TRAYECTORIAS

 

Con Adriana en la Galería Williams en 1979 en una muestra
organizada por mi maestro Oscar Levaggi

Voy a intentar, como para ubicarme, hilar algunas cosas sobre el Premio Nacional a la trayectoria que recibí el viernes 14 de agosto de este año. Lo primero que se me ocurre es que una trayectoria se define por su punto de llegada, ya sea este, efectivo o sólo una proyección. Y es inevitable no volver sobre lo que empujó en esa dirección, o lo que hubiera sido de haber seguido otra. Lo seguro es que no fue hacer una carrera, ni una profesión. Nunca me sentí cómodo en esos formatos, en ninguno de los varios campos en los que participo. 

Cómo fue que me metí en el arte sigue siendo una incógnita fecunda. Me tomó, y sigo tomado, por su práctica, o praxis, como le decíamos antes, y eso en cualquiera de las formas que asume. Una práctica se define por su hacer, no por su forma. Eso viene después, y dura hasta la próxima “inspiración”, como, también, alguna vez, le dijimos.

Hacer fue el soporte de mi autorización como artista. Ni el título universitario ni la pertenencia a alguna institución. Un hacer que no se detuvo y que algunas veces encontró una trayectoria más orientada y otras más errática.

Quiero decir: hacer obra, en primer lugar, y luego las otras cosas que se hacen en este campo: crítica, escritura, curaduría, gestión. En cualquier caso, ese hacer fue concebido, no como un objeto valioso que pudiera atesorarse, sino como un interrogante sobre las condiciones mismas del valor de hacer arte. Y más desde que el arte fue subsumido en el consumo y la comunicación.

En ese trayecto aprendí mucho, conseguí y cuidé alguna autoridad, pero más que nada me las arreglé para conservar una ubicuidad que aprecio mucho y de la cual, últimamente, encuentro cómo servirme.

Pero mi autorización como artista no pudo sostenerse sin aquellos otros con quienes compartí, y comparto, ese “insumo” tan enrarecido hoy en día que llamábamos amor al arte.  

Con ellos me fui ubicando, tanto ante la deriva de la obra, como ante los cambios que, desde que tengo memoria, sacuden a la cultura. Y aunque me acordé de muchos en estos días, tengo que empezar por los que me acompañaron en este premio, los recientes y los de siempre, Adriana en primer lugar, mi mujer, sin cuyo amor esto, y todo lo demás que hicimos juntos, no hubiera sido nada.

Últimamente Mariano Britos que sigue soplando la llamita, la mía y la de la comunidad inconfesable1 que formamos. Mariano me alentó, pero también me conminó a hacerme cargo de esa trayectoria. (Y Mauricio Albacete, quien, como él dice, apareció en los últimos dos minutos, pero en los diecinueve días que tardó en hacer el sitio web que registra esa trayectoria, me convenció de abarcarla.)

A Bettina Muruzabal, con quién compartimos muchas cosas, pero en estos días me ubicó en el contexto. Y a Eduardo Guevara, viejo compañero de ruta que cuidó y señaló mi lugar.

Agradezco al jurado, especialmente aquellos con quienes esta trayectoria se cruzó alguna vez. Y agradezco que se haya tomado en cuenta lo mucho que se hizo en la Patagonia.

Y luego, y aunque no los vea tan seguido, Mónica Aleuy, Pini Raffaele, Adriana Vázquez, Claudia Gómez, Majó Abeijón y Claudia Rivero. Más allá de los destinos del cariño y la amistad con cada uno, fue con ellos que construí mi autorización como artista. En las horas de conversación, en los proyectos que hicimos ¡y en los que nunca hicimos! se fue armando un reconocimiento de esa inutilidad fértil que anima al arte cuando es verdadero.

Y por supuesto me acordé en estos días de Ruth Viegener, que señaló un camino, y no sólo a mí, que nos permitió salir de la paradójica oposición entre centro y localidad. Una región, podríamos decir, Patagónica incluso, si no fuera que la expresión corre el riesgo de envolverse rápidamente en los velos de la leyenda, y ya sabemos que leyenda e historia se enfrentan.

Y entre esos otros tengo que traer el recuerdo de Loli Morón y Miecho Dola, que fundaron el arte en esta ciudad. Lo digo así porque al arte hay que fundarlo a cada rato y más cuando la única memoria que subsiste es la de los medios, que dura lo que el aliento entre las manos.

Después vino ese movimiento heterogéneo que tuvo su bautismo en las Jornadas de Arte Contemporáneo de General Roca, donde conocí a Eduardo Guevara y a Pilar Gerónimo que fueron sus mentores. Digo bautismo porque el nombre: “contemporáneo”, precipitó las experiencias de algunos que ya estábamos experimentando con el soporte, y nos dio otro horizonte.

En ese trayecto surgieron las clínicas de la Fundación Antorchas que fueron el marco que permitió la elaboración de esa concepción del arte que empezaba a expandirse por todo el país.

Alguna vez existió un sitio llamado Bola de Nieve, impulsado y coordinado por Roberto Jacoby y Ramona, la revista de arte, donde quedó reflejada la heterogeneidad de vínculos y proyectos que fueron surgiendo en esos años. Movimiento que ocurrió en determinados lugares que constituyeron esa región de la que hablaba más arriba. Bariloche, Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, Madryn, también Neuquén, pero entre estas ciudades se establecieron vínculos de amistad y de trabajo que redundaron en muestras, proyectos que continuaron más allá de esa generación (Irina Svovoda, por ejemplo, que sigue abrevando en ese espíritu)

Aquí hay que hacer una mención especial para lo que fue el Centro Cultural Río Gallegos. Allí el empuje de Sonia Cortés, puso a ese centro en la agenda nacional. Este premio tiene más de un vínculo con aquel momento.

 Carmela y Lucía en el Centro Cultural Santa Cruz

Si la palabra contemporáneo puso nombre a otra forma de hacer arte, la palabra Centro Cultural, fue el eje de otro movimiento mucho más complejo que, a partir de la convulsión del 2001 propició la renovación de las formas políticas, pero también puso a la cultura en la agenda pública. En nuestra ciudad fue la construcción de un centro cultural - que ya hace quince años que funciona - el eje de un debate sobre la relación con la política. Ese eje todavía hoy pone en tensión los ideales y los planos concretos de su realización efectiva.

En ese último plano es que asumí responsabilidades políticas concretas como Subsecretario de cultura en el período 2003 / 2007 acompañando a Mario Morón, otro amigo con quien construí mi autorización como artista. Alguna cosas que hicimos todavía duran, otras quedaron como una experiencia que podría ser retomada. Y la mayoría cayó en el olvido como debe ser, porque hay que decirlo: lo que guía una trayectoria es su caída.

Después de ese período sucedieron varias cosas, pero sentí que el empuje se iba perdiendo. Las instituciones (que habíamos contribuido a crear) pasaron a ser el soporte del arte, para bien y para mal. La universidad, y su creciente producción de egresados, terminó de disolver lo que quedaba del aura. El arte pasó a ser un objeto de estudio y la obra cambió el misterio por la investigación. El arte tiene una particular relación con lo que existe, pero la Universidad también: hace existir las cosas enseñándolas. Tengo un sentimiento de pérdida en ese pasaje, pero tal vez sólo sea nostalgia.

Después apareció otro movimiento que tomó su empuje del espíritu de los pequeños emprendedores. Allí no encontré sitio. Mi sensibilidad se había formado en lo que J.A. Miller2 llamó, la lógica del gran hombre. Este movimiento rechazaba esa lógica y probablemente con razón, (pero yo sigo esperando que aparezca otro Charlie Parker).

Un poco extraviado me refugié en la escritura, una práctica que me atrajo cada vez más. Incursioné en la ficción y la poesía, además del ensayo que era el soporte conocido, y busqué la compañía de la gente de letras. Pero aquel panorama iba más allá del campo de las artes visuales.

También en estos días me acordé de mi maestro Oscar Levaggi a cuyo lado aprendí que el arte era un camino. Su apoyo y su saber siguen presentes.

La metáfora de la trayectoria es engañosa por muchas razones, la primera es que da la ilusión de un trayecto único, cuando en realidad los caminos son varios y no siempre en la misma dirección. Hay caminos paralelos y otros que se tocan, como el del psicoanálisis, en cuya trayectoria estoy implicado. Pero eso es otra historia.

 

1 Maurice Blanchot. La comunidad inconfesable. Arena libros. 1999. (Blanchot le llama "inconfesable" porque no se reduce a instituciones, estatutos o leyes. Revelar o institucionalizar ese Secreto destruiría su propia esencia)

2 Jacques Alain Miller, "Religión y psicoanálisis. La lógica del gran hombre"

Freudiana (N° 41, 2004, pág. 8)


 

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