LA CHISPA

 

Texto de presentación del sitio web joseluistuñon.ar en la Feria del Libro de Comodoro Rivadavia el ocho de agosto de dos mil veintiséis. Junto a Mauricio Albacete Diseñador en Comunicación Visual (Bellas Artes, UNLP), responsable de Carbono, su estudio dedicado al desarrollo de identidades visuales, producción web y sello editorial propio. Docente universitario (UNPSJB) y Mariano Britos, artista, gestor y responsable de Ostrea Galería de Arte, cuya insistencia propició la página.

 

Esta presentación me puso un poco incómodo. Si hubiera sido un libro, mío o ajeno, me hubiera sentido mejor. Se supone que una feria del libro es para presentar libros y esto no lo es, aunque cumple holgadamente varias de sus funciones. Me consuelo diciendo que, en esta Feria hay de todo, y que pesa tanto el formato libro como el formato feria, pero me resuena aquel viejo refrán que decía: "Quien en la feria distrae, lo suyo vende y lo ajeno trae".

Algo de eso tiene que ver con la incomodidad que me hizo demorar la decisión de hacer esta página. Hace varios años que, llevado por el consejo de Mariano Britos hablé con Mauricio Albacete de la necesidad de tener un sitio web. Él me preguntó para qué y no supe que contestarle. Sonaba como una prueba que había que dar. Una prueba de existencia, hay que decirlo. Tardé en convencerme de que era así. Creo que todavía subestimaba la inercia que rige los intercambios sociales, cuyo mandamiento primero es que no será considerada ninguna propuesta que no respete los requisitos. Por ese camino las obras y las prácticas, aún las más disruptivas, entraron en el brete que las puso en fila con todas las otras cosas que se producen en la cultura, pero ahora convertidas en contenidos informacionales. Contenidos de un único continente disponible. Creo que la incomodidad tiene más que ver con alguna resistencia a aceptar este estado de cosas.

 Claro que así está dicho a la tremenda. Es cierto que la red, como extensión del mercado, se convirtió en una especie de continente único. Pero eso tiene mucho de ilusión, con el peso que hay que darle a esa palabra ilusión que tiene la misma eficacia que la realidad. Es más, la realidad no se sabe bien qué es. Pero vivimos en muchos otros continentes que, aunque no tengan ni la escala ni la visibilidad que prometen las redes, conservan la posibilidad de habitarlos concretamente, Hay que recordar que la red se visita, pero uno vive en otro sitio.

Cuando Mauricio me hizo aquella pregunta, todavía creía que la memoria era el campo del historiador y que alguno se iba a interesar por el arte que se hacía en su ciudad. Y movido por ese interés, o por el amor al lugar en el que vivía, iba a buscar los fragmentos que permitieran reconstruir la historia. Como soy especialista en reconstrucciones a partir de fragmentos, procuré dejar algunos para poder influir en esa tarea futura. (En la introducción del libro, Partes del Arte, hay un diálogo imaginario con ese historiador.)

Pero esa anticipación estaba marcada por una lógica que habría que revisar. Por ejemplo, la que oponía una historia local a una historia universal. A esta última se la imaginaba como Una, y entonces se podía soñar con ubicarse en la Otra, la otra historia. Diría, con prudencia, porque no soy historiador, que esa oposición ya no se sostiene porque no está tan claro cuál es el soporte de cualquier historia. La narración, que fue el soporte “natural”, de la historia también se convirtió en contenido y, por esa vía, se liberó de las ataduras que la ligaban a la realidad y a la verdad. Hoy las narrativas se producen – supuestamente - para volver inteligibles los asuntos que conciernen al mundo, pero no está claro si lo tornan entendible o lo producen; o si ya no importa la diferencia.

 Contenidos es el nombre que recibe ese torrente de imágenes y textos que, aunque se los presente con diferentes nombres, responden todos a la misma arquitectura. En primer lugar, una imagen, animada con textos de impacto, para “equilibrar” las “dinámicas algorítmicas con las dinámicas “afectivo/cognitivas”. Ese impacto busca afectar una atención cuyo tiempo de permanencia es de tres segundos. Se requiere un contraste visual fuerte, un encuadre dinámico o una afirmación contraintuitiva, que introduzca una tensión antes de que el usuario pase de largo. También la información debe ser legible sin esfuerzo, ya que un alto porcentaje de “usuarios” consume video sin audio.  

Un contenido se vuelve altamente distribuible cuando activa emociones “intensas”, lo que se manifiesta en la tasa de compartidos y comentarios por sobre los simples "me gusta”. A eso se le llama involucramiento real. Entre las emociones que se buscan producir están el asombro, la curiosidad, la Indignación o la controversia moderada.

En cualquier caso, la permanencia de algunos segundos debe rematarse con alguna recompensa. Sea lo que sea que busque el visitante el contenido debe dejar una sensación de beneficio inmediato (el dios Serotonina es muy voraz)

 Insisto con que lo estoy tomando a la tremenda. Y ustedes podrían decirme porque hice la página si me traía tanta incomodidad. ¡Déjenme quejarme!

Lo que está en discusión es la redefinición de las coordenadas del arte, pero como de tantas otras cosas. Y esa discusión se divide, como casi siempre, entre apocalípticos e integrados. Lo que es un hecho es que, el cruce entre archivo, plataforma web y práctica artística redefinió la propia existencia de la obra de arte, como de su conservación. La tensión principal gira en torno a si la web constituye una democratización infinita de la memoria y un nuevo soporte expresivo, o si, por el contrario, disuelve la memoria histórica en mero flujo de datos e hipertrofia visual.

Revisando el sitio web que registra mi trabajo, hay un trayecto que no está en la página, pero quedó en evidencia al hacerlo. Es el que va de la obra como encarnación del cuerpo del artista a otro estado que no sabría decir cuál es, pero ya no es el de sustancia. Es otra cosa, inmaterial, podríamos decir, informacional dirían los cognitivos con esa "inociencia" que los caracteriza.

Cuando allá por los años sesenta y setenta (ochenta en nuestro país por el
deley colonial) se resucitaron las vanguardias, a ese efecto se lo llamaba desmaterialización de la obra. Hoy no recibe ningún nombre porque ya no importa mucho. Yo mismo exploré ese fenómeno jugando con el olvido o el abandono del objeto para convertirlo en leyenda. O volcando la tradición del collage a la ruina como fragmento de memoria. Pero de nuevo, esa memoria se imaginaba desde un borde, un límite discreto que permitía fijar algunos objetos, así fueran desmaterializados, olvidados o perdidos. El flujo de contenidos no lo tiene, salvo el borde infinito de la garganta por la que circula.

 Pero la desmaterialización de la obra tuvo en mi trabajo dos consecuencias: por un lado, el retorno al dibujo como una práctica originaria (está desde las primeras manifestaciones del imaginario sapiens) que conserva toda su eficacia y es relativamente independiente del soporte (se puede dibujar con un dedo en el aire). Y por otro lado el papel creciente que tuvo para mí la escritura. El libro, el texto de ocasión, el ensayo, el texto inclasificable, el poema instalado y muchas otras variantes que son ahora el soporte más ligero para la deriva pulsional de la obra.

 En esta redefinición de la practica artística producida por los medios electrónicos están los entusiastas que ven en el soporte web y en la digitalización del archivo una expansión de las posibilidades estéticas, que podría romper con el elitismo del museo tradicional. Lev Manovich, por ejemplo, que postula que la base de datos permite reorganizar continuamente el sentido desplazando a la narrativa tradicional. O Boris Groys, para quién internet borró las fronteras entre el espacio de producción artística y el espacio de exhibición democratizando el acceso.

Pero también están los otros, como Hito Steyerl que es muy crítica con la ilusión del archivo web. Esta artista trabaja el concepto de "imagen pobre" (copia comprimida, pixelada y bajada de red) para mostrar cómo la circulación hiperacelerada degrada el archivo, supeditándolo al control de las corporaciones y la velocidad de los flujos de capital.

 Para Wolfgang Ernst internet no es un archivo en el sentido histórico, sino una memoria que procesa señales en tiempo presente. Por lo tanto, confiar la memoria o el arte al entorno web expone a las obras a una obsolescencia de código y a una pérdida de continuidad histórica.

 Byung-Chul Han dice que el archivo digital carece de la "resistencia" y el aura de las cosas materiales. La acumulación de información e imágenes en sitios web no produce memoria, sino un "enjambre" de datos inconexos que destruyen la historia, anestesian la contemplación y transforman el arte en mera mercancía visual consumible al instante. Algo parecido afirma Franco "Bifo" Berardi para quién la proliferación de archivos y plataformas artísticas en la red no expande la sensibilidad humana, sino que satura la capacidad de atención (el cyber-tiempo), provocando una parálisis afectiva y la pérdida de la experiencia corporal del archivo.

 Entonces, ¿Para qué quería una página? Mauricio Albacete, que a esta altura del partido es una especie de ciber gurú, me dijo que entendía perfectamente la austeridad “mínimal” que le pedí para la página, pero que le faltaba algo que trasmitiera “la chispa” que el encontraba en algunas obras mías. Y me pareció un signo de esperanza, porque ese es todo el asunto: cómo trasmitir esa chispa es el desafío para cualquier forma del arte. Internet no tiene cuerpo, queda solamente el del usuario que sostiene la pantalla. Sin carne, sin olor, con la imagen editada hasta la irrealidad y la voz, como última esperanza, enrarecida por la trasmisión, el arte se las ve en figurillas para cumplir su cometido. Sería muy auspicioso pensar que la combinatoria informacional de internet fuera capaz de trasmitirla.

 Entre los muchos aforismos que dejó Marshall McLuhan, hay uno que me gusta mucho: dijo que toda tecnología obsoleta se convierte en arte. La obsolescencia alivia a la tecnología de la utilidad y deja a la vista la maravilla del hacer. Cuando algo ya no sirve para nada, salvo para despertar la chispa, se convierte en arte. Si esto fuese cierto el arte corre con la ventaja de que ya era arte antes de convertirse en obsoleto. ¿Conservará su lugar? No se pierda el próximo capítulo.

 

 

 

 

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