lunes, 7 de febrero de 2011

LA EXTRAVIADA

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LA EXTRAVIADA


Me extravié. No supe cuando pero en algún momento dejé de referir estas caminatas al arte y se convirtieron en otra cosa. ¿Relatos? ¿Testimonios? No sabría decirlo. La frontera entre una cosa y otra es muy laxa. El asunto es que, insensiblemente, me fui olvidando de que el arte es otra cosa que un relato.

El arte se refiere a un acto, uno en el que se promete precisamente…arte. Si ocurre o no, ya es otra cosa, porque está claro que un artista puede fallar, como cualquiera. ¿Y que queda cuando falla un artista? Una pintura a secas, una figura parecida, igual incluso, o mas recientemente un jueguito de ingenio. A veces tan anunciado como esos chistes que se ven venir de lejos. En cambio cuando hay arte, sea lo que sea, la obra se mantiene abierta a la consideración de su público por algún tiempo. Crea su público. Si bien algunas obras se extinguen pronto, otras duran muchísimo más, incluso de algunas se llega a afirmar su inmortalidad. Aunque siempre queda flotando la sospecha de que su valor de arte haya sido reemplazado por otro, por ejemplo: un valor histórico o documental. Duchamp, que era poco afecto a los sentimentalismos, aunque su amor por el arte estuviese fuera de toda duda, afirmaba que en los museos hay solo fósiles de obras de arte.

Es difícil no darle la razón, pero también contradecirlo. Voy frecuentemente al Museo Nacional a ver las mismas obras: El Malón, El Despertar de La Criada, la gallina de Eguía, El Picasso, y algunas otras. La emoción se ha ido apaciguando paulatinamente y a veces se parece más a un viejo ritual, un poco resentido después de tanto macaneo en nombre del arte. Sin embargo vuelvo ahí a constatar que aún es posible. Aunque, en realidad se oculta que - fue - posible.

En esa caminata por alrededor de las obras, sucede que algunas se han extinguido, porque creo que ofrecían novedad solamente. Pero otras, contrariamente, han crecido en su valor al perder la novedad que las envolvía. Por ejemplo, los colchones de Minujín, que ya no están tan limpios, se los ve un poco raídos y más verdaderos ahora, y me parecen un acierto.

Una obra de Tapies que me llenaba de gozo se ha ido apagando. Esa superficie que antes condensaba la materia, el signo y el color en una sola operación, colmaba todos mis anhelos. Ahora que me he desprendido de la urgencia por apoyarme en el paisaje, los signos son algo mucho más precisos y estudiados que unos gestos trazados al calor de la “expresión”. Y el color, veleidoso, pero obediente a la historia, determina que esa tierra no tenga ahora el poder de entonces. Los cuerpos de esta época no necesitan referencias a la madre, sea tierra o carne, basta con pulsar alguna tecla y una cámara con suficiente resolución.

¿Pero de que me quejo? (parece que era una queja) ¿presentar el relato de unas caminatas en el lugar de una obra de arte, no era parte de este movimiento? Si, debo admitirlo. Pero en mi defensa, puedo decir que creía, y aún creo, que romper con las prescripciones tradicionales nos trajo una libertad y una profundidad que no veía, entonces, en aquellos que suponía capaces de hacer arte. Ellos se empeñaban en defender unas prescripciones técnicas y de principio, pero aún cumpliendo esas prescripciones, no lo obtenían. En cambio cuando vi esas planchas de cobre y manganeso de André, solo apoyadas sobre el piso, sentí la energía de esas materias y su reunión con una forma, sin los ambages, ni las distracciones del la expresión. O esos montones de grasa que Beuys ponía a desgrasar en una silla de pendiente ineludible, aludiendo así a la imposible acumulación capitalista de energía. O…esa extraordinaria obra de Gonzalo Díaz, que instaló en el comedor de la vieja prisión de Ushuaia, en la primera edición de la Bienal del Fin del Mundo. Allí, a medida que se avanzaba en ese recinto ominoso, podían leerse en las paredes unas palabras escritas en neón. El color era indecidible: una especie de rosa pálido o naranja desleído, parecido al del agua con que se lava la carne y que daba la impresión de apagarse en cualquier momento. Las palabras no parecían articularse entre ellas: sincope, marasmo, desmayo y otras que no recuerdo. A medida que el comedor se acercaba al antiguo baño, los olores agrios del orín, aún presente después de cien años, se mezclaban con el color del neón. A esa altura se imponía una conclusión: la serie de palabras aludía a los diversos modos en que puede darse la suspensión de un sujeto. De las súbitas, como el sincope, a las lentas y dramáticas como el marasmo. No era la muerte, no, era el apagamiento progresivo de la condición humana.

Pero bueno, no vi más que una vez uno de los trajes de fieltro de Beuys en la fundación Klem, pero es más la excepción que la regla, digo, porque de no haber decidido Klem gastar su fortuna en arte, no la hubiera visto de otro modo.

Lo que no puede decirse es que no haya caminado en nombre del arte. Claro que pensaba que esas caminatas eran su alimento, pero no su acto. Lo preparaban, juntaba incitaciones, brotes de entusiasmo ante una textura, una idea, una sustancia adivinada, para luego volcarlas en otra cosa. Ese acto extraño, a veces banal de tan repetido, otras temido por inasible, en el cual se produce algo que no es posible determinar. Diría: algo que se desprende de cierta combinación, como una receta de cocina: los ingredientes pueden ser los mismos, incluso el procedimiento, pero el resultado es completamente distinto. El amor al arte lo produce, de eso no tengo dudas, si entendemos el amor como el estado que permite tolerar la incertidumbre.

Tal vez deba volver. Quizás unas pequeñas bolas, de arcilla esta vez, abandonadas convenientemente marquen mi retorno.

El texto pertenece a la serie Caminatas.

Fotografías:

"Asentamiento" figura modelada y abandonada. Registro fotográfico. 70 x 100 cm.

"Colofón" figura modelada y abandonada. Registro fotográfico. 70 x 100 cm.

"La Llegada" figura modelada y abandonada. Registro fotográfico. 70 x 100 cm.

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