lunes, 22 de marzo de 2010

PRECONGRESO

Algunas Ocurrencias Sobre Una Reunión

Paulatinamente se me va imponiendo la convicción de que es en el campo de la escritura donde mejor puedo intervenir en los movimientos de la cultura de esta ciudad. Pero antes debo tomarme un trabajo: hacer que algunos hechos, incluso intrascendentes, se conviertan en acontecimientos dignos de ser escritos. De este modo, así recortados y valorados, se tornan disponibles para extraer de ellos algunas conclusiones.

Claro que esto también me obliga a hacer un rodeo antes de ocuparme del asunto elegido. Una especie de digresión metodológica, si quieren, por el cual sitúo las coordenadas en las procuro inscribir estos textos.

Si lo hago es porque advierto que, en nuestra cultura, la historia no tiene aún el vigor que podría tener. Tal vez porque somos jóvenes y los hechos no difieren mucho de las rutinas de cualquier pueblo. O también porque algo frena la decisión de contar una historia.



Entonces sobrevuela ese sentimiento tan conocido de que no pasa nada. Claro, hay pocos que cuentan lo que pasa. Nos quedamos esperando algo extraordinario que nos conmueva, algo que estaría ahí, suspendido. Los hechos quedan en una especie de estado provisorio, sin que las significaciones que podrían darles valor, los alcancen.

La escritura puede sacarnos de ese pantanal. Ya lo he dicho antes, ese pantanal es un sistema imaginario, cargado de significaciones previas, a las que, apenas uno se arrima queda pegado.

Es cierto que la ciudad es joven y nos asusta la fragilidad de nuestros tiempos, breves sin duda, poco más de cien años, nada en términos de historia. Todo ese tiempo imaginario – vacante – tanto hacia el pasado como hacia el futuro, se rellena de mitos.

Y así no hay historia que cuente. Si leyendas, que son importantes, pero las leyendas no resuelven lo político; resuelven la incertidumbre, pero en un sentido casi contrario al de la trama viva que hace al nervio palpitante de una cultura. Nervio que, repito, entiendo como político.

Para eso escribo, para tomar hechos aislados del acontecer del pueblo y elevarlos, así, de un modo hasta pedante, a la condición de acontecimientos. Quien haya participado de esos mismos hechos quizás no crea que tengan ningún mérito para cambiarles la estatura y hasta prefiera que se los lleve el olvido.

Tal vez esos hechos no sean más que las rutinas en las que gastamos nuestra vida. Puede ser, y puede ser que este ejercicio vano y pedante, no sea otra cosa que retener un poco de esa vida que se escurre a diario. Vida a la cual buscamos darle un valor, uno que, luego, llamamos ideología.

Bueno, creo que un remedio es escribir. Escribir detiene el escurrimiento, lo fija en un texto que, por ese mismo acto, queda a un costado del devenir, a la espera. ¿De que? De alguien que vuelva por él, a leerlo, y a extraer las consecuencias que pudieran surgir de su recuperación.

En nuestra ciudad ya hay quien escribe esos trazos. Débilmente aún a mi gusto, a pesar de varias publicaciones importantes. En primer lugar porque la narración de esa historia busca su apoyo, ahora, en la universidad, es decir: no como producto de una voluntad de contarla, sino de producir un saber que queda enmarcado en los meandros académicos, despegándose de los efectos políticos de su acto. Las generaciones que, como se dice, la hicieron, no descuidaron este asunto, al contrario, contaron unas con las que aún nos debatimos, a las que cuestionamos, o procuramos desenmascarar. Pero alguien tuvo la voluntad de contar la primera.

Y hace falta aclarar que no se trata tanto del pasado, que es la dimensión “natural” de la historia, como del presente. Es en esta categoría donde los hechos están por definir, para que luego, se incluyan en la cadena de acontecimientos que llamamos historia.

Entonces, no se trata tanto de saber que pasó, sino de discutir que pasa, para luego entender que pasó. Si abre así una dimensión ambigua, que no está establecida, donde los hechos que la constituyen hay que decidirlos. Decidirlo es un acto, no una reflexión. Y la escritura es uno de los medios que convienen a ese acto.

La otra razón de la debilidad es la que mencionaba al comienzo. Se trata de la influencia de la matriz mítica que impregna las narraciones de nuestra ciudad, y supongo que de otras del llamado interior. Matriz que condiciona sus respuestas, incluso hasta en las emociones que despierta, que son buscadas con regocijo por quienes reproducen el mito y quienes lo reciben. Las preguntas por los hechos se reducen a una batalla original, entre un poder desmesurado y artero y alguien que lucha en desigualdad de condiciones.

Si triunfa el primero, el héroe resiste y el cronista se identifica a su causa. En cambio, los triunfos del débil son escasos y celebrados como sagas, donde se subraya la excepción a la impotencia. Esta matriz mítica se confunde, en los hechos, con las alternativas de la colonización blanca, que, efectivamente, ha volcado a su favor el poder que disponía y dispone. Pero esta coincidencia no debería impedir encontrar en esa historia el nervio de las voluntades que la guían. Y primero, cuestionar la dicotomía entre el fuerte y el débil que introducen, impidiendo entender la riqueza de toda una gama de formas culturales que queda, así, subsumida en una batalla original entre buenos y malos.

En otras ocasiones esa batalla es con la naturaleza. Tema mítico por excelencia y que introduce al pionero como el héroe. La identificación con esta figura despierta un orgullo, a veces belicoso y otras, resentido. Es cada vez más estereotipado y florecen en él todas las leyendas de occidente: el paraíso, el castigo por la apropiación indebida, la mujer dominada en su fertilidad, el hombre probado en su masculinidad por la violencia y otros tantos. La nostalgia que rezuman esas sagas, impregna los noticieros, y más cuando se acercan las fechas fundacionales, que en nuestra ciudad abundan. Los suplementos de los diarios cuentan las mismas cosas todos los años, pero, en nombre de la historia.

Y ya puedo introducir el tema que me ocupa hoy: esa vida que se escurre en rutinas, despierta un ansia por apropiarse de ella, y para hacerlo, necesita un valor, difícil de encontrar en los días que corren, donde ninguna vida vale mucho. Entonces: héroes resistentes y olvidados pueblan los relatos históricos. Nuestras imágenes y canciones también se inspiran en esas leyendas que cuentan siempre lo mismo: teníamos un valor y nadie lo supo valorar, o si, pero se lo llevaron y nos usaron. Esto en su vertiente resentida. En su vertiente melancólica: el paraíso se ha perdido para siempre y no volveremos a recuperarlo.

- Pero, ¿Y cual era el hecho que quería elevar a no se que categoría?

Se trata de una reunión a la que asistí, un encuentro preparatorio para un congreso nacional de cultura. En la reunión se elaboró un documento para ser presentado.

Allí nos encontramos muchos conocidos: funcionarios de localidades del interior, gestores culturales privados, artistas visuales, músicos, y escritores, cuatro al menos entre unas veinte personas. La selección estuvo a cargo de la dirección de cultura de la ciudad anfitriona y su invitación fue la me llevó hasta allí. No había entusiasmo, y nadie tenía muchas expectativas de lo que pudiera obtenerse. Igual fuimos, un poco a ver que era, y otro poco como una especie de obligación moral. Y de gratitud por habernos tenido en cuenta.

La primera mañana se dedicó a la lectura de unos documentos producidos en otros encuentros. El esfuerzo de los profesores que coordinaban la reunión se centraba en la elaboración del documento, línea por línea, y procuraban que la discusión no se extendiera demasiado, para no perder de vista ese objetivo. Seguramente estaban advertidos de que, la extensión de un debate, no dice nada de su riqueza, y que a la hora de escribir lo que cuenta es el párrafo. Entonces a controlar el párrafo.

El procedimiento que proponían es de la mas rancia tradición democrática, y pide que el debate surja de abajo hacia arriba y en forma piramidal. En la base los representados y al tope, los representantes. No hay ninguna objeción que hacer. Cualquier intento de fijar en uno u otro extremo la decisión trae un corolario conocido: en la base el debate interminable, en la punta, el autoritarismo pobre.

Después de veinticinco años de democracia sabemos manipular ese aparato, tanto en la base, cuando agitamos un debate inconducente, como en el extremo, cuando la decisión ya está tomada y solo se trata de formas.

La cuestión pasa por el medio, pero no por recomendar moderación, al contrario, es en el medio donde no está establecido que hacer y cuando el debate debe cesar para dar paso a la decisión. Eso es lo que llamamos política.


Luego de la lectura de los documentos, surgieron unos comentarios por lo bajo, que coincidían en que, lo leído, era solo una expresión de deseos. Una lista de buenos propósitos que, de ser aplicados, orientarían las políticas públicas en la cultura. Pero no quedaba claro quién, ni como, se haría.

Se hacía hincapié en extender la noción de cultura hasta los intercambios sociales, aclarando que debía irse más allá, evitando una definición que redujera la cultura a la producción artística.

Pero no se aclaraba demasiado por qué se convocaba a quienes estamos cerca del arte. No es una protesta, es un interrogante. Una pregunta que, de poder resolverse, tal vez daría en el clavo con la falta de entusiasmo, por ejemplo. Incluso con la decepción que acompaña a la democracia.

Los dos documentos leídos se basaban en el paradigma de la comunicación. Se presuponía un sujeto productor de cultura, un hacedor como le dicen, y un receptor de ese producto. Dando por sobreentendido que, tanto uno como otro, deseaban encontrarse.

Al parecer no ocurre, el hacedor hace en soledad y no encuentra fácilmente el camino para llegar al receptor. El primero sufre de aislamiento y soledad y el segundo de alienación a otros productos: los del mercado, por ejemplo, que si llegan con eficacia.

Tanto uno como otro, eran concebidos de un modo pasivo, aunque el hacedor hiciera y el receptor buscara.

Se sobreentendía que el autor de los documentos - la voz que narra - diríamos, era la voz de los representados. Como el procedimiento democrático exige que sea para todos, el documento surgía de ese lugar. Entonces, ese todos, enunciaba lo deseable para ese sujeto pasivo, a veces hacedor de su cultura, a veces receptor de la misma.

Como al parecer el hacedor no llega y el receptor se extravía, se prescribían circuitos, como le dicen, vías que facilitaran el encuentro entre uno y otro. Y señalizaciones, o información que marcaran el camino.

Como se presupone que el desencuentro trae desaliento, se prescribía el estímulo, tanto de la producción como de los públicos. Pasando por alto el hecho de porque hablábamos de público, si estábamos tratando de ir más allá del arte, a una definición de la cultura superpuesta a la de comunidad.

También se afirmó que el extravío aumenta la alienación y que, tanto uno como otro, no se reconocían. Entonces el estímulo iba a la llamada identidad. una forma reconocible como “nuestra” con la cual identificarse y sentirse parte.

Vagamente se intuía que la expectativa de identidad tiene un pasado unificante y hegemónico, y que no hay nada con tanta identidad como las categorías del SER, en las que abrevaron los fascismos de todo pelaje. Entonces se procuraba corregir el antecedente con la diversidad y el pluralismo. Pero tampoco se decía nada de cómo convivirían las diversidades. Especialmente, cuando en las ciudades hay abundantes evidencias de que las identidades son excluyentes, y capaces de llegar lejos en el intento de asegurarse la unicidad. Y esto desde el debate parlamentario, a cualquier picado de barrio en un fin de semana. Ni que decir del amplio sistema de identidades que baliza el mercado, haciendo que cada cual se encuentre con su marca de pertenencia.

Quiero decir, para no hacerla larga, que no aparecía por ningún lado que fuerza movería todo ese aparato, y que así quedaba encubierta una ignorancia deliberada, acerca de las fuerzas - actuales – en juego. Digo más, de eso no se quiere saber nada.

Cuando nos despertamos del ronroneo de la lectura de las buenas intenciones, quedó flotando la sensación de que estábamos - otra vez - participando de una de esas reuniones de la democracia, donde no va a pasar nada. No se acertaba a decir quien haría todo eso. El reflejo primario apuntaba al Estado, pero claro, allí en la reunión también estaba el responsable del área, y con razón pudo poner en duda de que fuera el Estado el encargado de poner en marcha todo eso. ¿Cómo? ¿No es que la cultura es una fuerza viva, que pugna por manifestarse, que resiste oculta bajo las ruinas de las civilizaciones, que aguarda en las hilachas de una lengua a florecer nuevamente? Para que entonces el esfuerzo del Estado. Incluso el funcionario pudo enrostrar con cierto regocijo, la pereza y la inconsistencia de los hacedores, y la comodidad de los receptores, que tanto unos como otros parecen más animados por la queja, que por los fervores de alguna lucha.

Pasamos luego a elaborar nuestro propio documento. Ahí estaban los profesores para guiar la tarea y no nos extraviáramos en la confección del mismo. Ellos si sabían del valor de la escritura. Y empezamos por la famosa definición de cultura. Los memoriosos del lugar recordábamos varias instancias como esa, preguntándonos porque no podíamos ir más allá. Entonces se produjo un enredo, uno pequeño que giraba alrededor de las formas simbólicas. Esas formas serían el campo específico de la cultura. Y su creación y manipulación darían, por ejemplo, la famosa identidad y la no menos famosa pertenencia. Así se entendería que esas formas determinen, tanto el modo en que se hace una canción, como los modos de la convivencia. La distancia entre el arte y la comunidad se acercaba. Pero, aún así no se decía nada de lo que mueve las formas. Que hace que se formen, valga la redundancia, y luego, que sean eficaces. Uno de los profesores dijo algo que pesqué en un relámpago: habló de apropiación, apropiación de esas formas.

¡Entendí! Si, lo que mueve el comercio de todas esas formas es la ambición de apropiarse de ellas. La profesora me reprendió, dijo: eso es neoliberalismo. Si, tenía razón, los liberales primero y los neos después, intentaron naturalizar esa fuerza, sincerando su ejercicio. Las consecuencias están a la vista. La batalla cultural por excelencia, la madre de todas las batallas - y no tiene nada de mítica - es la batalla por la apropiación de los recursos. A la profesora le pareció oportuno aclarar que la sociedad no se mueve solamente por esa fuerza. Si, estoy de acuerdo, hay otras, pero esa debe subrayarse y luego, no atribuirla solamente al monstruo hegemónico del mito. Solapada, más o menos encubierta, siempre presente, aún en aquellos olvidados de la esquina, esa fuerza esta mas viva que las otras.

Entendí también, que esas formas son la única manera de darle un valor a la vida - a la de cada cual - que no estoy hablando de una vida abstracta. Un valor que permita, a cada cual, apropiarse de su propia vida. Que la vida de cada cual, no es un valor inmanente. Dado así, a cada cual. No, para apropiarse de eso vivo que vive en nosotros necesitamos una forma: el famoso ser o no ser. El ser es una forma: Clientes, Sujetos de derecho, Olvidados, Pioneros, Dominantes, Dominados, son otras tantas; categorías que nos permiten aprehendernos a nosotros mismos y la vida que llevamos.

Entonces se entiende el papel del artista en la cultura. Es quien aporta lo precioso de ese valor. Eso no lo hace el empresario, ni el fabricante que debe pedir auxilio al diseño. El artista es el que crea un valor por fuera de lo meramente útil. Un valor que hereda lo que en otro tiempo custodiaba lo sagrado. Un valor que no sirva para nada. Solo para dar valor.

Entonces se entiende también, porque el cantante del amor tiene más éxito que el de la profundidad de la vida y vende más discos que él. Es porque aporta una forma muy preciada, la que nos muestra como objetos de amor. Y mucho más éxito por supuesto, las que nos muestran gozando como chanchos de la vida. Como no. También, hay que decirlo, las que nos muestran resentidos, olvidados y sufrientes, ¿por quien? Por quien, supuestamente, debería darnos ese valor y no lo hace. Entonces reprochémosle. Tal vez con el arte nos escuche. Y si no, nos sirve de consuelo.

1 comentario:

  1. Muy interesante tu reflexión sobre la cultura, los "cultores" y los "incultores". Ya que hay tanta categorización no estaría mal el eufemismo para cierta cofradía que se encarga de rotular ese valor al que te referís, el del ser. Qué cosa la cultura... cuánta historia de identidad, mito, definición de este plantársele a la vida con los ojos en la niebla.

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