domingo, 7 de noviembre de 2010

EL VALOR DEL ARTE

SEMINARIO EL VALOR DEL ARTE

ULTIMO ENCUENTRO

Y se va la última, como dice el cantor cuando no se calla. Hay que concluir y no solo los encuentros sino lo que les da razón: ¿Qué valor se le pide al arte? Digámoslo ya: Es un valor raro que nunca encuentra su medida. Un valor del que podría decirse que no vale nada. ¿Pero como? ¿Si cada tanto se venden unos cuadros de unos tipos a precios excepcionales? Eso mismo: excepcionales. Subrayan la excepción, que es lo que se sale del valor común, capaz de ser reducido a una medida común. Esas cifras que rozan lo gratuito, nunca se sabe en que se apoyan. A veces parece que fuera la calidad de la obra, otras, la trayectoria del artista o su genialidad, pero no son sino los datos necesarios para que esa operación no caiga en el absurdo más absoluto. Para evitarlo se erige ese aparato de valorar del que hablamos al comienzo del seminario. Aparato hecho de museos, galerías, críticos y curadores que mantienen el valor de las obras, con muestras antológicas, descubrimientos, relecturas, u homenajes a los clásicos. Así se arma esa certeza en el valor que llamamos historia del arte.

Últimamente el arte ha ido a buscar sus fundamentos en los fragmentos abandonados de algún universo simbólico. Ruinas de un pasado más o menos olvidado. Piensen en la Gioconda de Duchamp con sus bigotes, o en cualquiera de los artistas que han seguido su ejemplo y encontraron el valor de sus obras en lo que la sociedad tiraba al tacho. Lo excepcional no se busca ahora en el oficio, o en la superación de los límites simbólicos de la disciplina, se busca en las basuras que caen de la mesa social, subrayando el carácter gratuito de lo que allí se consume.

Así se busca sostener ese valor paradójico que tiene como función impedir que su valor sea fijado, manteniendo abierta su dimensión. De otro modo todo el sistema del valor quedaría fijo colapsando los intercambios que se apoyan en él. Es decir, casi todos. El comercio se apoyaría solo en la noción de mantenimiento y reemplazararíamos las cosas cuando ya no cumplan con las funciones - utilitarias - para las que fueron creadas. Tal vez los viejos estarían chochos. Los demás, que se apoyan en la función de la novedad como valor, estarían furiosos y decepcionados. Un sentimiento de inmovilidad ganaría las calles y habría que redefinir las metas, el progreso, las misiones y hasta la misma noción de cambio que se apoya por entero en la dicotomía viejo/nuevo.

Pero no sería la inmovilidad de la tradición. En esta también se podría decir que las cosas se conservan en su durabilidad. Y si bien es posible encontrar en sus producciones esa sensación de inmovilidad que imaginábamos en el párrafo anterior, en la tradición el valor queda fijado de antemano a un corpus de relatos míticos, que hablan de un origen en el que se dice como ese valor fue establecido; nos queda a nosotros conservarlo como tal. Nuestro propio valor se deriva de esta misión.

Para no perdernos. En nuestra cultura la noción de valor es central, la misma noción de valor es propia de nuestra cultura, y aplicarla a otras nos ha llevado a extravíos mas o menos violentos. El valor se aplica a los productos de la cultura o a quienes vivimos en su influencia. Y no siempre van juntas. Hay personas muy valiosas que no producen nada y hay producciones muy valiosas hechas por personas que no son consideradas valiosas. Y sin ánimo de incursionar en nociones harto estudiadas por los economistas, es interesante señalar las paradojas de la noción de valor. Paradojas que nacen cuando se intenta fijarlo. Si se lo estabiliza en cualquiera de las variables que pueden hacerlo: el uso, el cuidado o el trabajo que cuesta, se producen contradicciones con su intercambio. Para cambiar un bien es necesario desprenderse de él, y obtener otros bienes que resulten apetecibles. ¿Y por que alguien querría desprenderse de un bien que aprecia mucho, o que aún le resulta útil? Respuesta: porque hay otro que le gusta más. El gusto es la categoría que se opone al uso, que es una dimensión que puede generalizarse o al aprecio, que es una variable subjetiva, propia de cada cual. Y sobre el gusto, como se dice, no hay nada escrito. No puede fijarse nada. Se desliza en una dirección que en otros tiempos abría el arte. Hoy son los llamados medios masivos de comunicación. Subrayando los dos términos: masivos y comunicación. En lo masivo se abren brechas al gusto, espontáneas, brutales incluso. Y la comunicación las revela y comunica. Ahí vigila ese género periodístico que se alimenta de la miseria y de la apetencia por la miseria.

Por aquí llegamos a una de las impases del siglo XX y que alimentan la queja que estudiamos. La polémica entre el arte que procuraba refinar el gusto, poniendo a salvo su valor y el arte que buscaba el suyo propagándose a la mayor cantidad de gentes.

Y no es la única impasse, hay otras tan fundantes como esta. La que buscó establecer el valor recortándolo como el gusto propio de la nación. Y para ello promocionó un arte que enfatizara los valores que convenían a ese gusto. La identidad por ejemplo, y los valores que esperaban la constituyeran. Pero, y por aca sigue la paradoja, para ello se debió recurrir a formas que no eran nacionales, eran universales, aunque una nación era considerada valiosa solo si podía constituirse con ellos. Paradoja: lo universal y lo local, uno de los ejes que hemos recorrido en estos encuentros.

Y mas: por ejemplo, la que procura definir ese valor nacional como cultura, es decir: como gusto culto, a la vez que distingue lo inculto. Ese valor nacional y culto se opone a lo nacional inculto. La barbarie Sarmientina. Barbarie recuperada luego como valor popular, por los populismos, que no necesitaron de los artistas cultos para definir sus gustos.

Y sobre todo esto el mercado que gira en su interminable recambio llevado de las narices del gusto, un gusto modelado de maneras absolutamente diversas. Porque una vez rotas las formas mayores del gusto, este se dispersó en un proceso demencial donde las formas se reemplazan unas a otras en todas direcciones. De lo refinado a lo vulgar, de lo exclusivo a lo masivo, de lo intimo a lo publico, de púdico a lo obsceno, de lo honesto a lo corrompido. Cualquiera de estas variables puede ser combinada en la formula del gusto que busca desesperadamente mantener abierto ese valor paradójico.

El arte ya no alcanza para conducir este proceso, ni el nacional, ni el local, ni siquiera el universal que, ante la pulsión desatada, es insuficiente. Los mismos medios masivos de la dudosa comunicación, son capaces de mantener abierta la curiosidad y la apetencia. Solemos prender el televisor esperando la próxima burrada que será puesta en cámara por el inescrupuloso de turno. Y luego no se, tal vez, el regreso a los gustos pastoriles, como anhelan los milenarios. O al medioevo incomunicado, como pronostican los apocalípticos. Un mercado universal estabilizado por una democracia liberal - también universal - ya es muy difícil de creer. Especialmente por los que buscan la renovación del gusto por las armas y los narcóticos, para quienes el valor es un asunto resuelto.

¡¿Pero que c…tiene esto que ver con el valor del arte?! Tiene, tiene, porque recuerdo que la queja decía que nadie valoraba nada (pueden ver el número 371 de la revista Ñ, en la sección de cartas de lector hay una trascripción literal de la queja) y que el papel del arte y del artista esta vacilante. Y es cierto. Pese a las cifras de los museos. Pero no es pesimismo, es solo revisión de su papel. Su potencial se mantiene. Sea en el espectáculo, donde aún el arte es capaz de convocar muchedumbres, o en el ámbito de lo íntimo, o de lo comunitario, o de lo familiar, o de lo que sea. El papel del arte, y su valor están siendo redefinidos. Y no es que esté mal ni bien, ocurre, y cuanto primero lo aceptemos, mas fácil nos resultará el cambio.

Ahora podemos decir que, el valor del arte está en la potencia que tiene para abrir la cuestión del valor. Impide su cierre, lo que le da ese carácter de resistencia que algunos valoran. Y abre la reflexión sobre lo valorado y lo rechazado. A la vez que pone en superficie los modos en que lo hacemos. Revela las coartadas y los prejuicios con se ocultan los gustos, especialmente los tan difundidos gustos por gozar del prójimo. Y Uds. podrían seguir agregando virtudes a la lista. Como ven, mi juicio acerca del arte no era pesimista. Al contrario, sigo buscando su valor convencido de que lo tiene.

José Luis Tuñón

Las imágenes corresponden a la obra: "VOLVER EN SI" compuesta por dos paños de lona de 150cm por 60 cm. pintadas con esmalte negro. Año 2008

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