domingo, 22 de mayo de 2011

MURAL 2


LA SENCILLEZ

En una entrada anterior conté que había realizado otras experiencias de mural; aunque, en realidad, si bien tienen ese nombre en común, por referirse al muro, al publico, no al del un museo, hay entre ellas cosas tan diversas como lo que llamé Portarretratos, o el mural “propiamente dicho” que hice con los chicos de la promoción 2005 del CUP; experiencias a las que puedo referirme en otro momento. Ahora quiero contar de dos murales que hice con la comunidad del Centro de Promoción Barrial Evita. El primero al cumplirse, creo que los diez años de la institución y el otro a los veinticinco años. Toda una oportunidad de medir un proceso, una evolución, una época incluso.

Del primero me acuerdo poco, y no quedó más registro que algunas fotos dispersas. El recuerdo borroso debe estar relacionado con la época que vivíamos. Estábamos en plena década del noventa, entraban a raudales las corrientes del cambio neoliberal. Todo olía a cuento del tío. Había una discrepancia marcada entre las trasformaciones de fondo que estaban ocurriendo y la vida cotidiana. Transformaciones que tocaban la base de las instituciones mas consolidadas, como el estado. Se nos aturdía con propaganda privada que afirmaba la condición inexorable del cambio, a riesgo de quedar afuera de la historia. Y para peor, la historia ya había terminado.

Como en todas las épocas convulsas el cambio podía medirse en las conversiones que se operaban en las personas. Conversiones en el sentido más fuerte, esas que convierten a un tibio en un convencido. Al clima de estafa y delación que flotaba por todos lados, se sumaba la amenaza de ser incluido en la lista obscena de las victimas propiciatorias del ajuste. He tenido oportunidad de conversar íntimamente con personas que ocupaban cargos de responsabilidad gerencial, obligados a probar su lealtad despidiendo cien personas sin derrumbarse. El resultado fue un gran número de quebrados morales.

Del mural de esa época recuerdo poco, me atraía la posibilidad de trabajar con una comunidad especifica. Y aunque no me gustaba la idea del mural me reuní con los padres de los niños que concurrían al lugar. Oficié de “traductor a imágenes” de lo que esos padres querían expresar. Todo ello a contrapelo de mis mas convencionales convicciones. El resultado fue una imagen mistificante que tenía en su centro un tobogán, unas enormes manos surgidas de un caserío “latinoamericano” entregaban un niño a ese tobogán. Otro ya se deslizaba riendo por la pendiente, mientras tanto, unos padres miraban relajados desde un costado. Bien mirado era la imagen de la época. Todo esto lo cuento ahora pero en aquel momento no lo tenía así de claro. Me conformaba poniendo el énfasis en la participación de los padres, y en su voluntad, a la que sometía mi potestad de artista (viejo precepto que dice que la voluntad del pueblo nos traerá la verdad)

Ya no recuerdo bien, pero creo que sobrevolaba la posibilidad de que la institución fuera privatizada y, además ya habían adelantados que vislumbraron que la política se haría, de ahí en mas, en los medios de comunicación.

Tampoco recuerdo cuando se terminó de pintar aquel mural, que quedó por mucho tiempo en estado de dibujo. Supongo que en oportunidad de otro aniversario, pero sirvió a modo de reparación, y mi borrosa memoria me adelanta algún recuerdo bastante mas grato.

Pero aún así me disgustaba aquella imagen surgida de los ideales de los padres, precisamente porque aquellos ideales estaban siendo rematados en esos días; ideales, que, como siempre, no aciertan a hacer otra cosa que reproducir sus idealizaciones o caer en la inacción.

¿Pero, y porque accedió a hacerla?

No se, supongo que a título de la famosa “resistencia del arte”, esa esperanza nitzcheana que atribuye al arte un papel fundamental en la economía simbólica de la cultura. Y si bien contaba con otras herramientas, cedí al pedido para no aparecer como el contreras que complica las cosas en vez de hacer “simplemente” lo que se le pide.

Aquella imagen quedó allí en la pared por diez años más, y aunque se fue deteriorando, fueron suficientes para que pasara a formar parte de la historia del lugar. Años después una mujer - niña entonces - me contó lo importante que le pareció haber participado de aquellos días.

En el ínterin pasó de todo, y mis pretensiones de vanguardia fueron cediendo a unos anhelos de sencillez. Cuando llegó la segunda propuesta había menos distancia entre lo que se me pedía y “mi obra” (con tantas comillas no hay historia que aguante). Propuse entonces hacer un trabajo con la memoria del lugar, un trabajo sencillo que aprovechara la cantidad de fotografías que se estaban reuniendo para aquella ocasión. Además, en alguna reunión con miembros de la institución y de la comunidad, a medida que ellos recordaban yo tomaba notas, frases que iba escuchando y que formarían parte del mural. Eso era lo sencillo: unas imágenes cotidianas y unas frases, que, en su condición de fragmentos, dieran cuenta de los años vividos. Y eso era su potencia: la potencia de lo sencillo. Advierto: mi no me resulta sencillo adoptar posiciones sencillas. Durante años, por el contrario, encontré en el barroco el modo de resistencia a la demanda de comunicación clara, que todavía hoy estoy seguro, desemboca en la imbecilidad. Piensen en uno de esos vendedores exitosos que han hecho varios talleres de comunicación asertiva y que ha aprendido a trasmitir sus emociones claramente y que cultiva una sonrisa franca en julio como en enero. Me estoy justificando, es cierto.










Anoto algunas de aquellas frases:

“Pasamos momentos durísimos: vos estás, vos no.”

“Un día le pregunté a un nene que tenía la cara tostada:

¿tomaste sol?

No, tomé café con leche.”

“¡Lo que sufrimos cuando nos querían privatizar!

No se si no desaparecíamos en aquella época.”

“Esa canción del cuerpo no, seño, esa la trabajamos ayer.”

“Nos pusieron unos guardapolvos nuevos y nos decían las batarazas.”

“¿Mi primera palabra? Mima

¿Y quién me engorda? Teie

¿Y con el corazón mas grande? María”

“¡Hasta que Martín pudo soltar su cuerpecito y aceptar el contacto!”

Y podría seguir así hasta terminar el cuaderno, o continuar con lo que deben estar contando ahora.

Del viejo mural quedaba poco, la piedad de unos obreros municipales cubrió su mayor parte de cemento al reparar las grietas de una pared sin vocación de eternidad. Aún así accedí a reconstruirlo. Aunque más no fuera por su valor histórico.

Quizás sea mejor dejar acá y mirar las fotos.

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