto quiere decir que quién las aplica es un artista concreto con sus condiciones personales y temporales. Pero también que, quién recibe sus producciones, lo hace en circunstancias determinadas.
El valor del que hablamos es el viejo valor de la creatura, o sea el valor de lo creado, incluyendo el de las propias personas. Valor que se generó en el momento en que cayó la referencia divina como origen de la creación. Hasta entonces lo creado era lo creado por Dios y su valor era deducido de esta circunstancia. El mundo y las personas eran la prueba de su amor y su grandeza y en consecuencia, valiosas. Esa referencia, sagrada y mítica, cayó, dando comienzo al período moderno, cuyo origen fue la pérdida del valor de la revelación como fundamento del saber. Desde entonces el conocimiento del mundo quedó a cargo de la ciencia, que reemplazó a la fe en la búsqueda de la verdad. En ese mismo acto, nació el sujeto moderno, que al no encontrar las referencias de su valor en su condición de creatura, debió buscarlas por si mismo. Su valor individual, la autonomía de su juicio, su libertad para decidir la dirección de su vida, pasaron a fundarse en un valor intrínseco que, si bien se asegura en la comunidad que lo contiene, debe ser reconfirmado en cada acto que emprende. Ello deja en suspenso el reconocimiento de ese valor, que es drenado continuamente al futuro. Ni siquiera en las obras cerradas o en las vidas concluidas ese valor queda asegurado, ya que, y en tanto sean capaces de dialogar con las generaciones futuras, su valor se abre a nuevas evaluaciones.
El arte tenía un lugar preciso en este sistema. Era el encargado de velar por el valor de ese sujeto, centro de todo el asunto, pero cuya “naturaleza” era incierta. En efecto, en todos los planos donde ese sujeto debía encontrar su consistencia, se encontraba al contrario con su inconsistencia. Ya fuese en el plano del saber, donde debía esperar las perfecciones del futuro (y mientras tanto aguardar que lo hecho no tuviera efectos dañinos sobre lo ya creado). O en el plano moral, donde su valor quedaba suspendido de la próxima acción y lo hecho contaba menos que lo que quedaba por hacer; en todos esos campos le salen al cruce los signos de la insuficiencia de sus recursos.
Las instituciones con las que esperó estabilizar su precariedad terminaron mostrando las miserias que lo constituían. Y además debía “civilizarse” a si mismo para dominar la naturaleza animal que lo habitaba.
En el centro de ese sujeto se encontraba todo aquello de lo que quería alejarse, ese pecado de origen que ahora tenía a su cargo y debía elevar a la dignidad de la condición divina perdida. El mito de Ícaro lo ilustra perfectamente.
Sin embargo, la mayor amenaza a la condición que anhelaba, estaba dada por una de sus creaciones mas preciadas: el mercado. De todas las instituciones que supo darse, esa fue la que no dejó de expandirse e imponer sus condiciones a todo lo creado.  Condiciones que no eran muchas: que lo creado pudiera convertirse en una mercancía y recibiera un valor entendido como precio. Esas dos condiciones permitían el intercambio y la circulación de lo creado. Además, como resultado de ese movimiento, quedaba una ganancia que podía ser acumulada como fuente de riqueza. El asunto era que las personas entraban también en esas premisas, y quedaban reducidas a la condición de mercancías valoradas con un precio. Valor alejado de lo excelso y lo sublime que vendría  a reemplazar la condición divina perdida. Por otra parte, lo acumulado despertaba feroces apetitos de apropiación, especialmente tratándose del prójimo mismo, rebajado entonces a fuerza de trabajo y servicio.
El arte fue uno de los encargados de resolver las contradicciones del valor, y lo hizo sustrayendo a la masa de objetos creados una porción de ellos, que fueron considerados excelsos: las llamadas obras de arte. Unos objetos de mérito diverso cuya eficacia cubría con belleza, esa naturaleza pecaminosa y en verdad inconsistente.
Se entiende entonces que fuera la pintura quién tuviera a su cargo esa tarea, ya que ponía en el centro de su labor, a un autor investido de genio, en lucha directa con la sustancia de su arte y consiguiendo para la raza humana las imágenes del mundo. Lo repito: un mundo concebido primordialmente en imágenes. Hay una larga historia, que no es posible reproducir en este escrito, acerca del modo en que las imágenes se constituyeron en la representación dominante del mundo. Y la historia de la pintura moderna refleja las alternativas del ascenso y caída de ese sujeto al centro de una creación realizada por él mismo.
Y aquí ya es posible introducir el problema del que quiero ocuparme porque nos toca muy de cerca. Es que ese sujeto moderno y sus instituciones, no han dejado de expandirse a todo el orbe. Desde sus comienzos, ha ido en todas direcciones llevando consigo eso que describía en los párrafos anteriores: sus ansias de apropiación, sus pasiones violentas y fundamentalmente sus instituciones: el mercado en primer lugar. Y el arte, claro, que es lo que nos convoca, y su valor del que nos ocupamos.
El asunto es que ese movimiento de expansión no termina de consumarse y las modalidades culturales, incluidas las del arte, siguen llegando. Se da entonces una tensión entre ellas y su aplicación local. Con mucha frecuencia se repite la tragedia fundante de occidente. Y en cada pueblito, en una tarde cualquiera de la dirección de cultura local, un héroe modernizador trae su tesoro: una novedad. Y casi inmediatamente le sale al cruce la figura defensora de la tradición. De lo que, a partir de ese momento se ha de llamar: “lo nuestro”. Ambas figuras quedan constituidas en el mismo acto. Novedad y tradición. Los historiadores disputarán luego si tal o cual hecho demuestra la inscripción primera de uno u otro valor. Y esto sigue ocurriendo mucho tiempo después de que esta polémica ya haya agotado los espíritus proclives al debate.
Por lo general el novedoso tiene gustos refinados, a menudo ha cultivado en el silencio de su cuarto alguna de las lecturas mas elevadas de occidente, y conocido sus figuras y epopeyas, tanto como para querer imitarlas. Tal vez dedicó tiempo a su formación, tal vez fuera simple imitación de un rasgo prestigioso. Como sea ha producido algo novedoso…para esa comunidad. Que la toma, porque las comunidades quieren verse reflejadas en el espejo modernista y los artistas han sabido hacerlo. Pero suele complicarse. En principio la novedad va en contra de alguna de las modalidades del gusto ya establecidas y entonces se producen roces. Para peor, la novedad exige que se depongan las modalidades pre - existentes del gusto, y eso suele entenderse como un cierto menoscabo, especialmente en las comunidades chicas, donde es bueno darse a ver como alguien que cultiva sus gustos. El resultado es una contradicción, como decían los marxistas de antaño.
Este ya es un eje concreto del valor del arte. El valor que se acumula a título de gusto y de la renovación de dicho gusto. Y no es una cuestión de paladares solamente. Para nada, por ejemplo: el gusto o disgusto que nos despierta un funcionario se rige por los mismos parámetros que permiten degustar una obra de arte. Y hay quienes cultivan patillas al estilo tradicional o camperas de carpincho, cuando no un lenguaje objetivo y despasionado propio de las burocracias eficientes. Y también gestos resistentes. La famosa resistencia que no quisiera dejar pasar, habida cuenta del valor que tiene, tanto entre las izquierdas impolutas como entre los que gustan de los diversos barros populares.
El problema es que de todas las instituciones, el mercado ha terminado imponiendo sus valores: tanto tienes tanto vales, es una vieja manera de decirlo. Antes era una impostura de vecinos, ahora es diseño y marketing personal. Y estos valores van en aumento, tanto como para que la vieja máquina del valor que aportaba el arte esté cayendo en desuso. Lo afirmo con cierta precaución. No estoy seguro de que sea así. Porque quisiera que no fuera así. Pero si así fuera, habría que ver que hacemos con esa máquina, y que uso podemos darle.
Ya podemos anotar varios ejes en los cuales inscribir los valores que se valoran: el de la novedad (la vieja vanguardia). El de su opuesto, la tradición, con su énfasis en lo nuestro. La eficiencia de lo dado, que por lo general es lo que mejor se vende. Y su opuesto, la resistencia, que tanto resiste que a veces se confunde con todos ellos, incluidos, y en no pocas ocasiones, con los mercaderes.
Es una vieja polémica, alta y baja cultura, eficiencia y esencia, mercado y elite y muchas otras más. Todas responden a necesidades concretas. Tanto de las comunidades que reciben esas producciones como de los “hacedores” como se les dice para sortear la palabra artista que despierta valores encontrados. Sea la famosa identidad, o la renovación de los lenguajes, o la diversión, o el regocijo íntimo, o la celebración de la fuerza, o la oposición a todos ellos. Son los campos donde vamos a ver aparecer esa fuerza llamada valor y de la que el arte fue una de sus fábricas. No sabemos si lo es todavía. A veces estoy casi seguro de que ha sido reemplazado por los autodenominados medios de comunicación  (de los que no he dicho una palabra). Si así fuera, que Dios y la Patria nos perdonen.

*”EL VALOR DEL ARTE” Seminario dictado en el Taller de Arte de Rada Tilly durante el año 2009.
http://joseluistunon.blogspot.com.ar/search/label/SEMINARIO%20%22EL%20VALOR%20DEL%20ARTE%22




1 comentario:

  1. Excelente conferencia!!! espero que se repita en RGL!!!Un abrazo!! G.Rodríguez.

    ResponderEliminar