sábado, 2 de junio de 2012

LAS FORMAS DE LA CULTURA PRODUCCIÓN / APROPIACIÓN



LAS FORMAS DE LA CULTURA

PRODUCCIÓN / APROPIACIÓN


"Individuo" Piedra tallada y abandonada. 70 x 100 cm
- ¡Ah! ¡Mirá vos! Que los tiró a los gringos ¿no? Juna gran siete. Navegar tanto ¿no?

Empiezo diciendo que lo que entendemos por cultura es un proceso en el que se trazan las distinciones con las que vamos aprehendiendo lo que, después, llamamos mundo. El ajeno y el nuestro. El aspecto que va adquiriendo, el sentido que le atribuimos, las relaciones que establecemos con él y su estabilización: ya sea institucional o política. Todo ello mediante distinciones y huellas, en cuya trama se supone que, cada cual, se va encontrando con los lugares asignados, disponibles, denegados o rechazados y la consideración colectiva que resulta de ello. ¡Ah! Y la movilidad social, claro.
Y no fuerzo demasiado las cosas si reduzco todas esas distinciones a la categoría de formas. Formas eficaces para decirlo en términos de Lévi-Strauss. Y puede llevarse esto lejos, hasta considerar, por ejemplo, a la nación misma, como una de esas formas, y su sistema de formas de gobierno. O la educación formal que distribuye las competencias necesarias para moverse en ese mundo de formas. Y podría seguir con las formas de la familia, del amor, el comercio y, y…etc. Ellas se nos adelantan, tanto cuando se nos imponen, como cuando se van disolviendo y ya no nos forman como antes. (Y sin contar a los que presumen de ser resistentes a cualquier forma, y hacen de ello una forma como cualquier otra)
"Aguada" Figura modelada y abandonada. 70 x 100 cm
Es una reducción, sin duda. Que me sirve para intentar introducir la siguiente pregunta: ¿Que fuerzas mueven a las personas a ir al encuentro con esas formas? ¿Ya sea con pasión o rechazo, con miedo, curiosidad, muchas veces con culpa y otras con rebeldía o también, pasiva y resignadamente?
Lo voy a decir de un viaje, para estar acorde con los gringos: esa fuerza está hecha (cuando podemos reconocerla ) de una mezcla de ganas: de ser, de tener, amalgamada con ambición y orgullo que impulsa a la apropiación de esas formas. Esa fuerza se estimula con el halo seductor que reverbera sobre las cosas y les atribuye una sustancia. El tipo de sustancia cambia según las épocas: a veces es el oro, otras el hierro, el petróleo, la cocaína y más recientemente el humo de los asientos financieros. Pero también las sustancias mas etéreas, como la luz de la pureza (de las utopías o de la raza, lo mismo da) la transparencia del diamante spinetiano y  los casilleros de las membresías. ¡Ah! Y sorprende por su constancia en el tiempo, la carne.
Pero el movimiento que impulsa a la apropiación no suele regirse por el sentido común, y lo que guía la atracción o el rechazo de esas formas conserva una cuota de misterio y de franca contradicción con aquel sentido. Tendencia que desvela a los comerciantes de formas que procuran capturarla para sus fines.
Podemos utilizar de ejemplo algo que pareciera estar muy lejos de este ensayo sobre las formas de la cultura, me refiero a la masiva apropiación de tierras en Comodoro Rivadavia. Es claro que la tierra es una necesidad básica. Y tomarla como tal es imprescindible para quienes tienen que encontrar una salida al asunto. Pero, también puede tomarse por otro lado, uno que muestre como, la apropiación ha sido la forma determinante del poblamiento en nuestra región. Y cómo aquí, la condición formal de propietario - condición de alta consideración social en otras regiones - capaz de aportar la apetecida marca de pertenencia ligada al linaje y la tradición: esa condición de propietario aquí, lleva la marca de una especie de precariedad, cuando no de franca sospecha. Que ¡paradójicamente! estimula más las ansias de apropiación.
- ¡¿Qué?! ¿Y me va a decir que no es cierto? Si acá prefieren pagar una camioneta carísima - pero igual a la del patrón - antes que pagar una casa. ¡Total se meten en un terreno y después que los vayan a sacar!
(Así discurren los arregladores de mundo cuando se reunen en el Café De Los Angelitos, a tratar a las casas y las camionetas, como formas, antes que como objetos)
Podemos considerar otro caso que está en las antípodas de este, se trata de una discusión habitual en el ámbito de la gestión de cultura (1). En algún momento se entiende que hace falta propiciar la producción de formas ligadas al arte o el folclore, etc. Se entiende que hay una declinación de esas formas tradicionales ligadas a una apropiación intima, como la lectura, o la pintura, en detrimento de otras, propias del mercado, que no sufren de ningún decaimiento, hay que decirlo.
Cuando se trata de estimular la producción cultural no se presentan  problemas, ahí el sistema de subsidios, becas, premios etc. suele dar algún resultado, pero, cuando se trata de considerar la recepción de tales producciones, aparece un problema que disgusta a los “hacedores” como se les llama. Y es que lo que producen no parece despertar arrebatos de apropiación, por parte de las comunidades a quienes supuestamente les están dedicadas. Entonces se le reclama al estado que haga más esfuerzos para acercar las producciones a quienes las querrían, disimulando el hecho de que, esas producciones necesitan de un esfuerzo para despertar el ansia de apropiación. Si comparamos esa apetencia con la que despierta cualquier producto de la tecnología, más o menos reciente, diría que es casi humillante para quien se dedica a alguna de las belartes.
La novedad podría explicarlo, como lo afirmaba Baudelaire hace ya mucho tiempo, pero la novedad es la cara más externa de un fenómeno más profundo.

Inscripción en un derrame de petróleo
Volvamos a las formas y a su apropiación. Partimos de aquella reducción de la cultura a un sistema de formas eficaces. Y lo eficaz no es otra cosa que esa distinción que la forma traza en un campo previo - primordial - si quieren, en el que sería difícil decir que es lo que había antes de que la forma trazara su distinción. En su momento, Lacan utilizó el concepto de primacía del significante, para designar ese proceso. Tradicionalmente se atribuía al significado esa capacidad de despertar las ansias de apropiarse de él. Sea una propiedad, un título nobiliario o universitario o un bien cualquiera, cuya tenencia evocaba un significado valorable despertando los apetitos por poseerlo.
Pero luego de Faucault, Barthes, y el mismo Boudrillard con su sistema de los objetos, quedó en evidencia el relieve de un sistema formal, cuya asunción - o imposición - determina las relaciones, jerarquías y valores de una cultura. Y ese sistema formal es exterior a los significados consolidados que conocemos como tradición. Esto es mucho más visible en una cultura con poca tradición como la nuestra, donde, las formas tradicionales que comenzaban a consolidarse, flotan entre los fragmentos de las tradiciones caídas, las reconstrucciones, las formas emergentes, las precarias, las adoptadas para la lucha y la resistencia. Y las que no faltan nunca: las aparentes, las propias del disimulo y la bajeza del perfil
Pero el asunto es más profundo. Porque de todas las formas en juego, hay una que es primordial. El eje de nuestra cultura y de nuestros afanes. Y por ello, la medida de todas las demás formas: su matriz. Esa forma original, preciada y a la vez inasible, es la propia forma de las personas. ¡Imaginen a esta forma como un bien del que haya que apropiarse!
- ¡Ah, noo! ¡De ninguna manera! ¡Las personas tenemos un valor trascendente, que no depende de ninguna contingencia! ¡Un valor sagrado si se quiere, pero no hace falta ninguna forma para sostener ese valor - sin el cual - la vida humana no tendría ningún sentido! ¡¿Me oyó?!
Sí, sí, lo oí, pero no se ve mucha gente conforme con eso. Es más, si funcionara así no habría conflicto político alguno. Habría una institución más o menos religiosa que anotara y guardara el valor de cada cual. Que, justamente por su carácter mas o menos sagrado, no podría valorarse. O sea: no tendría precio. Pero eso era en otros tiempos.
-¿Y que tiene que ver el precio con la forma? ¡Ve! ¡Usted mezcla todo y después se queja cuando lo acusan de barroco!¡Barroco y formalista!
"Mojones" Toma directa.
Esa es la pregunta del millón. Pero ocurre que, esa permanente desviación entre lo que se ofrece como atractivo y lo que atrae, es la fuente del valor. Ya dije antes que los comerciantes de las formas pagarían, y de hecho lo hacen, fortunas si consiguieran estabilizar esa fuente sin que perdiera su propiedad. ¿Se entiende la contradicción? Para que siga drenando valor, es necesario que no se estabilice, si se estabiliza pierde su condición de generar valor. Piensen en cualquier objeto muy valorado del comercio de formas, Una vez que ese objeto ha consumado el valor que portaba, se vuelve obsoleto y se hace necesario renovarlo. Su precio decae, salvo que pueda pasar a la categoría de los objetos de colección.
 El problema se genera cuando se trata de la propia forma de las personas. Y es que la forma que asume la propia persona, capaz de despertar afanes de apropiación aún para quien la soporta (lo que conocemos con el nombre elegante de autoestima) corre la misma suerte que las otras en el mercado de las formas y termina teniendo un precio.
¿Bueno? ¿Y que hay con que tenga un precio?
(Acá los arregladores de mundo se ponen serios, porque una cosa es arreglar el mundo y otra, muy distinta, arreglar un precio)
Ocurre que, si ese precio se estabiliza, mata el anhelo de apropiarse. Tanto tienes tanto vales. Y ahí se acabó todo.
- ¡Ah, entendí!: Si se cuanto vales, cuanto tengo que tener para pagarte, ya no te deseo. Y pensándolo bien, no me parece que sea muy deseable que tengas un precio, porque tal vez yo también lo tenga para ti. Entonces, ¿Qué valgo de verdad?
Así es. Los mismos norteamericanos que tienen una alta estima por la producción de formas valiosas (y sus precios) pagan por este afán de apropiarse de la propia persona, un precio importante: son el único país que tiene epidemias de personalidades múltiples. Y es que, algo tan exquisitamente ambiguo como la experiencia subjetiva (consideren el gusto y los disgustos, el amor y los deseos) no encajan muy bien en los formas rígidas de las personalidades. Entonces tienen que ampliar el número de modelos disponibles y aparecen personas con dos, tres o más.
O sea: valemos por lo que nos falta y lo que nos falta nos enciende la ambición de ir por lo que nos falta. Vieja paradoja que funda el mítico aburrimiento de los ricos y sus dudas sobre el amor. Y también las paradojas de la acción social, que, en su afán de satisfacer convierten a las personas en objetos de necesidad, pero por otro camino.
Para ir concretando la forma de este trabajo. La propia persona no es otra cosa que el collage, más o menos logrado, de las formas con las que me he ido aprehendiendo. Las que me complacen y las que me disgustan. Las que conozco y las que me determinan, aún sin conocerlas. Cuando intento apropiarme de esas formas para asegurarme de que soy quien creo que soy, me encuentro con la inestabilidad y la inconsistencia de las mismas: pánico. O no soy quien creo o lo que tengo no me sirve.
Entonces: ahí, donde me falta, valgo. Y al revés, donde lo que creo que soy, me desdibuja, donde ninguna de las formas que adquirí o me encajaron, me sirve, ahí, se me impone la creencia central de Occidente - la base de la sociedad - como quien dice. Esa creencia es simple y reza así: si me falta a mí, es que lo tiene otro.
- ¡¿Qué vamos a esperar?! ¡Vamos ya a buscar lo que es nuestro! ¡Ahora!
- ¡No! Mejor esperemos y seamos civilizados.
Y ahí vamos.

José Luis Tuñón
Artista, Psicoanalista


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