lunes, 19 de julio de 2010

EL PAÍS DEL TRESBOL




Esta obra fue solicitada por el Museo De Arte "Eduardo Minnicelli" de Rio Gallegos. Consistía en intervenir un objeto cotidiano, en este caso una silla. Luego el conjunto de las sillas intervenidas fue expuesto en las salas del museo y donadas a instituciones educativas. Mi intervención consistió en un texto donde se ficcionaliza la situación. La silla fue intervenida convirtiendola en parte de un juego a descifrar. Aquí se presentan el texto y algunas fotos de la experiencia. Hay un enlace a la página del Museo, que vale la pena visitar.


EL PAÍS DEL TRESBOL

En el país del tresbol no hay número cuatro. Algo sucedió en las cuentas y el cuatro se fue perdiendo con el tiempo. Si le piden a un tresbolense que cuente hasta diez, salteará prolijamente el cuatro. Y no vale la pena insistirle, contarle con los dedos o recurrir a los porotos. No, cuando llegan al cuatro ponen una cara rara, como de vaca y miran perplejos. Nadie sabe como sucedió, y además, nadie podría decir que ocurre, porque si se dieran cuenta, inmediatamente recuperarían el cuatro. Pero no, ni las maestras, ni los matemáticos se chocan nunca con estos problemas. Y si acaso alguna cuenta no les sale, lo explican diciendo que están muy cansados o les duele la cabeza.

Es un país raro, pero no mucho: solo difiere de los otros en que se arreglan sin el cuatro. Por ejemplo: los perros parecen rengos, porque llevan su pata recogida. Los gatos en cambio no se adaptaron y se fueron yendo, no se sabe adonde. Y aunque nadie se acuerda de ellos, cuando son pocos, exclaman: ¡pero si al final somos tres gatos locos!

Andan en triciclo o bicicleta, pero prefieren caminar, ya que los autos son escasos y solo tienen tres ruedas. Por esta razón sus calles tienen un aspecto ruidoso y festivo.


El asunto es que se arreglan bastante bien, pero se confunden un poco cuando tropiezan con el cuatro. Imaginen: si hay cuatro a comer, uno se sienta en las rodillas de otro y comen juntos. Para jugar al tenis, en dobles, uno de ellos corre desesperado de un lado a otro de la cancha, y, por supuesto, gana siempre, pero se siente muy solo.

Las casas tienen ventanas y puertas, pero… triangulares o redondas. Y lo mismo sucede con las camas; alguna vez fueron cuadradas, como las de todo el mundo, pero cuando las usaban, se sentían raros. No sabían por donde subirse o se caían de noche dormidos. Finalmente fueron optando por hacerlas redondas o de otras formas caprichosas (aunque, a lo que ellos llaman capricho es algo diferente) Aún quedan algunas camas cuadradas, pero en desuso y abandonadas en los galpones, que, dicho sea de paso, son hexagonales. Si les preguntan por que dejaron de usarlas, dirán que están viejas. En cambio con lo que nosotros llamamos sillas pasa algo diferente: les llaman trípodes; estos, al no tener más que tres patas, requieren para sentarse cierto esfuerzo de equilibrio, que, cuando falta, manda a alguien al piso. También tienen unas sillas muy raras, de cinco patas, que nadie sabe como usarlas y suelen quedar en los costados de las habitaciones como decoración (creo que le llaman arte)

Los comercios son muy vistosos, y los envases variados y no como los nuestros, que nos aburren con sus innumerables cajas, cajitas y cajones. No, ellos tienen una diversidad parecida a las de los anaqueles de perfumes de las farmacias. Y aunque presumen de ser creativos, no lo atribuyen a no contar con el cuatro.

Las familias son muy numerosas, y es que, para ellos, sería muy engorroso vivir cuatro en una casa, y, como no les gusta sentirse solos, entonces las familias se multiplican, y tanto, que hay algunas en las que ya no saben cuantos viven.

Sus fiestas patrias caen siempre un tres. El tres de mayo, por ejemplo, que celebran la independencia; la historia cuenta que solo tres soldados echaron a patadas a todos los que ocupaban su país, libertándolo para siempre. Por supuesto Tres Alpinos es la canción que más les gusta.

Tienen un gobierno numeroso donde las decisiones se toman por cansancio. Ya que si votaran, correrían el riesgo de encontrarse con el cuatro, discuten durante días y noches sus asuntos hasta que van cayendo rendidos, uno a uno. Finalmente, el que queda en pie, decide. Los otros, por lo demás, ya están muy cansados para oponerse.


Su religión es muy comunitaria, se reúnen de a muchos en recintos donde cantan y rezan oraciones al Dios en el que creen y que es, a la vez, tres y uno. Nada muy diferente a nuestros países.

Pero, en uno de sus lugares sagrados, y muy guardado, hay un objeto maravilloso. Nadie sabe cuanto hace que está ahí. Las leyendas lo atribuyen a un héroe de los orígenes. Mitad Dios y mitad hombre. Este héroe habría usado el objeto para alguna práctica de la que no dejó indicaciones. Los tresbolenses esperan vagamente la llegada de una persona que revele el misterio de este objeto. Incluso una vieja ordenanza dice que, quien lo haga, podrá tomar a su cargo el gobierno, y disolver la asamblea. Y a veces lo piensan con cierto alivio. Primero, porque es mas fácil dejarle a uno solo toda la tarea, y segundo, porque están hartos de las agotadoras discusiones.

El objeto se guarda en una habitación especial, rodeado de otros objetos igualmente misteriosos. Y se lo exhibe junto a los otros artefactos que lo acompañaron en el momento en que se lo encontró. Bah, eso dicen, pero también es probable que solo se hayan ido amontonando y adquiriendo, con el tiempo, un halo de misterio que los tornó sagrados.

Pero el misterio está en pie. Quien lo devele podría convertirse en el próximo mandatario del país del tresbol. Ya lo han intentado muchos. Se acercaron, lo miraron, lo volcaron, y luego, se sentaron en él, probando los objetos que lo acompañaban, para ver si le encontraban alguna función. Toda una literatura se fue creando a su alrededor. Unas veces le adjudicaron las más variadas virtudes, y otras, el temor a lo desconocido les hizo temer calamidades.

Una vez un charlatán que pasaba por el país, consiguió que los tresbolenses se reunieran todos en la plaza (que es redonda por supuesto) prometiendo el milagro que el objeto deparaba. Combinó las piezas y anunció maravillas. El silencio ganó la plaza, no volaban ni tres moscas. Cuando el charlatán se sentó sobre el objeto, todos cayeron postrados al piso. El silencio creció hasta lo insoportable. Después uno, luego otro, fueron levantando la vista y vieron al charlatán sentado en el objeto sagrado. Nada había pasado. Ni catástrofes, ni diluvios de alimentos maravillosos o de dinero (obvio que en el país del tresbol no hay monedas de a cuatro, pero bueno, en nuestros países tampoco) El charlatán se fue poniendo de pié y retrocediendo despacio, como pidiendo disculpas. La multitud se incorporó lentamente, y, hay que decirlo, de una manera amenazante. El charlatán rompió a correr a toda prisa seguido de los tresbolenses que le arrojaban toda una variedad de cosas, incluidos los accesorios del objeto sagrado. Cuando hubieron echado al charlatán volvieron a la plaza y comprobaron el caos que habían dejado. Junto al objeto de culto podían verse ahora: zanahorias, unos platos de chapa, bolas diversas, unas alas como de pájaro, volantes, ruedas y muchas otras cosas en el medio del desorden. El misterio seguía en pie. Los tresbolenses guardaron en sus cajas los accesorios, incluidos los nuevos que le arrojaron al charlatán, que aumentaron así el número de objetos misteriosos.

Y luego intentaron develar el enigma por si mismos. Pusieron al objeto en varias posiciones; en algunas conseguía sostenerse y en otras, se caía. A nadie le parecía adecuada una posición cualquiera. Y sin embargo el objeto se veía simple. Tanto, que parecía imposible no saber para que era.


Finalmente se resolvió nombrar una comisión. Se llamaría: Comisión del Misterio del Objeto Sagrado Que Nadie Sabe Para Que Sirve. Se les otorgó un plazo de tres años para dilucidar la función. Y que se reunieran cada tres semanas. En un libro anotaron prolijamente cada función que se les iba ocurriendo. Hay que decir que imaginación no les faltaba. Uno dijo que servía para una ceremonia en la que los participantes comían a su alrededor, apoyando los platos en la parte más plana del objeto. Fundaba su conclusión en que, junto a él había platos. En su contra se argumentaba que no había cubiertos. Otro dijo que el objeto era un vehículo. Las ruedas que lo acompañaban eran la prueba. El mismo objeto tenía unos orificios en algunos lugares donde encajaban. Para probarlo, puso las ruedas e hizo correr al objeto por la habitación. Todos contuvieron la respiración esperando que ocurriera algún fenómeno extraordinario. Pero no pasó nada. El objeto quedó allí hasta que otro miembro de la comisión afirmó que se trataba de un refugio. Especuló con que el héroe de la historia debió haber sufrido un ataque y se protegió debajo de aquel objeto. El hecho de que tuviera un parecido con un techo lo probaba. Le agregó incuso unas formas curiosas (curiosas para ellos que no podían reconocerlas, pero eran simples cuadraditos de madera) Luego de disponerlos en el borde anunció con gran pompa que se llamaba “castillo”, recibiendo a cambio una rechifla generalizada. Finalmente el presidente de la comisión propuso que aquel objeto era una pieza de un conjunto más basto, del que ya no quedaban otros ejemplares. Y que, puestos uno arriba del otro, podría llegarse con ellos hasta el cielo. Se trataba entonces de un modo de comunicarse con el más allá. Hubo miradas escépticas y, por lo bajo comentarios de que, de ser así, no les sorprendía que el héroe no hubiera dejado instrucciones. Probablemente se hubiera roto la cabeza al caer de aquel engendro.

Todo parecía presuponer que la comisión acabaría del mismo modo que la Asamblea: discutiendo hasta que solo quedara uno en pie. Decidieron que esta vez no seria así. Guardaron todo prolijamente en una caja, incluido el relato que tienes ahora en tus manos y cuya redacción me fue confiada. Y luego lo abandonaron en un depósito del puerto en la esperanza de que fuese encontrado. Esperaban que, cuando alguien lo considerara propicio, invitara a algunas personas, preferentemente niños o jóvenes, a leer atentamente este relato, y luego darse maña para desentrañar las funciones. Si no lo consiguieran, pedían encarecidamente guardar todo hasta una próxima ocasión y abandonar nuevamente el objeto. Alguna vez aparecería alguien que lo hiciera. En la asamblea siempre guardan un trípode en su centro para cuando llegue el que esperan.

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