viernes, 18 de junio de 2010

¿SERÁ POSIBLE SER, DE VERDAD, NUESTROS?


APUNTES SOBRE EL SEGUNDO ENCUENTRO

José Luis Tuñón


Este texto fue redactado a partir de las res-

puestas recibidas luego del segundo en-

cuentro del Seminario sobre el Valor del

Arte. Rada Tilly 2010


Empiezo a recibir algunas respuestas a la verborrea seminarista. Mejor así, temía no recibir ninguna. Fantaseo a veces que a la vejez podré decir solo lo justo, atender con delicadeza a quien me escucha y renunciar a la comprensión universal. Pero, por ahora no me sale. Salen si, torrentes de palabras temerosas de la incertidumbre que portan.

Y entre las respuestas que me llegaron, encontré varias que iluminan algunas ideas aparecidas en el seminario. Por ejemplo, la que dice que occidente se expande de un modo sincrónico, sofocando diferencias culturales, que pasan a convertirse en otra cosa. Si esa otra cosa fuera contada, sería historia, pero casi siempre queda en un estado latente; resistente incluso, ignorante las más. ¿Por qué ignorante? Porque la expansión se funda en una especie de explosión imaginaria, pero eficaz, que mueve a todo el mundo a integrarse a una especie de imagen - a aparentar si quieren – o sea: a imitar como propios unos rasgos, de los que aparecen en esa imagen, y de los que se cree que, teniéndolos, se aseguraría la inclusión en el cuadro. Esa imagen, por otra parte, se postula como la única del mundo. El encandilamiento resultante, pone a todo el mundo bajo el imperio de esa mirada y deja afuera a lo que no entra en la imagen. Por ejemplo, y nada menos que el tiempo. Y es que una imagen no tiene tiempo, aunque pueda deducirse alguno de los signos que porta. Una imagen presentada a la vista, es presente. Si se trata de una foto, una clase especial de imágenes, ese tiempo evocado es el pasado. Hay dos ensayos muy transitados sobre esto, uno de Susan Sontag y otro de Benjamín*.

Entonces, la expansión occidental se realiza como una transformación de los rasgos con los que, una cultura, se figura su mundo. Convierte las formas, cambiando las tradicionales por otras, que son altamente valorizadas como actuales. Ese valor además urge, pulsa, se instala fuertemente en el corazón de las pasiones y desde ahí empuja el anhelo de formar parte del cuadro. En otro tiempo hubiéramos dicho: ser modernos. Y ese SER, era entendido como la asimilación de las formas nuevas hasta ya no distinguirlas, hasta “naturalizarlas” diría. De ahí que el proceso se experimente como fuertemente estetizado. Y sincrónico, porque arrastra con él las propiedades sincrónicas de la imagen.

¿Y que queda afuera? Ya lo dije: el tiempo. ¿Pero de que tiempo se trata? ¿El de una transformación “mas nuestra”? ¿Una transformación independiente, que no aceptara las presiones que pugnan por un progreso que no es el “nuestro”? Me parece que nos metemos en un berenjenal.

¿Qué comunidad podría levantar hoy, como propio, algún nuestro, lo suficientemente amplio como para englobar a las demás? ¿La Nación? ¿La grey católica? ¿Los verdaderos americanos? ¿Lo que llamábamos pueblo? Todas estas categorías tienen, seguramente, numerosas personas identificadas a sus premisas, incluso efectivamente constituidas por ellas. Pero ninguna ha podido hacer mucho frente a un occidente pulsando por una transformación. Recuerden la última, la que aún sufrimos. Empezó con Reagan y la Tacher que declararon al mundo administrable y se erigieron en los profetas del cambio - libre cambio - para ser precisos, ¿Y que había que cambiar? Formas. Sí, formas. Ninguna otra cosa. Formas de ser: dinámico, pro – activo, líder, ligero de peso, sin tradiciones molestas que impidieran los cambios. Cambios presentados como inexorables, por lo que, quienes se opusieron fueron considerados meros reaccionarios.

Dos o tres axiomas bastaron: libertad de intercambio, flexibilidad administrativa y eficacia técnica, medida esta última como rentabilidad económica y también como única condición de pertenencia al sistema. De ahí que, quien no asegurara tal eficacia, pudiera ser despedido sin muchos miramientos, ya que la culpa era suya, por no SER como había que ser.

Claro que no se tomó en cuenta que, si el valor máximo era la rentabilidad desprendida de todo lastre, lo más eficaz era producir dinero, y tres décadas después tenemos un mundo inundado de dinero falso, administrado por gerentes sonrientes y proactivos.

Pero no soy economista y mi tema es la influencia de la expansión occidental en el arte, para lo cual, hay que retomar lo que vino en las respuestas. Me pareció que, si es cierto lo que digo: que occidente se expande homogeneizando las formas culturales (y entre ellas obviamente el arte) en ellas podría encontrarse, sofocada, una resistencia a esos cambios, y me pareció que, en las respuestas que recibí, se encontraban rastros de ese modo anterior de ver las cosas, anterior a las trasformaciones de las que nos estamos quejando.

Toda la perorata que inició este texto, buscaba demostrar que el mundo se organiza ahora alrededor del predominio de las formas en detrimento de lo que, hasta no hace mucho, llamábamos contenidos (es más, en el sistema educativo los siguen llamando de ese modo) Esos contenidos dependían de lo que también llamábamos grandes relatos: el bien común, la nación, el progreso, etc., y estos han sufrido una desvalorización, ya que, en el cambio al que aludimos, fueron tomados ¡también! como formas, como meras formas, en nada distintas a cualquier otra. Y de hecho lo son: la nación, por ejemplo, podremos investirla de todos los valores sagrados y no sagrados que quieran, pero es una forma. Ni que decir del bien común, al que solo lo distingue el hecho de que es difícil encontrarle los bordes, salvo el de los bolsillos de quienes medran con él.

Tomar estos contenidos como formas produjo su rebajamiento y luego fue difícil volver a encontrar otros puntos de reparo donde apoyarse, ya que, si es posible tomar como una forma, a casi cualquier cosa, el mundo puede esfumarse en cualquier momento. Quedan cadáveres por todos lados eso si, y la tv (con minúscula) los muestra con generosidad, ya que así parece que dice la verdad.

Cuando se gobernaba en nombre de cosas como, la nación, el bien común, el progreso etc., las cosas eran lo que parecían, o al menos, un esfuerzo en pos de la verdad podría despejar las apariencias. Si alguien subrayaba las formas para influir sobre los demás, era fácilmente detectable como un farsante. Un filósofo español podía regañarnos diciendo: “¡argentinos! ¡a las cosas!” No decía, argentinos a las formas, o…argentinos ocúpense del significado de su mundo. No, las cosas eran las cosas, hechos, que valían por mil palabras. Y cuando una palabra valía por un hecho, no hacía falta hablar mucho.

Y me pareció que en las respuestas que me llegaron, esta idea, la que desarrollé en el seminario, y que decía que, en el siglo XX, las formas crecieron en importancia en detrimento de los contenidos, esa idea no fue oída en toda la dimensión que me hubiera gustado. Se me ocurrió pensar que, en este empeño por dar cuenta de lo que llamamos “local”, se me escapaba, tal vez, el signo mayor. Aquel que haría que lo local sea justamente local. Ese signo no sería otro que, aquí, en el reino de lo local, entre forma y contenido no se haya realizado aún, ningún divorcio.


O sea: que en esa tenaz unión entre forma y contenido, estaría la definición misma de lo local y su resistencia. Su consigna sería: Somos lo que ves, nuestra naturaleza es que no tenemos nada que ocultar, nuestro mayor capital es lo que somos. Así como vemos el mar, nos vemos a nosotros mismos. No hay ninguna diferencia. ¿Les suena? A mi si. Solo falta decir: no pasarán.

Un rasgo de lo que llamamos local entonces, podría ser esa resistencia al predominio de las formas, para evitar que se separen de los contenidos. Y desde su perspectiva, las formas se podían tomar como la apariencia de las cosas, que uno puede embellecer o afear, pero de ninguna manera son la verdad de las cosas.

Es más, buena parte de los habitantes locales, al menos los que pueden, no hacen más que cargarse encima todas las formas que, generosamente, les provee el mercado. Todos los emblemas de poder económico, reconocimiento social etc., pueden verse en la escena cotidiana. Pero es pura apariencia. Para ver la soldadura de forma y contenido hay que ir a la intimidad de alguna de las comunidades que habitan en la ciudad. Allí forma y contenido son uno solo y solo los estafadores o prestidigitadores serían capaces de separarlos.

En la perspectiva de esa soldadura, el arte solo tendría que procurar imitar las cosas en su belleza o en su verdad. Y tendría sentido el reclamo de identidad, en tanto se podría conseguir un arte en el que nos viéramos reflejados como somos. Un espejo diría. Y si ese arte fuera de verdad – nuestro - entonces subrayaría solo aquellos rasgos que mejor nos definen. Entre arte y naturaleza no habría otra cosa que un reenvío. El paisaje, el retrato individual o colectivo, nuestra historia y nuestra tierra serían temas suficientes para dar cuenta de todo lo que necesitamos. Por supuesto que, el sentimiento predominante de ese arte, no sería otro que el orgullo de SER.

Se trata de una exageración, sin duda, pero no me resultaría raro oír voces que reclamaran una misión así para el arte que nos demos.

Pero hay otra manera de mantener oculta la soldadura entre forma y contenido, ya que se sabe que separarlos es el sacrificio mayor que exigen las transformaciones occidentales. En el terreno del arte, consiste en imitar como propias, las formas que el arte ha producido en otros centros de occidente. Alguien, por ejemplo, podría comenzar su práctica del arte siendo abstracto. Sin dar cuenta alguna del proceso anterior que llevó las cosas hasta ahí. Como si hubiera sido siempre abstracto. Como si fuera “natural” hacer imágenes abstractas.

Como la imagen lleva implícitas las marcas de la lectura que propone, y tiene una memoria (aún la imagen más rudimentaria) entonces esa abstracción se verá como una copia. Sin cuerpo, sin historia. De todos modos nuestro artista anhelante se da cuenta de lo que ocurre, y entonces busca aumentar la verdad de su obra haciendo pie en los mitos que prometen retornar el contenido. Por ejemplo, agregando a sus abstracciones unas guardas mapuches.

Por lo general uno no sabe que hacer con esto. Si hacer evidente lo que ocurre, para llamar a la reflexión y a la toma de conciencia. O dejar todo como está y esperar el progreso.

¿Pero cómo podría progresar este arte? Si por definición el SER, tiene como una propiedad esencial su permanencia. Y además: ¿por qué habría de cambiar? ¿Por qué no podríamos tener un arte inmortal que dejara sus señas a los que vengan? (¡espero que se entienda esto como una ironía!)

He oído estos argumentos muchas veces, son parte del embrollo en el que nos metimos. Todo el arte de nuestro país se hizo de este modo. Primero tomando una forma “moderna” celebrada por algunos y combatida por otros que, entonces, produjeron un arte “original” que, supuestamente, iba en busca de lo “nuestro”. Por lo general con unas formas que no eran más que las que occidente ya había producido en el pasado y que estaban asimiladas, o descartadas.

Pero una cosa es el arte de nuestro país, y otra el arte llamado “local”. Cualquiera que lleve un tiempo en esta práctica lo sabe por experiencia propia. Y ahí sí la pregunta sí es nuestra: ¿Cómo hacer avanzar el arte local? ¿Por qué no puede hacerse levantando una esencia original que estuviera antes de todo este proceso?

La respuesta es sencilla: nuestras ciudades, las que dan sentido a la noción misma de lo local, fueron fundadas en ese mismo impulso transformador y su fuerza - y sus crímenes - habitan en nosotros. Las ciudades más viejas, como Carmen de Patagones, o Río Gallegos, fueron fundadas después que Baudelaire escribiera El Pintor De La Vida Moderna.


La exigencia de un arte que cambie, que progrese, es un rasgo de esa expansión y que, desde que Baudelaire lo enunció, no ha dejado de empujar el arte en la dirección de la novedad, primero como renovación de las formas, y luego la novedad misma convertida en un objeto precioso alrededor del cual se desenvolvía el arte. Sí, al igual que un mago que hiciera girar su pañuelo y al abrirlo se escapara...una novedad, y el suspiro extasiado de su público. Al menos de una parte, la otra se retiraría de la sala protestando y diciendo que solo son pases de mano: que el arte de verdad no se guarda en un pañuelo y no es asunto de magos.

Y para ir terminando, en el mismo acto (de magia si quieren, que también es un juego con las formas) en que se funda el futuro como cambio, también se funda el pasado como origen. Ahí entonces se va a buscar, en los fragmentos de las tradiciones que aún quedan, los contenidos que vuelvan a dar la unidad a lo que el progreso hizo estallar. Esas tradiciones sobreviven en las comunidades que habitan en el seno de la sociedad. Los pueblos originarios en primer lugar, arrollados por la expansión. Los emigrantes expulsados de otros lugares que la expansión hizo estallar y que han traído consigo sus costumbres; los creyentes de cultos mas o menos oficiales; creyentes incluso de tradiciones más recientes como los de la Revolución Francesa y que funda las naciones modernas (los nacionalismos y las izquierdas, por ejemplo) Y a esas hay que agregar las comunidades recientes y que darían lugar a otro artículo: las comunidades organizadas alrededor de prácticas sexuales; las llamadas comunidades de interpretación; las de consumidores, de nostálgicos de alguna era, las de los ex de algo y muchas otras. Entre todas circula un clima de reivindicación de sus motivos y también de nostalgia, al menos en nuestra ciudad. De ellos se alimentan los mitos de un pasado mejor. Mitos que el mercado da forma cada año con un libro de secretos o una película de igual tono.

El arte no ajeno a este movimiento, ha sufrido los embates de los cambios que describía más arriba, que lo han sacado de su eje, aunque paradójicamente en la sociedad de hoy donde todos somos artistas.

¿Qué hacer para responder a este movimiento? Porque, bueno, en occidente hay que responder casi todo el tiempo, ¿Cómo responder? Iremos viendo, al menos procuro despejar un primer reflejo defensivo: declararse perjudicado con los cambios e instalarse en la queja - a quejarse a destajo - de no SER valorado suficientemente.


Las fotos corresponden al proyecto enviado y realizado en la Primera Bienal del fin del Mundo, exhibido en Ushuaia y en Rio Gallegos 2006/07. Hay imágenes de esta instalación en este mismo blog.


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