viernes, 12 de marzo de 2010

BAJAMAR

Teo Numberg y Dolores (Lola) Morón en el CEPTUR

No hay muchas muestras de arte en Comodoro Rivadavia, y de algunas hay que decir algo. Sino parece que da lo mismo hacerlas que no. Incluso pareciera que nadie quiere en especial que se hagan. Aunque si se oyen las quejas (ese genero literario tan propicio a dejar todo como está) todo el mundo parece ávido de que “pasen cosas”, como se dice. El asunto es lo suficientemente generalizado como para no abundar en mayores comentarios. Será para otra ocasión. Pero sucede que he ido a ver una muestra que, por su calidad y condiciones, me animó a dejar por escrito lo que me despertó. Y también porque estoy convencido de que, el ejercicio de la crítica va más allá del testimonio y prepara el terreno para que las artes crezcan. De otro modo, lo que se hace es semilla al viento, y otra vez ese sentimiento de que no pasa nada, y de que siempre se está empezando. O lo peor: que cada tanto aparezca alguien convencido de ser el primero en algo.

La critica en esta ciudad, y probablemente en muchas otras del llamado interior, no está fundada. Y es fundamental para la historia cultural de cualquier ciudad, ya que deja escritos fragmentos de una historia por contarse. Además, ello nos permitiría salir de las trampas del mito en las que estamos enredados. Ya en otras ocasiones he dicho que se trata de un asunto de la mayor profundidad política. Es cierto que este planteo se apoya en viejas polémicas, como la antinomia entre mito e historia, pero es que fueron viejas en otras latitudes, y estoy convencido de que, lo que llamamos cultura, no “evoluciona” del mismo modo en todas las ciudades o regiones. Hay una historia que se cuenta de modo global, (y también de un modo cada vez más estereotipado) y otra “local” que está empezando a contarse.

Pero volvamos a la muestra, esta introducción fue para poner de relieve que, la muestra BAJAMAR, es un acontecimiento de la cultura local del que debe quedar registro. De este modo, lo que se haga después puede llevar la marca de lo que se ha alcanzado en ella. Así avanzan las cosas y algunos podrán buscar luego su referencia en ella, ya sea para apoyarse o para diferenciarse, y evitar así esa pequeña irritación que se despierta cuando alguien dice:

- “Ahh… ¿Cómo? ¿y cuando se hizo? ¡no me enteré!”

La muestra de Teo Numberg y Dolores Morón es una exposición de fotografías de alta calidad. Y el resultado de lo que no dudaría en llamar el efecto del amor. El famoso amor al arte que, al igual que en las salsas o en los budines no se sabe bien que efecto tiene, pero hace toda la diferencia. Conocemos los efectos de ese amor por el oficio que Teo ha sembrado en muchas de las vocaciones por la fotografía. Pero lo conocemos al modo del pueblo, en donde parece que somos pocos y nos conocemos mucho, parece. Y parece “natural” también, que alguien le ponga tanto amor y dedicación a una muestra.

Pero claro, no se trata solo de amor y dedicación, muchas tareas pueden tenerlas y no hacer por ello un acontecimiento de la cultura. Lo que hace de esta muestra un acontecimiento es la intencionalidad que la mueve. Y a mi entender, esta intención es la de recuperar un impulso propio de la practica de la fotografía, tomando distancia de las influencias contemporáneas, que, si bien le devolvieron un lugar de privilegio a la fotografía, también le trajeron cierto extravío. Las influencias universales tienen en su corazón el desconocimiento de las particularidades de cada lugar. Así, intentan validar una definición del arte en cualquier rincón de la cultura; pero ya dijimos que el progreso no es homogéneo y no responde a las mismas necesidades en todos lados, no importa cuan globalizada esté la cultura.

¿Y cual es ese impulso que mueve a estos artistas? Utilizar la fotografía como una herramienta que permita reflejar la experiencia. Una vez aceptado este principio, el artista puede ir un poco más allá y mostrar otras escenas, ángulos, rincones, horizontes que exceden las posibilidades comunes de reflejar “la realidad”. Pero la realidad es repuesta en su sitio: el sitio donde estuvo los últimos quinientos años por lo menos. Y además, el sitio donde la espera la mayor parte de la gente.

Espero me perdonen el encomillado de la realidad, pero no encuentro otro recurso para poder poner en evidencia que, la intención de Teo y Dolores, es rechazar el postulado contemporáneo, que considera a la realidad, como un acuerdo sobre los signos que usamos para representarla. Entre esos signos, la imagen era capital y la fotografía su garantía.

Y para demostrar que la realidad esta en su sitio, van a buscarla donde no hay dudas de que esta: en la naturaleza. Ese acto asumido como simple: ir a ver que hay y que traigo, es su método y su consigna.

Así nos encontramos con un conjunto de fotografías en general muy buenas y en particular, algunas, muy bellas, que recorren el paisaje circundante de la costa, y que se esfuerzan por reflejar un más allá de lo que vería un ojo cualquiera. El espíritu de estas fotos es gozoso, va de imagen en imagen, entusiasmándose con lo encontrado, y corriendo a la próxima foto a buscar otro ángulo, otra perspectiva. Cada foto confirma que hay más para ver y despierta el sentimiento de un vasto paisaje inagotable.

Es decir que, la intencionalidad que mencionaba al principio, está cumplida. Si el propósito era, como digo, mostrar que la fotografía es aún capaz de reflejar la riqueza que nos rodea, ese objetivo está cumplido.

¿Y que nos muestran Teo y Dolores? Es interesante constatar que las dos producciones van por caminos diferentes. Dolores va al encuentro con la naturaleza y trae una especie de colección preciosa, formada por fragmentos de un mundo ocupado en asuntos que se nos escaparían, a no ser por esos fragmentos que Dolores nos trae. Entonces vemos trazos de pequeños desplazamientos; huellas que semejan heridas; formas que se imbrican unas en otras; espacios íntimos, apenas hollados por la luz; interiores cubiertos de jugos o de cristales; pieles, orificios y membranas. Todo evoca el misterio de un goce inaccesible, pero cuyas resonancias nos despiertan la curiosidad por ver más; por curiosear, diría.

La composición principal evoca las estructuras concéntricas propias de una biología de sueños. Sean caracoles, geodas o acúmulos de algas, estas se organizan alrededor de un centro misterioso, que parece dar paso a otro interior mas oculto aún. En ese sentido son ejemplares las tres fotos presentadas de modo vertical, ya que el resto del conjunto se dispone en el suelo, donde remedan la posición en que fueron encontradas estas imágenes.

Teo en cambio, nos ofrece otra perspectiva: la que pone el acento en el plano contemplativo, donde el ojo - masculino diría - se posiciona a cierta altura y desde allí domina. Es el ojo de occidente, no debe sorprendernos. Aquí la naturaleza es puesta enfrente y contemplada a cierta distancia. El sujeto de la contemplación se inquieta ante su furia o su calma; pero sus designios le son ajenos y él es un extranjero solitario. Los personajes que representan a este sujeto ideal, están solos ante la naturaleza. Este ojo se aleja hasta dominar el horizonte o se acerca para registrar el detalle curioso, o se regocija de encontrar una forma geométrica que le recuerda su mundo.

Estamos en el territorio del mito, el de la naturaleza primordial, anterior a cualquiera de nosotros y que nos recuerda, en varias de las fotografías, que si el hombre que allí nos representa no estuviera, el paisaje no cambiaría en lo más mínimo. Hagan el ejercicio: supriman mentalmente a ese personaje y la foto, imagen del paraíso original, sigue en su sitio. Este sentimiento aumenta el misterio de las fotografías.

Dos de ellas me resultaron particularmente interesantes por su referencia a este mito originario, la que lleva el número veinte, muestra un plano rasante con una perspectiva que fuga paralelo al horizonte. sobre él se disponen unos trazos que remedan una escritura, y en el centro de ese plano una forma ovoide interrumpe la rutina de los signos. No es difícil evocar ahí los trazos arcaicos de un dios, cuyo propósito y mensaje se nos han perdido para siempre.

La otra fotografía, también ligada al origen, es la número veintinueve, en ella pueden verse unas siluetas a contraluz, marchando en fila por el borde del mar. La evocación del viaje originario, de la migración nómada, se impone.

Y como cierre de estas referencias míticas, tenemos la fotografía número treinta y cuatro, la única que no utiliza el color, ejemplo magnifico de todo lo que sabe Teo de su oficio. En ella se muestra la contracara de las otras, y la ambición de ir por más se ha consumado. El tiempo de esta fotografía es el pasado, pero no el del origen, sino el del final, y allí, en una proeza de oficio Teo capta una luz mortecina, que apenas dibuja los contornos de un barco azotado por las olas. No podríamos decir si está amaneciendo o si el día muere. En la orilla se ven imágenes inciertas. El clima es gravoso y no es difícil evocar el castigo.

En otra época hubiera protestado contra las dulzuras del mito, y arengado a combatir el modo en que nos impone su creencia. Hoy no haría lo mismo, ya no me parece tan importante la verdad - ya hay muchas dando vueltas - lo importante hoy es que se haga arte. Que haya quienes quieran sostener esta práctica, ajena al valor convencional, práctica opuesta por entero al designio de un occidente que no sabe lo que quiere, pero lo quiere ya. Eso me parece valioso hoy. Esta muestra cierra el domingo con una charla con sus autores.

José Luís Tuñón

Artista y Psicoanalista

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