sábado, 29 de mayo de 2010

EL VALOR DEL ARTE


SEMINARIO RADA TILLY

EL VALOR DEL ARTE

PRIMER ENCUENTRO

Este Seminario me fue propuesto por el Taller de Arte de Rada Tilly, en las personas de Adriana Vázquez y Claudia Gómez, con quienes he compartido mas de un desarrollo de lo que aquí va a tratarse. Les agradezco la oportunidad de sistematizar esas reflexiones. También podríamos decir que este seminario procura encauzar una queja que me sigue desde que estoy involucrado en la práctica del arte: ¿Para que lo hago? ¿Quién lo quiere? o también: ¿Lo quiere alguien más, o es solo un ejercicio narcisista y autocomplaciente? Y desde esta íntima preocupación, se puede precisar el eje de este seminario: ¿tiene algún valor hacer arte hoy en día? ¿Y de que valor se trata?

Me doy cuenta que anuncié una queja y presenté varias preguntas, pero son dos caras de la misma moneda: la que ofrece lo que hace y, a la vez, anhela que se desee su ofrenda. Por eso la queja tiene dos caras: una vuelta al amor, siempre en riesgo de no ser correspondido, y la otra, vuelta al sentido de lo hecho, común con resto de las empresas humanas.

La queja se oye a diario; a veces cerca de los corrillos de los practicantes, sean activos o ya cansados de luchar contra lo que se entiende como un desden por el valor de lo producido. Pero, como se parte del supuesto de que lo producido tiene valor - y mucho - se concluye que, quien tendría que valorar no lo hace, desperdiciando así talento y esfuerzo.

Al parecer el arte esta consustanciado al valor, y quien lo practica debería tener una posición distinguida en su comunidad, pero tengo la impresión, que esta relación al valor hay que volver a revisarla. Aparece como queja, o como mito: el del artista olvidado, o el del genio escondido, o el tesoro social que aparece cuando arrecian las crisis. Este valor también está ligado a la renovación de las formas, valor que se considera central en nuestra cultura.



La pulsiòn modernizadora cambió el valor que tenía la tradición por el valor de lo nuevo. Esta pulsiòn, constitutiva de lo moderno propiamente dicho, esta en el corazón del malestar al que me refiero. A veces de un modo paradójico, ya que, en la misma queja se impugnan los valores de la tradición ,a la vez que, se les demanda, que repongan el valor tradicional.

El impulso modernizador abre la brecha por donde las identidades son disueltas, entonces se llama a la tradición que es quien da cuenta de los reconocimientos; pero, a la vez que se los reconoce, se los valora como anacrónicos e inadecuados.

En occidente la valoración del arte, tal como la conocemos, ha estado a cargo de un aparato dudoso y compuesto de modo diverso. Unas veces fue la opinión de los expertos, otras la inserción en el mercado, las menos, el voto de la gente, como se la llama. Paulatinamente ese aparato se ha ido profesionalizando, a medida que el socabamiento de las tradiciones se fue rellenando con las competencias universitarias. Por otro lado, la obra fue cambiando sus formas tradicionales: desde la producción de una obra única y durable, capaz de conservar su valor con el tiempo, a un obra entendida como una experiencia acotada, sin soporte, sin más materia que la respuesta subjetiva de quien la recibe, y guardada en forma de documentos o relatos.



Esa desmaterializaciòn de la obra ha dejado al descubierto un lugar fragmentado y ambiguo que, aquel aparato de valorar, compuesto ahora por críticos, funcionarios de museos, curadores y otros profesionales, ha tomado a su cargo, traduciéndolo para un espectador supuesto. Digo supuesto porque no esta claro quien recibe estas producciones. Las cifras de visitas a los museos no permiten deducir que, quien los convoque, sea la obra; hay evidencias de que son ahora los museos mismos, convertidos en un medio de comunicación, quien los atrae. De aquí que Ives Bonnefoy afirme que fue la critica la que renovó la alianza de la cultura con la “oscura necesidad” de hacer obra.

En nuestras ciudades donde la tradición es escasa, o nula, el malestar aumenta, y ese aparato de valorar, exiguo y reducido a las dependencias oficiales del estado dedicadas a la cultura, recibe a diario la queja anticipada por lo que hacen. Quienes se acercan lo hacen en busca de signos, materiales o no, de reconocimiento de un valor, supuesto, de lo que hacen. Toda la comedia diaria de las direcciones de cultura gira en torno de este asunto.

Este trabajo que me propongo no es un trabajo imparcial, como el que se podría suponerse en alguien que procura ajustar un aparato de valoración, que debe ser justipreciado desde una especie de objetividad. Bueno, no es mi caso, en principio porque participo de la queja, me habita, habla cuando suelto la lengua con descuido. Puedo alegar en mi favor que, al menos todavía, no se me ocurrió autoproclamarme representante de la ciudad.

El valor también está en el eje de la discusión periodística, la oímos todas las mañanas cuando alguien alude a la famosa crisis de los valores. Y entra en el debate toda vez que, algún programa de entretenimientos, fuerza un límite que protegía un valor: niñitos bailando en un programa vestidos de manera sensual; una cámara que penetra en el espacio íntimo de alguien; asustar a una comunidad indígena con expropiarle las tierras y decirle luego que era una broma para la televisión. O la fabricación dudosa de noticias cargadas de escándalo. La “gente” como se le dice, protesta y pregunta adonde iremos a parar, pero mira.

Lo que se ha dado en llamar, el giro estético, ha hecho que la sociedad se regule ahora por el espectáculo y el diseño. La noción de arte como experiencia es consustancial a este cambio. Y desde esta perspectiva ¿a quien podría interesarle conservar un objeto que, cuando mucho, repetirá la misma experiencia de siempre? La misma noción de experiencia se asocia a la de novedad, una novedad dudosa porque al final se concluye que es siempre lo mismo, pero la promesa de experiencias renovadas es el motor que agita la cultura.

El arte, como lo entendíamos, tiene pocas chances de responder a esta expectativa. La visita a un museo en busca de experiencias, se orienta por la curiosidad de ver hasta donde se ha llegado en la dirección del disparate, o el escándalo. Por lo general esta expectativa también sale decepcionada y por la puerta por donde entró: “¿y esto es arte?” se pregunta un público reticente y escéptico, pero acostumbrado a que la sociedad cambia sin esperarlo.

Por otra parte, el arte contemporáneo va perdiendo su fuerza, sus producciones empiezan a estereotiparse y ya muestran signos de agotamiento. La dirección conceptual, que interviene en el campo de los mensajes, se distingue poco de la publicidad, y no solo porque su forma se le parece, sino porque el espacio a donde sus mensajes van dirigidos esta sobresaturado y no es seguro que los reciba alguien. A veces parece que solo se trata de que la institución que los propicia cumpla con su agenda y el aparato curatorial, interpretativo, etc., conserve su trabajo.

No estoy en condiciones de valorar lo que se investiga en las nuevas tecnologías, a veces me parecen una salida y otras no las distingo mucho de videojuegos ingeniosos. Encuentro algo del prestigio del viejo arte cuando alguien retoma la crítica y muestra aspectos de la crueldad contemporánea, pero también por ahí me agoto. Ya hemos visto ejecuciones públicas, fosas comunes, regresos a la esclavitud y catástrofes pavorosas. Creo que, en este panorama, el recurso a la denuncia suele contribuir a naturalizar estos hechos.



Y también quiero anotar, en esta especie de introducción, una circunstancia que nos toca de cerca. Estos cambios que señalo, ocurren en una cultura entendida como única, que no distingue entre una ciudad media de Europa y un pueblo de la estepa patagónica. El arte de nuestra cultura, como el resto de sus producciones lleva la marca de la unicidad. Acostumbramos a incluirnos como integrantes de esa cultura occidental, heredera del monoteísmo y el amor universal de Dios. Pero, creo que una recuperación de escalas mas reducidas, a las otras aldeas mas concretas en las que vivimos, podría encontrar una diferencia y contribuir a nutrir un arte desfalleciente. Nuestro aparato de valorar se posiciona en relación con esa historia, y es en relación con ella que valoramos como inadecuadas o pobres nuestras producciones. Cuando sentimos que en una ciudad se pone en marcha algún movimiento, una “movida” como solemos decirle, es porque comienzan a ocurrir cosas que valoramos como adecuadas.


En definitiva, procuro en este Seminario, que en principio, dispone de tiempo, revisar lo que se abre con este nombre un poco anticuado: El Valor del Arte, lo actualiza la queja que oímos a diario. Espero reflexionar en conjunto, y apoyados en nuestra experiencia, despejar el camino de la práctica artística, de la que creo profundamente, en su capacidad de renovar su lugar y sus formas.


Referencias de las fotografías

"ESTO ES MODERNO"

Intervenciones en el paisaje

70 x 100 cm cada una

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