domingo, 12 de septiembre de 2010

SEMINARIO EL VALOR DEL ARTE


APUNTES QUINTO ENCUENTRO

Este es el anteúltimo encuentro de este Seminario. Procuraremos alcanzar algunas respuestas a las preguntas que nos han guiado. Mientras tanto repasemos. Constatamos un malestar: la queja acerca de la falta de valoración. ¿Y quien valora?, un aparato de valorar: instituciones diversas y el mercado en su alianza con los medios de comunicación.

De ese valor se duda, ya que la desmaterialización de la obra, que apunta a vaciar su lugar, requiere de un traductor que finge que sus traducciones son para todos. Ese aparato termina valorando lo que lo sostiene como aparato: sus propios códigos.

Pero no alcanza, pese a todo, el arte, sea lo que sea lo que entendamos por él, reclama su lugar. Los artistas también reclaman el suyo. Pero no basta. Para tener un lugar en ese valor es necesario que sucedan algunas cosas.

En primer lugar, el arte, tal como lo conocemos, es una institución de occidente, y su aparición en diferentes lugares depende de los ritmos de la expansión de este último.

Segundo: el arte occidental es una manipulación de determinadas formas que son capaces de despertar, en quienes las reciben, diversas sensaciones de complacencia, rechazo, indiferencia, furia etc., que van acompañadas de un saber acerca de la relación entre, quien las recibe y la cultura donde se producen esas formas.

En tercer lugar: la expansión de occidente consiste en la implantación de unas formas que modelan el comercio, el gobierno de las ciudades, aún la forma misma de las ciudades y la subjetividad de quienes las habitan. A esto hay que agregarle un empuje a la renovación de esas mismas formas que hace que, no terminen de instalarse y ya son valoradas negativamente por anticuadas.

La valoración del comienzo se hace entonces en el eje de la novedad y el cambio, en puja con las formas tradicionales que sostienen la identidad de cada lugar.

Occidente se expande de dos modos: uno al que vamos a llamar sincrónico, en el cual las formas que se expanden, aparecen mas o menos simultáneamente en varios puntos del orbe y en relativamente poco tiempo.

El otro modo es opuesto, sus formas caminan en el tiempo y, luego de instaladas, tejen vínculos singulares con las diferentes culturas locales. Este proceso requiere de tiempo y sus resultados son azarosos, a veces enriquecen la cultura que las produce y otras, por el contrario, les causa daño. Aunque las mas de las veces se dan las dos cosas juntas.

El aparato de valorar tiende a aprobar aquellos productos que enfatizan la novedad, valor por excelencia de occidente. La valoración positiva se mide como audacia, renovación, amor por lo nuevo, éxito y desden por lo que podría retardar este proceso. Las tradiciones en primer lugar, con sus lealtades y emociones firmemente arraigadas a sus propios valores.

Hay que subrayar que esta renovación de las formas, no compete exclusivamente al arte, este en realidad es uno de sus artífices, pero las formas alcanzan, por ejemplo, a las – formas – de gobierno, de comercio, de justicia, a las formas del orden y, en consecuencia de la trasgresión y el desorden. Y fundamentalmente a la satisfacción que deben rendir.

De aquí que, el arte haya tendido a la desmaterialización de la obra, ya que de ese modo disuelve toda tradición guardada en ella como memoria. Lo efímero, como valor positivo, tiende a disolver estas memorias.

Pero ocurre algo interesante: el proceso se llena de contradicciones. Por ejemplo, quien adquiere una obra quieren que dure, y si es efímera no cumple con una de las condiciones del mercado para con el arte: que conserve su valor. Los aparatos de valorar empiezan a exportar talleres y seminarios de conservación. Pongan en google las palabras arte y conservación y verán de lo que estoy hablando.

Otra contradicción aparece cuado, el empuje hegemónico tiende a imponer las mismas formas en todos los lugares. De este modo el proceso se estereotipa y pierde interés. Si ya no interesa no produce renovación, que recordemos, es el valor positivo por excelencia, entonces se buscan otras formas por fuera de las hegemónicas.

En occidente los procesos de renovación fueron siempre locales y luego se expandieron. La Viena de Schönberg, Freud y Wittgenstein; la Praga de Kafka; el Dublín de Joyce; el Milán de los futuristas; Dada en Zúrich; el Berlín de Brecha y la Bauhaus; el París del cubismo y el surrealismo; pero también el San Pablo de Oswald de Andrade, el Buenos Aires de Borges, el México de Rivera, Siqueiros y Kahlo. Se podrá argüir que son todas grandes ciudades y, en consecuencia, ya formadas en los modos de occidente. Es relativo. En todas ellas había segmentos muy acordes a las modas de occidente y otras más ancladas en las tradiciones. Los procesos no son lineales, mas bien responden a un modelo de flujos, reflujos y mezclas.

Y otro dato interesante: esas formas, tomadas localmente, se prestan a ello porque, en su pretensión universal, se tornan compatibles con muchos de los procesos locales que encuentran en ellas un vehículo excepcional. La historia de la cultura esta llena de ejemplos: el reggae jamaiquino, la bossa brasilera, y casi todos los ritmos de inspiración folclórica que se tornaron universales. El mismo muralismo mexicano y su traducción en nuestro país, donde Berni lo hace jugar un papel muy diferente. El barroco americano y tantos otros ejemplos. Sin contar los que en este mismo momento estarían despertándose.

Entonces se trataría de hacer del defecto virtud. Y cualesquiera que sean las formas que se tomen para la practica del arte, hay probarlas en su funcionamiento, tanto en el contexto donde fueron tomadas, como en el que van a ser implantadas. La mejor vacuna contra el provincianismo es esta pequeña operación. El provinciano, dicho con todo el malhumor que me causa, toma la forma, pero la presenta desconectada de cualquier otro contexto, en un alarde que recorta su localidad y la hincha de orgullo. Y el malhumor no me lo despierta lo que llamamos arte canónico, oigan a ese cultor de las tradiciones que es Omar Moreno Palacios, y verán con que pasión y claridad explica de donde vienen todas las formas que hicimos nuestras.

Pero claro, ¿que hace que alguien quiera tomar algunas formas, nacidas y criadas o venidas y quedadas, para ponerlas a trabajar en el surco del arte? No está claro, es mas, recuerdan que Ives Bonnefoy le llamaba “la oscura voluntad de hacer obra…” y afirmaba que fue la critica la que renovó la alianza con ella para seguir empujando al arte. Pero por ahí volvemos al casillero número uno: la critica solo se sostiene en las instituciones y el mercado, entonces valora los estereotipos que la confirman en su lugar y por ahí se llega rápidamente al vaciamiento y al macaneo. La esperanza está en encontrar otros apoyos para esa oscura voluntad de hacer obra. Esperemos alcanzar algunas conclusiones.


Los dibujos son tomados del cuaderno de apuntes, miden 15 por 20 cm. aproximadamente, y estan hechos en tinta sobre papel.

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