jueves, 19 de mayo de 2011

MURAL 1


TE LLEVO SOBRE MI PIEL*

Ahora amainó un poco y no me piden tantos murales, bah…ahora se los piden a los chicos del hip-hop, ellos tienen una especie de “extensión” al mural, ya que, tratándose de un arte callejero, las paredes son su ámbito natural. Es un fenómeno muy interesante y que, por otra parte, ha dado en Comodoro una cantidad de pinturas, algunas muy buenas.

En alguna época el mural era otra cosa. Se trataba de una forma de arte de las llamadas populares, convertida en una vía de expresión para la gente. Claro que lo que se entendía por gente, no era lo mismo que entienden los chicos del hip-hop. O sí, no se. Pero en aquel momento, y como una derivación de la tradición colectiva del mural, la gente era un universal. O sea: en él cabían los asuntos de “la gente” entendidos en su dimensión colectiva. La lucha obrera, por ejemplo. O, la reivindicación de género. No era la reivindicación de nadie, era la reivindicación de una categoría universal. Pensemos en Siqueiros y un mural como La Marcha de la Humanidad. Ahí entrábamos todos, a condición de convertirnos en la humanidad. Las condiciones particulares de cualquiera eran reducidas para ser incorporadas a esa categoría. Entonces uno podía ser representado por un héroe desmesurado de cuatro metros de altura, cuyos rasgos - universales- adquirían esa forma que es mas o menos reconocible en el primer plano, pero a medida que uno se aleja (seguimos en el mural de Siqueiros) se va fundiendo en una masa violácea informe.

En alguna época fui un amante del mural, mi formación fue por ahí, con esa corriente que aunaba los logros formales de los cubistas, a los significados intelectuales del movimiento latinoamericano. Desde entonces me quedó una berretín irreductible: poner en cuestión el “feliz matrimonio del entendimiento humano con la naturaleza de las cosas” (Adorno dice que Bacon decía). O en otros términos, la imposible unión entre forma y contenido.

Pero luego me fui alejando de ese planteo mantuve abierta la brecha entre lo que la obra decía y lo “que quería decir”. Claro que esto no es otra cosa que lo que Rico llamaba la jactancia de los intelectuales. O su forma más cristiana: el examen de conciencia, o la conciencia critica en su versión marxista. O la responsabilidad subjetiva, en su versión psicoanalítica.

En cualquier caso, el resultado era una desconfianza en cualquier forma de arte que procurara exaltar un significado. Que pusiera como objetivo su promoción. Eso era panfletario. El arte no estaba para afirmar como debían ser las cosas. Estaba para ponerlas en duda.

Pero desde que los significados se fueron encogiendo, ponerlos en duda se ha hecho más difícil, ya no es tan seguro que estemos socavando las bases de las categorías universales. Creo, mas bien, que socavamos las bases nomás, y algunas cosas ya no se sostienen.

Para el tiempo en que la forma y el contenido se divorciaron, el mural me resultaba una forma gastada

y mistificante. Nada bueno podía esperarse de él. Ni siquiera la expresión del pueblo, que quedaba reducido a esa masa violácea. Las clases populares preferían otra cosa, mas concreta, por otra parte. Y además yo estaba convencido de que, cualquier cosa que se pintara en un mural quedaba olvidada a la semana siguiente. Con la tranquilidad de conciencia de quien lo encargaba. Por eso rechacé hacer algunos y otros los redefiní. Por ejemplo, hace ya unos años La Casa, el programa de género de la municipalidad, quería un mural para una fecha conmemorativa. Y yo razoné, que, si había algo que relacionaba la pintura y la violencia contra las mujeres, eso era el hematoma. Hecho de pigmentos, que iban cambiando con el paso de los días, hasta el color “normal”. Y la mas de las veces, cubiertos de pintura para que no se noten. Entonces les propuse que en vez de un mural, pintáramos hematomas. Y en el centro de cada uno de ellos una palabra, una que nacía de la violencia misma, o de la queja, o del insulto (alguien me dijo que aquello era la labor de un psicópata) La propuesta incluía que las personas que llevaran el hematoma pintado, lo hicieran durante un tiempo suficiente para ver las reacciones que causaba. Esas reacciones eran luego comentadas con el equipo de trabajo. Fue una muy buena experiencia. Subí las fotos para que las vieran.

Desde aquella época, ya hace mucho, mas de diez años, hice otras experien - cias que incluían el muro, Portarre -

tratos, por ejemplo, o el mural del Cup, o el primer mural del Centro Evita y luego el segundo. Pero eso lo voy a contar en otra ocasión.


*Esta experiencia fue realizada ya hace varios años pero aún funciona

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